sábado, 24 de diciembre de 2011

El niño y la estrella

La oscuridad invadía el mirador de cristal que sobresalía de la fachada como los faroles que alumbran tímidos la ciudad. En su interior, muebles muertos, un belén silente y un niño que apenas se le oía respirar. Permanecía inmóvil tras los visillos con su mirada colgada en la noche negra. Mientras, por debajo, en la calle, cada vez disminuía más y más el ritmo de la tarde. La gente iba regresando a sus casas con las manos llenas de bolsas, unas de regalos otras de viandas para una noche especial. La Nochebuena.

Es cierto que está era menos buena que otras noches anteriores para todo el mundo. La situación obligaba a llevar menos bolsas, de las unas y de las otras. Las calles no respiraban la alegría de otros años ni tintineaban tantas luces prendidas del cielo de altura intermedia,como si de un segundo piso estuviéramos hablando.

Permanecía inmóvil tras los visillos con su mirada colgada en la noche negra. Negra como la soledad que quebraba la televisión del salón, tan oscuro como la noche, donde retumbaba la voz peculiar de Paco Martinez Soria en una película propia de estas fechas. En estos días los programadores se empeñan en hacer balances y traer recuerdos en blanco y negro para recordarnos que nada volverá a ser como antes. Solamente la luz parpadeante del gran árbol de Navidad ayudaba al televisor a disolver la negra soledad de la estancia.


Permanecía inmóvil tras los visillos con su mirada colgada en la noche negra. Negra como la estancia, negra como esa sensación de soledad que le invadía por completo. Sabía que aquella noche no sería como ninguna de las que había conocido hasta entonces. Sabía que en la mesa sobrarían sitios que nunca más se volverían a llenar. Recordaba como había pasado otras noches similares colgado del cielo negro, en la oscuridad del pasillo de la casa materna, esperando la señal. Esa que le hiciera comprender que todo merecía la pena. esa luz que nos devuelve la ilusión y nos hace creer a pies juntillas en todo aquello que no soportaría los embates de la lógica y la física.

Permanecía inmóvil tras los visillos con su mirada colgada en la noche negra. Negra su ausencia de sonrisa, como el fondo de sus pupilas color azabache. Fijas, estas, en un punto indeterminado del cielo, despejado y oscuro. Durante este año había perdido la ilusión. Habia descubierto la decepción  y la traición. Habia lidiado por primera vez cara a cara con la muerte y había perdido la batalla. Más que nunca necesitaba esa señal en el cielo para seguir creyendo.

Permanecía inmóvil tras los visillos con su mirada colgada en la noche negra. Mientras seguía esperando descubrió que había dejado de ser un niño. descubrió en el reflejo de los cristales del mirador las primeras arrugas, sus canas, el vello que recubría su cara. Se había hecho mayor observando el cielo oscuro. Su cuerpo se estremeció por dentro y sintió frío. Sus brazos instintivamente se abrazaron como si pudieran protegerlo de la soledad recién descubierta. Entonces comprendió que nada ni nadie haría esa señal y bajo la mirada al suelo de cemento gris, como su ánimo.

Abrió los visillos, ya no miraba a la noche negra. cruzó el salón a oscuras mientras apagaba la televisión con el mando. Su silueta se convertía en tenues sombras intermitentes provocadas por las luces del árbol de Navidad. Se envolvió el cuello en una bufanda y se se puso su abrigo de terciopelo azul oscuro casi negro. Como la noche.

De repente, una luz intensa y desconocida invadió el mirador. Giró su cabeza entre atemorizado y sorprendido. Al correr los visillos todo estaba tal y como lo dejó. Oscuro. Muebles muertos, un belén silente y un niño que esta vez respiraba de una manera agitada y arrítmica. En su mirada descubrió que algo había cambiado en la noche oscura. Una nueva estrella, de brillo joven y fulgurante dominaba su campo de visión.
Miró al cristal y no vió ni arrugas ni pelo cano. Solamente reconoció sus ojos verdes oliva en el reflejo.

Y sin saber cómo ni cuándo, descubrió los colores de su nacimiento mexicano sobre el verde intenso del musgo natural. Sin saber cómo ni cuándo supo que esa estrella siempre le serviría de guía. Era la señal que siempre estuvo esperando. Comprendió que hasta entonces, año tras año, había estado a su lado iluminando su camino, ocupando esa silla vacía en la mesa de esta noche. Comprendió que debía seguir creyendo.

Salió del mirador con la cabeza alta y acomodandose la bufanda mientras buscaba las llaves y el teléfono móvil. Cerró la puerta con convicción y partió en busca del resto de su familia. Ya no faltaba nadie esa noche.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El temido espíritu de la Navidad

Las luces tintinean, apresuradas en los escaparates. Sus hermanas pobres lo hacen en los balcones entre Santa Claus Made in China y absurdos molinetes de colores. El frío ha llegado tarde a su cita anual y hoy empieza el invierno. El olor a castañas y curros invade las calles céntricas de la ciudad, entre el ir y venir ajetreado de quien tiene que concluir imposibles listas de presentes.

Este año, los villancicos suenan más nostálgicos, casi con un fondo triste. En algunos momentos, al asomarme por mi ventana, viene a mi memoria el retorno a Tara de Escarlata O'Hara. Asociación de ideas. Estas fechas saben, este año, a derrota y tristeza.

Tengo la sensación de que todo lo que está ocurriendo es una venganza del Destino. Un golpe de mano de los Dioses griegos y egipcios para que las cosas retornen al sitio que ellos dispusieron. Siento que me abrasan las entrañas, como si de las alas de Ícaro en llamas se tratase, en respuesta por haber desafiado a lo humano y lo divino con el único objetivo de ser libre. Siento la escarcha helada en las cicatrices, aún frescas, de esta batalla mientras la penumbra del ocaso se apodera de todo.


Cierto es, que son esas luces navideñas las únicas que desafian a la manta negra que atenaza cada atardecer la ciudad. Ellas y las sonrisas de los niños que están a mitad de camino entre incrédulos y satisfechos ante este duelo desigual. Ellos son ajenos a nuestras penurias y batallas. A nuestras derrotas y herencias de tristezas y nostalgias acumuladas. Solamente ellos pueden atisbar, tras de esos pequeños destellos de leds, la magia oculta de la Navidad.

Cada vez que uno de esos niños levanta el dedo señalando esas luces, o el camino incierto por el que ha de llegar el trineo ansiado de Papá Noel, emerge del mismo un rayo invisible y tenaz que disuelve al instante toda sombra y rastro de desesperanza. La fuerza cósmica de su ilusión infinita, de su forma de creer a pies juntillas en algo científicamente increíble,  pero que año tras año sigue residiendo en el interior de todos los infantes de este mundo que nos ha tocado sobrevivir, es capaz de producir descargas intangibles e inabarcables de positividad y buena onda.

Las sonrisas revolotean, casi locas, quedando prendidas en nuestras solapas, en nuestras bufandas. Se disuelven, bañando de colores imposibles nuestra apariencia enjuta y triste. Y se renuevan a nuestro alrededor aromas de castañas asadas, porras y canela molida. Y descubrimos el tintineo de un carrusel en el aire que despierta las notas alegres de un viejo villancico americano, que todos tarareamos a la vez y del cual desconocemos la letra.

