lunes, 10 de octubre de 2016

Un año después

Hoy es lunes y no acaba de irse el calor, que se siente muy cómodo en Madrid. Los días se hacen cortos a pasos largos, a pesar de la manga corta. La ciudad ha recuperado el ritmo, la velocidad, las citas solapadas y las agendas humeantes. Sin darnos cuenta ya ha pasado un año más.

Hoy hace un año que me mudé al que hoy es mi hogar. Y me parece que fue ayer, pero no.

Ha sido un año intenso, definitivo, decepcionante e ilusionante por partes iguales, con muchos momentos en el borde del abismo, con muchos silencios necesarios al igual que incomprendidos, con muchas traiciones recibidas al igual que inesperadas.

Hace un año que llegue a estas 4 paredes blancas, casi con dos meses de retraso, rodeado de cajas, bolsas muebles embalados y muchas ganas de empezar una etapa nueva. Sin darme cuenta mientras abría la puerta, aún inacabada, de mi nuevo hogar comenzaba a cerrar una etapa de mi vida para empezar otra.

Cuando aterricé en Madrid, hace ya más de tres años, vine a ayudar de una manera sincera a un amigo en apuros. Coincidía en el tiempo que mi etapa en Alicante estaba más que cubierta y yo necesitaba volar. Así que era una situación perfecta para cerrar una casa y abrir una vida nueva, en una ciudad que no me era hostil.

Los primeros meses fueron complicados sin un espacio propio donde vivir, ni un espacio propio en el que desempeñar mi trabajo, ya que me encontré un proyecto descabezado, sin criterio y con un equipo claramente hostil al descubrir que iba a ser su jefe. Hubiera sido más fácil de otra manera pero fue así. De repente me encontré en Agosto solo en Madrid reformando un local y sin casa. Un planazo.

Poco a poco encontré mi espacio, en el trabajo, en la ciudad, una casa, pequeña, pero casa, y a pesar de todo empecé a sentirme razonablemente cómodo, razonablemente feliz.

Pasaron los meses y Madrid me ganó, y creo que yo también comencé a ganármela un poco. Mucho trabajo, muchas experiencias nuevas, mucha gente nueva en el camino, alguna de paso y otra que afortunadamente llegó para quedarse. Y cada día razonablemente más feliz, más yo.

No negaré que estos años no me han servido para conocer también el lado oscuro de esta historia. Poco a poco se fue clavando en mí el amargo sabor de la decepción respecto a ciertas personas. Descubrí el decadente "encanto" de las familias bien de toda la vida y lo fácil que se contagian las malas formas a quien se cree que la clase y condición social se adquiere desdeñando al prójimo, aprovechándose de los demás, alojado en el embuste y el oscurantismo para escatimar beneficios y vistiendo de chico bien, caduco y aburrido.



Pero todo esto no se desbocó hasta el día en que abrí esta puerta. Las mentiras los abusos teñidos de supuesta buena educación se dispararon. Se convirtieron en amenazas y abusos laborales y personales. Se hicieron desaparecer acuerdos escritos en el aire entre caballeros y que sin saber se habían sellado con un apretón de mano con trileros. Y todo se tornó infierno, todo se derrumbó bajo mis pies..., llegando a odiar el haber abierto esta puerta, el haber decidido ayudar a alguien que decía estar hundido y abandonado por los suyos, para convertirme en la siguiente víctima de sus caprichos de aspirante a niño bien caprichoso, desidioso, ajeno al esfuerzo y al sacrificio, y y evidentemente carente de empatía y palabra.

Cuando estaba a punto de tirar la toalla, y empecé a pensar que esta aventura no era nada más que otro naufragio culpa de mi ingenuidad y de mis decisiones temperamentales, ajenas a un negro sobre blanco rubricado, retorné a los orígenes, al principio donde uno siempre vuelve a cobijarse cuando hay tormenta. Y allí hallé a los que siempre han estado, a los amigos de la infancia, a la familia, a mí núcleo duro. Y gracias a ellos restañé las heridas y cogi fuerzas para afrontar el reto. Y nos embarcamos en una aventura heredada, que poco a poco corregimos su rumbo para darle sentido y razón... Para llenarla de ilusión, y de futuro. Para volver a sentirme en casa después de la tormenta y recuperar la confianza en uno mismo y en mis facultades. 

Y día a día, mes a mes...ha pasado un año desde que abrí la puerta a un abismo que se ha tornado en valle y senda. Que ha convertido la decepción en ganas de crecer y seguir aprendiendo.

Los daños han sido cuantiosos, en algún caso irrecuperables, pero la batalla ha merecido la pena porque el tiempo pone a cada cual en su sitio, donde quiere estar o donde sus actos le permiten.

Y cierro la puerta y veo mis cuadros, y mi hogar y mi sonrisa en el espejo...., y descubro que ha merecido la pena el camino, para encontrar la senda correcta. Un año después.


2 comentarios:

  1. La vida solo se puede poner en manos de 2 o 3 personas, si llega...

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    1. La vida hay que vivirla, a pesar de ella misma

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