Sin saber muy bien no cómo ni cuándo se ha introducido por los puños de nuestra chaqueta, rascando diligente la costra caliza de nuestro corazón, el temido espíritu de la Navidad. Ese que nos trae consigo imagenes antiguas,algunas en blanco y negro, otras en color instamatic, metidas en una caja antigua de galletas, de aquellas de latón donde nuestras abuelas confinaban sus más preciados tesoros, los del corazón. Ese que es capaz de hacernos recordar el sabor intenso de los almendrados de Conchín, o de los rollitos de vino de la señora Eufemia. Ese que tiene la textura firme y suave de un buen turrón de Jijona, el blando.

Entre sabores e imágenes nos trae a quienes ya no están y nos enseñaron a utilizar, cuando eramos niños, la fuerza cósmica de nuestro dedo para apuntar al negro cielo desde la ventana del pasillo o desde el Belén de la Muntanyeta. Vienen para recordarnos que entonces el cielo era tan negro como ahora, y que  ellos les faltaban los mismos generales que nos faltan a nosotros para dirigir la batalla eterna de la Vida. Vienen para recordarnos que el día que los niños, ajenos a los avatares de este mundo, dejen de apuntar con su rayo iluso al cielo, acabara el mundo tal y como lo conocemos.

Y entonces, el aire se hará irrespirable y desaparecerá el color de las solapas de los grises abrigos de paño inglés y las sonrisas de nuestras bufandas para siempre. Y nunca más vendrá, por mucho que lo invoquemos y lo añoremos, el temido espíritu de la Navidad

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Los sueños

Caen los días de los calendarios con una velocidad casi impertinente. Se escapan entre los dedos como el agua cuando intentas saciar la sed en una fuente inesperada en el camino. Otro año está a punto de finalizar. Otro más u otro menos, cuestión de gustos. Y nos atenazan los temidos programas de recopilación anual de acontecimientos, cadaveres y chascarrillos.

Todos estos condicionantes que son propios de la época y de la edad se conjuran inevitablemente para atraer el fantasma de las evaluaciones. Pueden ser estas anuales, personales, vitales, o simplemente de magnitudes tangibles. Mido un centimetro menos, peso tres kilos más y he perdido algún millón de pelos de nuevo. Bueno tambien se multiplican estos últimos en nariz y orejas. Todo propicio para un futuro optimista.

Mientras descubro, despues del paso de nuestros monzones particulares, que la caida de los días trajo también el frio y desactivó la función calor del sol que habita, timido, nuestras mañanas, la música del anuncio de la loteria lo envuelve todo invitandonos a meter nuestros deseos en una bola de cristal. Realmente me parece tremendamente acertado la apuesta publicitaria de este año. En un tiempo donde todo balance va a ser negativo, nada más optimista que sugerir la posibilidad de soñar.

¿Qué significan los sueños en nuestra felicicidad? Sobretodo aquellos que se tienen mientras, despiertos, dibujamos mecanicamente soles e islas en un trozo de papel mientras hacemos un "kit kat" en el tiempo laboral. Esos a los que acompañamos de una banda sonora silbada mientas transitamos por la ciudad, ajenos a las gentes y sonidos de la vida cotidiana de la urbe. Esos que se prenden de las nubesque atraviesan el cielo azul, con alfileres de absurda ilusión,  mientras tenemos la mirada perdida en él, tumbados en la hierba de un parque, vestidos de sport y con un late tall de starbucks en la mano derecha mientras utilizamos la izquierda de almohada y sustento.

¿Son vias de escape para la gris rutina en la que residimos o proyectos de futuro que nos permiten respirar y  aspirar a una vida mejor?


Desde pequeños nos hemos dedicado a soñar, bien sea despiertos o dormidos. Hemos sido corsarios y princesas, gladiadores y exploradores, heroes y villanos. De pequeños y de mayores. Quien sea capaz de decir que no tiene sueños que tire la primera piedra, que seguro que le rebota en la cara. Todos hemos soñado alguna vez aunque sea para desear el mal a alguien. Tener sueños no quiere decir que tengan que ser buenos.

Desde mi humilde punto de vista, los sueños son ventanas que abrimos con la intención de poder elegir el paisaje que contemplar, incluso puertas que nos encantaria abrir para poder cambiar el terreno de juego en el que nos ha tocado jugar. Es lícito querer mejorar o tener un paisaje mejor en el que tumbarnos a mirar el cielo y seguir soñando. ¿Pero soñar nos hace más felices o nos impide disfrutar de la felicidad que podemos encontrar en las cosas reales que nos rodean?

Esta disyuntiva no es nueva ni patrimonio de nuestra sociedad actual. Ya la sufría Segismundo en la celda donde tuvo a bien ubicarlo Calderón de la Barca. El ser humano, desde que el mundo es mundo y desde que decidió dejar de ir a cuatro patas para coger las frutas soñadas que veía en los árboles, siempre ha aspirado a un mundo mejor, o por lo menos a un transito más placentero por la vida, por su vida. En algunos casos este deseo es colectivo y en otros, bastante más comunes, es individual y egoista.

Pero mi pregunta, la que me atormenta mientras contemplo las nubes pasar por la ventana de mi mirador, sin alfiler que prende en ellas es la siguiente. ¿Vivimos para poder soñar o soñamos para poder vivir?. La respuesta está en el el viento, como diría Bod Dylan antes de convertirse en la caricatura de sí mismo. A lo mejor era su sueño.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La elegancia

Mientras el cielo se deshace con cierta impronta trágica sobre la ciudad, paso las horas envuelto en mi manta de algodón multicolor de Ikea, colgado de mi ventana de cuadrícula de carpintero diligente y visillos de discreción. Las horas se desploman, como las nubes preñadas de desgracias y malos augurios, sobre el salón mientras mi mente se intenta escapar por las estridentes programaciones televisivas de tarde.

No sé si  es más poco elegante el desempeño profesional de estos charlatanes, o la parsimonia con que lo observo, como si de algo irreal y banal se tratase. Intento ascender, levitando en alma que no en cuerpo, para poder observar la escena con perspectiva. Aleteo hasta depositar el punto de mira sobre la lampara de pie de la esquina. No me gusta la localización, no puedo observar la calle. Me desplazo por la pared hasta situarme sobre el equipo de música. Desde aquí lo puedo observar todo. Mi cara, la ventana, la televisión, la soledad en penumbra en la que me gusta habitar.

Mi gesto corporal sobre el sofá es estéticamente agradable. No parece gratuito. No parece caído desde el piso de arriba. Mis piernas sesean bajo la manta mientras mi torso se acomoda entre grandes almohadones, en tonos negros y blancos. Es un gesto a mitad de camino entre la tranquilidad y cierta resignación vital. No es una imagen elegante pero sí serena. Es verdad, no existe ni un resquicio de impostura en mi reducto interior.

Mientras me observo desde las vigas de mi salón, reflexiono sobre el concepto de la elegancia. Quién la define, quién es capaz de atribuirsela y convertirse en juez y parte de la misma. Considero la posibilidad que sea un valor abstracto, no tangible y subjetivo, al igual que la belleza.

En esta sociedad nos empeñamos en contabilizar lo incontable, en medir lo intangible, con la intención de controlarlo, inventariarlo y esconderlo, en cajas estancas y oscuras, en la bibliotecas de nuestras propiedades y valores auto asignados. Normalmente quien se atribuye este tipo de virtudes suele carecer de ellas, o quien se las niega a los demás las ansía de forma enfermiza. No es elegante el que se pavonea, disfrazado de modelazos de marca, como un elefante en una compañía de ballet.


Cierto es que la elegancia no es una virtud asignada exclusivamente a la manera de vestir u ornamentarse de las personas. Es algo que envuelve cada movimiento, cada gesto, las miradas, las formas de actuar y de desplazarse, incluso las de desaparecer en el momento justo. Tiene que ver más con los silencios que con las proclamas. Con las ausencias de ostentación que con los despliegues de colas de pavo real.

Mientras reflexiono flotando sobre el espacio blanco y luminoso en el que me observo, descubro la elegancia de esta calma vital. Un poco intemporal, un poco adormecida sobre un lecho de hiedras y flores silvestres, de compleja variedad cromática y ausencia de estridencias. Pongo en consideración la posibilidad de descubrir la permanencia en el tiempo de la elegancia, ajena a modas y modos, más como una forma de respirar que de actuar. Más como una costumbre innata que una pose antinatural. Las cosas no son siempre como deben ser si no como son.

Y de repente descubro que realmente me importa bien poco que me asignen ningún tipo de etiquetas de este esta categoria. No espero de nadie que me coloque ninguna banda de miss simpatía ni miss cabello bonito, sobre toda por la ausencia del mismo. Cada vez me despojo de más corsés acartonados, de más complejos adquiridos, y en ocasiones autoimpuestos, por la incapacidad innata a quererme a mí mismo. No aspiro a la elegancia ni a la búsqueda de tronos de belleza interior ni exterior. Tampoco he pretendido ser la figurilla de porcelana, bonita y sin excesos, que queda bien en todos los muebles y que cualquier chica de la limpieza, con pretensiones de interiorista, se empeña en poner en su sitio con el único fin del poder disfrutar del terroncillo de azúcar con que la premiará su amo, por tener las cosas en el sitio justo.

Solamente quiero ser yo, a pesar de los cánones estéticos impuestos por esta sociedad, los cuales serán caducos al primer golpe de viento, que torne las palmas en lanzas y las flores en espinos. Ajeno a títulos y honores, más allá de dormir tranquilo y seguir la senda de la coherencia lo más fielmente posible. Sin importarme los compañeros de camino pero sin despreciarlos. Sin la búsqueda de honores pero sin renunciar a la legítima. Sin hacer gala de poderíos terrenales pero sin deslumbramientos por fastos ajenos.

Sólo yo, con las piernas seseantes bajo mi manta multicolor, mientras espero que retorne mi punto de vista a mi interior en mi sofá de amplios cojines, me pierdo en la decadencia elegante de la lluvia, que cae como solamente sabe hacerlo, y no como se espera que lo haga.

lunes, 7 de noviembre de 2011

El suave sabor de las manzanas en Otoño

Uno de mis placeres favoritos en los primeros días de otoño es despertarme envuelto en el edredón, mientras escucho las noticias en la radio. Mientras tanto el sol juguetea tímido, desde el patio interior, con mi visillo de dimensiones teatrales. Adquiero conciencia lentamente conforme se despierta el lunes. Le robo aroma a café y tostadas a algún vecino que disfruta del fresco matinal mientras desayuna. Nada me resulta más placentero que un día laboral sin horario predeterminado. Me gusta la diferencia.

Mientras me cuelgo de recuerdos de otras mañanas en Bilbao, troceo firme y un tanto melancólico, las preciosas manzanas rojas que me consiguió Ana. Perfectas, sensuales, a mitad de camino entre el pecado y el cuento de hadas. Sencillamente bellas.

El cuchillo sueco de mal oficio y excelente precio las convierte en cuatro trozos similares a los que les sustraigo la correspondiente porción de corazón. Qué fácil resulta extirparlo cuando no hay nada en juego. Tres manzanas, doce trozos que albergan el sabor con el que deseo comenzar esta semana.

Desenrollo el cable que, en algún momento ya lejano, fue blanco plástico. Lo enchufo mientras acerco uno de mis vasos suecos de mejor oficio y precio que el cuchillo. Introduzco los trozos del delito, uno a uno, en el orificio superior de la licuadora y subo el interruptor sin compasión. Desaparecen bajo la presión del embolo, uno tras otros, convirtiéndose en pulpa y zumo, las cuales siguen caminos diferentes y también distintas suertes.


El sonido intenso y  agresivo me devuelve a aquella cocina de Santutxu donde recuerdo haber sido feliz. Uno de los pocos sitios donde recuerdo esa sensación, recién levantado, sin importarme nada más allá que un zumo para dos. En aquellas mañanas eran manzanas, apio y zanahorias para combatir las secuelas del orujo de hierbas de la noche anterior.

Se detiene el ruido y la memoria a la vez. El vaso está lleno de un zumo rojizo y muy apetecible, como los recuerdos. Le doy un trago grande, con la absurda idea de disolver el sabor agridulce de los fracasos. Pienso, a la vez, que la vagancia me priva tantas veces de estos placeres. Los del zumo y los que generan estos recuerdos que me devuelve el sonido de la licuadora bicolor, con cierto aire retro y amable.

La vagancia profesional la tengo relativamente controlada. Digamos que soy un vago muy disciplinado. Cuento también con la ventaja de disfrutar de mi trabajo. Soy uno de esos pocos afortunados que, casi siempre, ha hecho lo que ha querido y lo que le ha gustado. No me pasa lo mismo con la vagancia emocional.

Las cicatrices de antiguas derrotas y batallas se han transformado en oxidada armadura. Me han convertido en un ser dejado y receloso en estas materias. Ni perdono ni me perdono a mí mismo, en el fondo. No sé como gestionar esta incapacidad de gestionar tiempos y emociones, de cultivar con paciencia y generosidad las esperanzas para que florezcan en posibilidades. Quizás duelan, aún, demasiado las espinas de otras cosechas infructuosas. Fracasos que han convertido mis manos en insensibles y llenas de durezas, al igual que un corazón que se está volviendo maduro, casi sin haberse desecho de su envoltorio protector.

El sabor de esas manzanas diluye cierto sabor agridulce del pasado, confirmando que cada pieza de fruta contiene su propio tesoro. Líquido, sensual, sorprendente la primera vez y deseado las siguientes. Esta percepción castiga mi modus operandi al trocearlas, sin compasión, sin duda. En ningún momento pasó por mi cabeza que querría ser esa manzana cuando crecía en su árbol. Solamente tuve en cuenta mi deseo por ingerir su jugo, con ansia y de un solo trago, sin apreciar su verdadero sabor. Sólo quería borrar antiguos reflujos que te envía la Memoria cuando bajas las defensas sin tener presente la posibilidad de disfrutar un momento único, especial entre ellas y yo.

Y yo perdido en el sonido de mi licuadora.

jueves, 20 de octubre de 2011

Las cosas son o no son

La bronca continua de las tertulias televisivas me aburre, se convierte en un rumor de tormenta ininteligible que me provoca tedio y cierta fatiga. Desapariciones, juicios, realitys, minifaldas inapropiadas..., hacen que accione el mando para terminar con todos ellos. El sol ha decidido llevarle la contra a la costumbre y mantener las temperaturas del estío unas semanas más. La calma y la sonrisa se han instalado este otoño con absoluta normalidad en mi territorio vital.

Mientras estabilizo los controles de mi recuperada independencia profesional me pierdo en reflexiones sobre temas, de esta nuestra vida, a los que nunca le había dedicado tiempo ni atención. ¿De qué debe estar llena nuestra nevera? ¿Qué abraza mejor, una pareja o tu cojín favorito? ¿Por qué se duerme mejor después de ver como la policiaca americana descifra un crimen detrás de otro, los lunes por la noche? ¿Tortilla o huevo fritos? ¿Fruta u otra Coca Cola light? ¿Cine o pizza con amigos? ¿Por qué me da miedo la estabilidad? Vamos todas esas preguntas absurdas.

Me planteo si la estabilidad es una forma de vida, una religión o una disciplina deportiva. Me sorprende cuando me sorprendo observando a una pareja con sus dos niños que les tocan en el reparto estadístico y la mirada perdida en el horizonte, de forma independiente e intransferible. Puedo leer en el fondo de esos ojos cierto estado de decepción, como si quisieran reprocharle al Destino no haberles leído la letra pequeña. Quizás todos nos pasamos la vida buscando la estabilidad sin saber lo que realmente conlleva o lo que verdaderamente significa para cada uno. Y ahí est el problema. Que cuando el proyecto se convierte de dos, muchas veces no coinciden las definiciones de los conceptos buscados.

Libertad, estabilidad, compartir, respecto, independencia..., son términos que cada uno interpreta de una manera diferente en un proyecto compartido. Y esas diferencias son las que provocan la decepción en el contrato. Y esta decepción genera esa mirada perdida a la altura de los hombros mientras empujas mecánicamente el carro de la compra, el del niño pequeño o sencillamente paseas con la otra parte contratante y la prole producto del contrato. En qué momento me perdí algo? es una cuestión que se intuye en el aire en esos momentos.


Es complicado, en ocasiones, definir estos conceptos en nuestro propio proyecto vital individual. A veces nos perdemos el respeto a nosotros mismos, hipotecamos nuestra libertad en ocasiones, sin ser conscientes de ello. Nos negamos nuestra propia independencia por miedo o falt de carácter o coherencia. Somos incapaces de compartir nuestra propia felicidad, presente o futura, incluso con nosotros mismos. La negamos como si fuera un defecto o una muestra de debilidad. No estar en guerra constante contra el mundo no es inferioridad sino estabilidad, incluso aceptación del escenario vital generado por nosotros mismos y nuestras decisiones.

Realmente, las cosas son o no son. Y no debemos refugiarnos en complejos entramados para variar la percepción de la verdadera y aplastante realidad. Yo creo que el verdadero problema está en dar por hecho que la percepción de nuestro mundo es trasferible a el resto de los mortales y de su obligado cumplimiento. Y este criterio desemboca en dar por hechas muchísimas cosas y otras más por sobreentendidas. Y ese es el fallo. Nadie tiene la obligación de ver el mundo exactamente igual que nosotros, al igual que no lo hacemos nosotros mismos.

Cuando se pretende compartir una parte de nuestra trayectoria vital, es indispensable definir esos conceptoas, tener claro y hablado lo que quiere cada una de las partes y, aun que suene excesivamente empresarial, pactar los ajustes y los puntos de encuentro para tener claro como son las cosas en todo momento. Indispensable es, en caso de situación de crisis generada por una situación no contemplada en estos pactos previos, es retomar el proceso desde el principio.

La máxima de "como me gusta, ya lo cambiaré" debe obviarse en las relaciones de más de un integrante. Si no tenemos en cuenta esto, con el tiempo sucederá que una tarde de domingo, el perdedor, e incluso el vencedor, se descubrirán en una calle cualquiera empujando su vida con la mirada perdida y sin la certeza vital de donde comenzó el principio del fin.

Cierto es que, fuera de las influencias propias de un relación, visto desde fuera las cosas son o no son. Debería ser una ley matemática, por el bien de todos.

martes, 11 de octubre de 2011

El día de las faldas escocesas

Hay fenómenos que, cuanto menos, varían el paisaje urbano de una ciudad de tamaño mediano, vida monótona y aburrida y acostumbrada a ver gente disfrazada por la calle con música propia. Vea se moros y cristianos, carnavales, hogueras.... Pero nunca me había planteado la ruptura de los cañones de la moda como efímera intervención en nuestro skyline de pie de calle.

15000 escoceses con camiseta y falda de cuadros en el cento de una ciudad de 300.000 habitantes son más que suficientes para conseguirlo de sobra. Nunca había tenido conciencia de una masa humana, extranjera y homogénea invadiendo nuestras calles. Somos una tierra acostumbrada a la diferencia y al turismo, bien venga por tierra, mar o aire.

Desde hace siglos somos puerta del Mediterráneo con nuestra península. Puerto milenario ducho en comercio y transito de pasajeros. Fenicios, griegos, romanos, cartagineses y romanos llegaron a nuestra Akra Leua o Lucentum en busca de nuevas oportunidades de negocio e intercambio de productos y costumbres. Otros vinieron para quedarse o par abrir lineas estables de comunicación entre continentes como los pueblos Arabes del norte de África. Con el paso de los siglos y la llegada de la aviación civil y el turismo nuestra provincia se llenó de europeos en busca de sol, playa y fiesta. Incluso nos convertimos en una especie de cementerio de elefantes para los nórdicos de edad avanzada.

Acostumbrados a esta migración humana a dosis asumibles y con mezcla de procedencias, este tipo de desembarcos de gran formato y homogenia estilística genera un shock urbano que despierta en la ciudadania un gesto entre la sorpresa y la sonrisa. Sorpresa por ver a tan fornidos viandantes pertrechados con sus tradicionales faldas plisadas de cuadros, camisetas deportivas y variedades de calzado que andan entre la ausencia y la bota de montaña, pasando por la chancla propiciada por este verano repuesto en nuestra cartelera otoñal. Sonrisa, casi siempre picarona y femenina, que añora conocer el secreto de la leyenda urbana de la ausencia de ropa interior bajo los cuadros escoceses. Realmente ver a esa legión de hombres, rudos y muy masculinos que asemejan la salida de nuestros colegios de monjas en etapa escolar, rompe muchos clichés y muchos tabúes.


Realmente un hombre con falda no tiene por que ser ridículo. Diría más. Son realmente sexis y varoniles. A muchos de ellos le sientan mejor que a muchas féminas que conozco. Llevan un largo de falda estupendo y complicadisimo de llevar. Ni corto como un cinturón, ese que nos tienen acostumbrado las chonys de esta ciudad. Ni muy largo como Maria Ostiz cuando ganó la OTI y popularizó aquellas Cancioncillas de misa plagadas de casta, sonrisa y diademas de niña buena. Un largo perfecto y muy chic.

La presencia de la Roja en nuestra ciudad para disputar un partido de clasificación para la Eurocopa de fútbol no solo sirve para dar más alimento a esas hordas de forofos futboleros que quieren elevar el animo patrio tan maltrecho en estos últimos tiempos. También ponen en tela de juicio los cánones estéticos y de indumentaria del género masculino de nuestra población, sembrando la duda razonable sobre si solamente es valida la costumbre y lo establecido. Quizás la transgresión medida y con cierto gusto puede ser algo más que interesante. Y a esas 30.000 piernas estupendamente torneadas me refiero. Nada mejor que la prueba viva y en movimiento.

Es de agradecer que ninguno de ellos llevaran las cejas depiladas ni las piernas. Quizás ahí estaría la problema entre nuestra masa si se extendiera la prend entre el género masculino alicantino. Parecerían colegialas de moral distraída y entrepierna visitada.

domingo, 9 de octubre de 2011

Sexo y la ciudad

He pasado la tarde del sábado sumergido entre capítulos de una de mis series favoritas "Sexo en NY". Llamarme pijo, o simplemente moña o incluso fashion victim, pero esos guiones tienen algo que engancha, aunque se refieran a 4 treinteñeras neoyorquinas un tanto histéricas, un tanto histrionicas. Un tanto espejo de todos nosotros/as.

En las múltiples historias que retratan en sus capítulos me veo reflejado, yo y mucha de la gente que me rodea en este mundo. Sobre todo he descubierto lo a través de esta serie que hablamos poco de sexo para lo importante que es en nuestras vidas. Le tenemos miedo al sexo en público, por lo menos a verbalizarlo. Por lo menos en nuestra generación y en las anteriores. De puertas para dentro cada uno sabe de sus perversiones, deseos y de sus fantasías, pero cara a la galería somos ángeles asexuados y de conducta políticamente correcta y verbo comedido, aunque nuestro cerebro sea un burdel.

Todos tenemos vida sexual, y quien lo niegue miente. Otra cosa es que sea participada o individual. Que en esa participación entre más o menos gente depende de cada uno. Bigamia, monogamia, poligamia u onanismo son situaciones que se escogen o a las que te ves abocado en este extraño y oculto mundo del sexo. El límite está donde cada uno sea capaz de ponerlo o incluso más allá.

Cierto es, que como alguien dijo, el sexo mueve el mundo. Ha propiciado guerras y alianzas, ha derribado gobiernos, es una de las industrias más fructíferas del mundo... Porque esto es como Tele5, que nadie la ve. Pero todo el mundo sabe quien es Belen Esteban, Fran y Aida Nizar y se siguen más sus declaraciones que las del portavoz del Gobierno.


Entonces a qué se debe tanta doble moral. Por qué no aceptamos o renegamos de nuestra vida sexual en público? No digo con esto que hagamos con ella centro de nuestras conversaciones ni de nuestras vida personal, como hacen determinados machitos en sus reuniones de rebaño, casi siempre acompañados alcohol y tabaco. Me como una y cuento veinte. A lo que me refiero es a normalizar las conversaciones sobre estos temas como si de otros se tratara.

¿Qué nos impide afrontarlo con naturalidad? Posiblemente tenga que ver nuestra cultura católica castrante, que siempre se ha referido al sexo como pecado y permitiendo su único uso como fuente de procreación. Como si en conventos y sacristías se pensara en engrandecer la población mundial. Todo seer humano, por el hecho de ser ser y no por ser humano, tiene instinto sexuales y satisfacerlos, sin menosprecio ni maltrato a sus semejantes, no es una abominación. Es más, es una necesidad para el equilibrio físico y psíquico.

Cuantas situaciones ridículas se os ocurren en vuestra vida cotidiana generadas por la ocultación del sexo o por esquivar una conversación, que puede ser incómoda por nuestros propios absurdos tabúes y castraciones morales. Por qué la gente se niega a negar la realidad de la masturbación como un acto sexual de práctica común y extendida. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra, y que antes se limpie la mano.

Y esto es más exagerado si hablamos de las mujeres. Un macho sexual es un gallito, una hembra es una zorra. ¿La necesidad no es igual en los dos sexos? ¿O no esta igual vista? ¿Qué hace que un mujer sea peor que un hombre por tener las mismas necesidades o gustos? ¿Será que los dirigentes públicos y religiosos han sido tradicionalmente hombres, que garantizaban el ranchito castrador? Por esto será que esta bien visto ir de putas, pero no las mismas.

Creo que a estas alturas del cuento habrá que empezar a quitarse las caretas y liberalizar de falsas condenas determinados temas. Somos humanos y con una carga animal que demostramos más desagradable en nuestra faceta de depredadores que en la de sexuados, aunque esta moleste mas a ciertos sectores reprimidos y acomplejados. Estoy seguro que estos ni se tocan ni se excitan. ¿Verdad?

Creo que hay que realizar una verdadera revolución sexual. Soportada sobre los pilares de la igualdad, la tolerancia, el respeto y la educación, esta úlima acompañada de transparencia e información. Y da igual como decida cada uno disfrutar de su sexualidad, y sobre todo con quien. Lo verdaderamente importante es disfrutarla con respeto y sin inhibiciones innecesarias y caducas. Y quien diga que no lo necesita o no lo siente, que se lo haga mirar. Creo que ese si que es un problema a solucionar.

martes, 4 de octubre de 2011

Día Cero,hora H

El sol se resiste a abandonarnos. Verano extraño para un año extraño. Ya es otoño pero sigo en bermudas. Mis bermudas favoritas, de retales de tela de cuadros de colores variados, me hacen sentirme cómodo. Como mi nueva vida, esta que empiezo en estos días, me devuelve la confianza y el control sobre mis actos. Todo lo que acontezca a partir de ahora solamente dependerá de mí mismo. Estaré aquí como el sol, hasta que yo quiera.

Hay quien tenía prisa en que desapareciera, en que saliera huyendo de mis propios demonios y de los suyos. Lamento desilusionar a todo aquel que tenía puestas sus esperanzas en mi partida. No dudo que llegará, es lo que quiero hacer, pero en tiempo y forma. Hay cosas que quiero decidir yo, ponerles fecha e ilusiones. Por lo tanto agradecería a quien tanto me quiere que no demuestre tanta premura en echarme de menos. Creo que yo a este tipo de personas hace tiempo que las echo de más.

Este año ha servido para recomponer muchas cosas que serán fundamentales en mi nueva vida. Mi escala ética en primer lugar. Lo que estas bien y lo que no. Lo que me gusta y lo que no. Lo que no estoy dispuesto a tolerar y lo que no es tolerable bajo ningún concepto. En segundo lugar mis prioridades vitales. Qué y quiénes son importantes en mi vida. Los hechos me lo han dejado claro. En cuanto a quienes, no es mejor ni más importante quien es o se empeña en ser más visible. No soporto que nadie sufra más que yo mismo por mi propio dolor, sobre todo si lo hace en público y mirando al tendido. Ni quien se alegra de una manera forzada y teatral de las pequeñas cosas dulces de mi existencia. Un poquito de contención y decencia son lo que pido, estas actitudes falsas me parecen impúdicas.


Estos días empieza la oportunidad que he decidido darme a mí mismo por una vez. No puedo quejarme, pues casi siempre en mi vida he hecho lo que he querido, de una manera u otra. Pero creo que ha llegado el momento de demostrarme a mí mismo de lo que soy capaz. De no defraudarme ni defraudar a quienes han puesto su confianza en mí. Tampoco son tantos, pero sí importantes para mi.

Creo que nada de lo que ha pasado en el camino ha sido en balde. Todo poso de mi historia ha formado mi actual caparazón. Armadura para una nueva empresa, un nuevo reto en la senda. ¿O quizás será el mismo camino el reto? Me resulta excitante el hecho de afrontarlo de nuevo solo. Mi caparazón, mi experiencia y yo. Mi camino y yo.

No tengo claro que vaya a ser una empresa fácil. Habrá días duros, habrá horas eternas. No son los mejores tiempos para aventuras, pero estoy harto de vivir historias ajenas. Me he cansado de protagonizar batallas de otros, que por desidia o ineptitud eran incapaces de afrontar con las mínimas garantías de éxito. Enarbolaré solo mi bandera en mis propias conquistas, y si cae o caigo, será mi responsabilidad y mi fracaso. Estoy harto de perder batallas sin rey y resarcir fracasos huérfanos de responsabilidad.

Y aquí, al borde del camino, hoy día 0 y en la hora H, prometo ser yo de una vez. Ser lo más creativo que me deje mi mente, lo más mordaz que me dejen mis palabras, lo más mañoso que me permitan las manos y lo más divertido que sepan ser estos extraños ojos verdes al captar las otras caras de la vida.

Intentaré cultivar mis amigos y mis familias, la mía y la electa. No defraudar a los de aquí y a los de arriba. No decepcionarme a mí mismo aunque fracase. Ser feliz como fin último y hacer feliz como objeto primero.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Tengo que no ser tantas cosas para ser yo mismo

El aire se divierte esta tarde con la ciudad, que peina nubes grises como quien peina canas. El otoño coquetea, dejandose querer, y sin acabar de decidir si es hora de su romance. Solamente algunas bermudas se resisten a despedir el verano, batalla perdida de antemano.

Salgo de esa caja de música que ha sido mi casa estos últimos meses. Respiro hondo y me lleno de aire fresco. Lo agradezco después de horas conteniendo la respiración en ese ambiente viciado y tendencioso. Cuento las horas que me quedan aquí y cada vez me siento más libre, más alto, más feliz. Nunca pensé que una despedida pudiera ser tan gratificante. Y no tan solo por la partida sino por el sabor de las cosas bien hechas, de la conciencia tranquila y de la ética recompuesta en mi mochila interior.

Ando firme con la sonrisa tatuada en mi rostro. Me siento bien. Se han abierto cientos de ventanas a un nuevo paisaje vital. Afronto un nuevo reto como persona, que realmente me resulta conocido. Un espacio nuevo donde desarrollarme sin limites como persona y profesional. Un espacio donde marco yo las metas y los limites. Los retos y los abismos a los que enfrentarse. Un nuevo viaje para el que necesito un nuevo equipaje.

Durante estos últimos años, la característica de mi vida han sido los límites y las obligaciones, casi siempre impuestas por otros, con los que no compartia criterios ni proyecto. También las había aceptadas por propia decisión, aquellas que eran deuda a los nuestros y deber satisfactorio. Todo eso ha desaparecido durante este año, algunas cosas por decisión propia y otras con la intervención del Destino. Un año de fuertes cambios, a veces difícil de digerir en tragos tan grandes e intensos.



Pero ahora, en este momento que me lleno de aire fresco y nuevo, tengo la certeza de salir ampliamente reforzado. La certeza de haber crecido como persona y de ser un adulto consciente y coherente conmigo mismo por primera vez. Estoy dispuesto para saltar a un mundo nuevo y lleno de retos en lo público y en lo estrictamente personal.

Noto en mi espalda crecer, rápidas y poderosas, unas alas potentes y de una belleza singular. Recubiertas de un plumaje metálico y brillante. Dotadas de una musculatura que me da confianza ciega a la hora de saltar al vacío. Que me dan el porte de un guerrero mitológico, para el cual no hay enemigo imbatible y que por primera vez no teme mirar a los ojos, de tú a tú, a los Dioses Griegos y Egipcios.

En estos últimos años he tenido la fea costumbre de armarme de determinadas arcas gestuales, emocionales y de conducta que me han permitido sobrevivir. En un mundo hostil, un mundo al que yo no pertenecía y en el que me había tocado lidiar. Tenia la sensación de ser como un gladiador en medio del circo, abarrotado de público sediento de pan y sangre. Mi ironía, mi frialdad emocional, mi afilado verbo, ágil y letal en ocasiones, escondían, cual armadura de combate, mi Yo privado. Se han convertido en la coraza, el caparazón emocional que se advierte cuando uno se enfrenta a mi Yo público.

Mientras discurro de un modo diferente al de las últimas semanas por las calles de esta pequeña ciudad costera, con pretensiones de puerto vital y cosmopolita, voy planeando como desmantelar estos rasgos de mi personalidad que no me permiten mostrarme tal y como soy para aquellos que me conocen en la distancia corta e íntima. Y es que a todos nos sobran artificios y barreras. Tenemos que dejar de ser tantas cosas para ser nosotros mismos de verdad.

Desprovisto de corazas y poniendo a prueba el batir de mis nuevas alas, afronto, feliz e impaciente, el reto ambicioso de ser yo mismo por primera vez en mi vida. Sin excusas ni limitaciones. Sin trabas y sin barreras emocionales. Yo mismo frente a mi mismo, desnudo y fuerte. Desprovisto de armadura y protegido por mi propia esencia, fortalecida y madurada.

lunes, 26 de septiembre de 2011

El extraño sabor de las noticias esperadas

No negaré que hay cosas, que aun esperadas, nos calcinan como una lengua de fuego que nos coge por sorpresa en medio de un monte. Tampoco negaré que a veces es necesario convertirse en cenizas para volver a renacer, más fuerte, más ágil y más satisfecho de uno mismo, como el Ave Fenix. Surgen de nuestra espalda, apaleada por los hechos, alas fuertes, bellas y vigorosas que nos permiten emprender el vuelo deseado. A veces el ser incinerados solamente sirve para fundir nuestras cadenas y temores y hacernos más libres.

En estos días los acontecimientos se han convertido en una vorágine de noticias, emociones, cambios y rupturas insalvables, de alto poder analgésico para males anteriores y enquistados. Todo ha sido como aquella maravillosa novela de Garcia Márquez, Crónica de una muerte anunciada. Todos sabíamos que íbamos a morir, quien era el asesino y solo nos faltaba saber el momento. Aun así siempre te pilla de sorpresa. Es una cualidad de la muerte, ese acontecimiento que es lo único seguro que tenemos en la vida. Sobre todo suele sorprender cuando es premeditada, traidora y y sin escrúpulos. Cualidades estas últimas que están de moda por los lares que frecuento laboralmente.



En una muerte siempre tiene mucha importancia el epitafio, o el panegírico que se le dedica al finado. Es como un resumen de los logros que se alcanzan en vida, un haber en la contabilidad de la Vida. Claro es, que en ocasiones, los asesinos vestidos con piel de cordero, son poco doctos para la redacción del mismo. Más bien diríase que vienen investidos por el atrevimiento propio de la ignorancia. Valor este último que defienden como si del Pendón de Castilla se tratase. Mi madre siempre me dijo que no había nada más peligroso que un tonto con poder, o que un ignorante que no lo sabe.

Cierto es, también, que como muerto reciente y resucitado, les agradecería a los sicarios responsables de mi inmolación pública que se abstuvieran de redactar el mío. Ni me conocen ni me interesa que lo hagan. Hay gente que mejor que no sepa nada de uno. A estas alturas del cuento las relaciones con cierta clase de impresentables y personajes del traje gris, o del vestido de palabra de honor innecesario e inadecuado como cada uno de sus torpes actos las prefiero inexistentes.
Gracias por ignorarme. Viniendo de ustedes es un halago.

En estos últimos meses previos a la matanza de Campoamor, he aprendido mucho de determinado tipo de personajes, personajillos y supervivientes de la malvalorada función pública y los políticos de tres al cuarto que la protagonizan, como protagonizaba J.R. sus maldades en su rancho de Dallas. Tengo que agradecerles que me hayan devuelto mi fortaleza ética, mis limites de lo tolerable, la capacidad de no doblegarme ante el estilo zafio y ramplón de su gestión, revanchista y paleta. Carente, esta última, de proyecto, de equipo ni de voluntad ni equilibrio en las decisiones. Hay terroristas islámicos con más sentido común en su ejercicio profesional.

La venganza solo es útil para mejorar los resultados. Nunca es buena, aunque a veces necesaria para restituir el orden de la razón y el sentido común. Nunca está justificada cuando se ejerce desde el resentimiento, la ignorancia y sin que se adopten criterios de disección basados en el buen ejercicio profesional y de beneficio del administrado. Esto último totalmente desconocido para la calaña que nos rodea en los últimos tiempos.

Gracias por vuestro resentimiento y vuestra ceguera. Gracias por hacerme víctima de vuestra mediocridad. Gracias por liberarme de esa necesidad de esconder la cabeza como las avestruces ante vuestras decisiones arbitrarias, incomprensibles y carentes de criterio, al igual que ante vuestras estúpidas demostraciones de fuerza en público, que me generan terribles subidas del sentido de la vergüenza ajena. En ocasiones vómitos.

Me alegro, de hecho, de ser muerto para resucitar de entre vuestras víctimas para buscar nuevas sendas. Solamente lamento que vuestros actos supongan el desmantelamiento de proyectos coherentes, carentes de cierto olor a rancio y moho de pueblo. Agradezco no tener que intentar demostrar mi valía a quien no la sabe ver, ni está capacitado para comprenderla. Por mucho poder que tenga para obviarla de un plumazo, ignorarla a la hora de decapitarrme y hacer gala de cierto grado de cinismo, solamente reservado para los inteligentes que se han pasado al lado oscuro. Los malos de verdad. No son ustedes más que una caricatura burda y bastante zafia de lo que pretenden ser. La altura moral y profesional se demuestra con los hechos. Y creo que alguien necesita alzas, esto le viene soberanamente grande.

De toda experiencia solamente cabe resaltar la dedicación de quien ha creído en esto sin la necesidad de convertirlo en un ranchito donde pavonearse con invitados y compañeros de cuadrilla. De ese gente dedicada a la función pública como camino par demostrar la excelencia del trabajo bien hecho y no como plataforma par la obtención de poder, valor que no debería primar en los servidores de los administrados. Lastima de quien olvida quien le paga y se cree reina por un día. Cierto es que a este tipo de personajes, el tiempo y las circunstancias los apean de una sonora bofetada devolviendolos a sus orígenes.

Mientras recorro la noche de septiembre en un tren solamente tengo que agradecer mi muerte, vehículo indispensable para mi resurrección. Gracias a los fariseos del templo, por liberarme de la carga de soportarlos. Sólo espero que no conviertan su herencia en un mausoleo para beneficio de amigos y conocidos.

Y como diría Shakira, Se lo agradezco pero no. Me quedo muerto, enterrado en la ladera de un monte, más alto que el horizonte. Quiero tener buena vista.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

La mañana del funeral

Ella miraba ausente desde la ventana de la cocina. Sus piernas cansadas la mantenían firme en este momento en que todo parecía derrumbarse. Siempre habían sido unas buenas aliadas en el duro camino que recorrieron juntas. Carecían de edad y su presencia física era intemporal, casi impensable en una mujer de su edad. Descansaban en unos zapatos negros y prudentes de tacón ancho y bajo.

Sus ojos grises parecían esconder el relato de su historia. Fieles guardianes, discretos confesores. De repente, volvieron a la realidad gracias al tintineo de la cucharilla sobre la taza de café con leche. No podía llorar, no sabía hacerlo ya. Tantas lágrimas habían secado sus ganas y la habían endurecido. Sólo sus pupilas reflejadas sobre el cristal asemejaban contener esa dosis de tristeza líquida.

De repente se volvió sobre sus talones dirigiendose a la bancada de la cocina. Yo la miraba cariacontecido. Contemplaba absorto la decisión con que realizaba todos sus movimientos. Cogió el tazón y bebío despacio pero sin pausa un trago largo. No era el trago más amargo que tendría que padecer esa mañana.

Nunca le gustó el negro riguroso en el vestir. Siempre lo adornaba con un giño casi irónico. Estaba espectacularmente sobria. Discretamente triste. Su pelo gris, eternamente despeinado hacia detras, le confería personalidad propia. Toda ella la destilaba. Su manera de mirar, su manera de andar, su manera de reirse, su manera de entender la vida.


Mientras tanto mi respiración retumbaba en mi cuerpo hueco. Me siento vacio y me asusta. No siento absolutamente nada más allá de cierta sensación de alivio. He llegado a dudar si mis organos se disolvieron durante esta noche larga y extraña.

El cansancio me venció tras arroparla y darle una pastilla para dormir. Necesitaba descansar, ella más que yo. Nos costó convencerla para abandonar aquella sala angosta de aire viciado y tétrico ventanal a la muerte cercana. Nunca me gustaron los tanatorios. Nunca nos gustaron a ninguno. Ni a los de un lado del cristal ni al del otro.

Dejó el tazón sobre el granito frio como una lápida y me miró sin decir nada. No supe entender el lenguaje gris de sus ojos. No alcancé a leer ni comprender si su mensaje era de tristeza irreparable o de descanso bien ganado. Yo tenía claro lo que significaba para mí todo esto, pero mantenía la duda razonable sobre lo que acontecia en el interior de esa cabeza, de ajada y serena belleza. Sólo las cuencas de sus ojos gritaban pidiendo más atención y cariño del que nunca en la vida habían demandado.

La abrazé sin preguntar. Mis ojos verdes se quedaron colgados en la misma ventana de la cocina. Ví pasar toda mi infancia entre los visillos de vainica y lienzo tostado, mientras reconfortaba entre mis brazos a mi madre. Nunca pensé que alguien como ella necesitara, en algún momento, más fuerza que la que ella misma destilaba. Dudé si se sentía más sola ahora o antes de estos acontecimientos, que nos cogieron por sorpresa aún siendo predecibles.

Cogimos nuestros abrigos tras separarnos con cierto pudor. El silencio nos acompañaba en todos nuestros movimientos. Suspiramos hondo, los dos, en distintos puntos de la casa. Necesitariamos todo el aire que pudieramos acumular para superar este último trago. Nunca nos gustaron las despedidas. Cerramos la puerta de forma seca. Nuestro mundo ya no sería igual la próxima vez que se volviera a abrir. Ni el suyo ni el mio.


martes, 13 de septiembre de 2011

Buscando los zapatos rojos de Oz

Miro al suelo y veo mis pies descalzos. Tan descalzos que siento el tramado de la hierba en mis plantas. Húmeda, sencilla, verde. Mis pies desnudos tararean con sus dedos una vieja canción de Shakira. Mi nostalgia le hace los coros. Eso es la cavanga, que dicen en Nicaragua. Esa morriña de los buenos tiempos. Sobre esos pies desnudos se disuelve un arco iris que trepa por el azul impoluto del cielo. Se apoya en nubes de algodón cardado. Un camino de colores imposible de transitar y deseado como el que más.

Algo me impide subir por su líneas paralelas e infinitas. No solamente su ausencia de corporalidad no lo permite. Hay algo que no me deja emprender la marcha, como si de una estatua de arenisca se tratase. Mi medula espinal no transmite emociones ni ordenes de mi cerebro, tan pétreo como mis manos, mis ojos o mi alma. Cerebro, corazón y alma no se encuentran en la misma dimensión, ni siquiera en el mismo estado de voluntad.

¿Qué es aquello que no me permite articular movimiento, palabra o voluntad? ¿Qué es eso que ralentiza mi flujo sanguíneo y el anímico?¿Por qué soy incapaz de moverme de un sitio donde me siento cómodo pero del cual sé que no es mi destino, ni siquiera una estación importante en la línea de mi vida?

Hay algo sin duda. Algo que aprisiona mis tripas como la pata de un elefante aprieta la barriga del domador derrotado y abatido. Algo atenaza mi voz, ahoga el grito que se prevé tras un golpe sobre la mesa, cambiando la pendiente de esta historia. Quebrando el silencio de lo rutinario, ese golpe seco y hueco que provoca la palma de la mano sobre el tablero seco y cansado de esa mesa que sabe más de nosotros mismos que nuestra memoria, grita basta. Hasta aquí llegó la riada del 57.

Espero ansioso el desgarro de ese silencio. El grito firme y el empujón interior que separe mis pies de la cómoda y predecible hierba. El motivo último para cerrar los ojos, llenar lenta e intensamente los pulmones de aire, y dar el paso inicial sobre ese arco iris de minúsculas partículas de una lluvia finita y antigua. Anhelo el momento en que puedas más mis ganas por encontrar los chapinetes rojos que la comodidad y frescor de la hierba bajo mis pies desnudos.

Giro la cabeza sobre mi tronco acartonado y prieto de temor a lo desconocido. Busco con mayor velocidad de mi mirada que la de mis movimientos el responsable de ese golpe seco y ese empujón al vacío futuro. Nada veo más allá de mi propio cuerpo anclado frente al camino de los siete colores. Nadie me acompaña en esta escena congelada y naïf. El paisaje y yo. El camino y mi soledad. El pasado y las nubes de algodón cardado.


Nada ni nadie espera romper el silencio de mi indecisión. Nada ni nadie reivindicará mi libertad que no sea mi propia voz y mi decidida voluntad de cambio, si es que esta existe ciertamente. Mi voz y mi voluntad. Tengo la sensación de la presencia de un música, animal y sencilla, que envuelve por completo la escena, como el celofán de las cestas de Navidad. Es un estadio de tranquilidad impostada. De paz ficticia. Sólo yo y mis circunstancias. Solamente yo y mi encrucijada.

Quiebro la rigidez de mi cuerpo atemorizado. Froto mi frente en actitud de duda e indecisión. Comparte caricia con mi mandíbula. Miro de nuevo a mi alrededor y constato la soledad absoluta de este tipo de decisiones. Levanto las puntas de mis pies, equilibrando mi caos personal sobre mis talones, como si buscara distancia en la decisión. No queda otro remedio.

La senda que me trajo hasta aquí ha sido devorada por la maleza del camino. Ese que uno no quiere volver a recorrer, ni para tomar aliento ni fuerza. Cierro de nuevo los ojos en búsqueda de cierta paz interior, necesaria, extraviada. Sólo queda decidir cuando y como. No queda otra opción.

Descubro que esa fuerza interior que me detiene y me congela no es más que miedo escénico. Vértigo a lo nuevo sin vuelta atrás. De todos es sabido que el miedo es libre y cada uno coge el que quiere y yo en este viaje llevo las alforjas cargadas. Es licito el miedo a lo nuevo y a los cambios. La valentía no es una condición sinequanum para pertenecer a este mundo. Todo lo contrario, parece estar de moda su ausencia en la forma y en los modos.

Por eso creo que realmente toca saltar. Quebrar el hielo que me atenaza y correr por la senda intangible de los sueños posibles en busca de unos zapatos nuevos, que me eleven sobre el suelo y me permitan crecer como persona y buscar nuevos horizontes. Más allá del arco iris que despierta tras la borrasca y la lluvia.

domingo, 11 de septiembre de 2011

La Biblia en Nueva York

Este ha sido un fin de semana raro, sin muchas ganas de hacer nada y con muchas ganas de que no pase el tiempo. Los últimos golpes de calor, de ferocidad controlada, pasean por la ciudad destilando la nostalgia de la despedida. Contemplo la vida desde el mirador, escaso de ropa y con exceso de equipaje. Un fin de semana raro para un tiempo raro. Primeros de septiembre con sabor a nueva era a la vuelta de la esquina.

Comida sana, muchas horas de sueño y televisión son el menú de estos días. Huyo de las relaciones sociales porque, en días como hoy, no me siento cómodo impostando una conversación que no me atañe o interesa. Mi lavadora interior no cesa de centrifugar a una velocidad de vértigo. No sé muy bien que me espera a la vuelta de la esquina, ni que esquina decidiré doblar. Estoy naufragando a bordo de mi sofá en mitad de ninguna parte.

Hoy es el día en que Nueva York es más centro del mundo que nunca. Objetivo de todos, memoria de un mundo que cambió tal día como hoy, hace diez años. Hay una especie de nudo que vuelve a la boca del estómago cada vez que volvemos a aquel momento o nos quedamos congelados contemplando aquellas imágenes que siguen pareciendo mentira y que devolvieron nuestros pies a la más cruda realidad, de la cual nunca volveremos a salir. Nada volverá a ser igual, ni este ni ningún 11 de septiembre. Ni ningún 11 de ningún mes.

Recuerdo mientras veo la cadena de reportajes y documentales el silencio que sentí mientras paseaba por la Zona 0, un sábado por la mañana. Casi me sentí incapaz de fotografiarla. Algo me recorrió la médula frente aquella diminuta capilla y aquellas vigas retorcidas en forma de cruz. No tenia nada que ver con la religión si no con el origen de las cosas. ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí? Una vez me alejé de aquellas calles la ciudad volvió a estar viva. Pero se notaba bajo su blusa nueva su cicatriz.


Al igual que me alejé por Broadway Av., cambié de canal para buscar la otra cara de la Gran Manzana. Hoy necesitaba sonreír lejos de humo, cenizas, radicalismos religiosos y políticos, ausencias y tristeza. Me refugié en la pantalla de ordenador de Carrie Bradshaw. Busque, atendiendo atentamente a esa Biblia televisiva en la que se han convertido sus temporadas, recuperar la sonrisa que me provoca un perrito caliente en las escaleras del Metropolitan, o ver leer, descalzo sobre un banco, a un joven en Central Park. Quiero recuperar mi reflejo sonriendo en un escaparate de la 5 avenida. Quiero ser libre y feliz volando entre los rascacielos de Manhattan.

Las historias de estas cuatro mujeres no dejan de ser un retrato, en clave de humor ácido y en ocasiones corrosivo, de la nueva sociedad en la que vivimos, de las relaciones personales, laborales y sexuales. Una Polaroid de nosotros mismos con tintes de caricatura con la que reirnos de nuestros propios fantasmas y miedos. En el fondo son un canto de supervivencia, de esperanza por una mañana mejor, por una agradable comida entre amigas y confesiones, por un abrazo que merezca la pena y no uno de saldo que aceptamos por no caer en el eterno y divino castigo de la soledad. Es una Biblia de querernos y querer a los nuestros. Unas tablas de la ley de amar nuestro entorno, nuestra ciudad, nuestra opción vital. Los mandamientos que nos enseñan que para querer a alguien o a algo nos tenemos que querer a nosotros mismos primero. A pesar de las adversidades y los días nublos.

Sexo en Nueva York, magdalenas y coca cola light. Cae el sol y mi mirador pierde profundidad. Y la sonrisa se duerme en mis comisuras en un día sin ningún motivo para que exista. Sigo tirado en el sofá, escaso de ropa y de ilusiones.

Se acaba el domingo con sabor a memoria del pasado y necesidad de esperanza en el futuro. ¿Qué pasará el próximo 11 S? Sólo sé que seguiré recordando aquel silencio de mañana de sábado en NYC.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El mero hecho de hacer lo justo

Nuestro idioma tiene esas paradojas semánticas que pueden cambiar el sentido de las cosas y los tiempos. Por ejemplo, no es lo mismo echar de menos que echar de menos. No es igual echar de menos a alguien, que es un sentimiento, casi poético, con cierta aura adornada de sensibilidad y pétalos dulces de rosas agonizantes, que echar de menos a algo, que denota una actitud cicatera, de recorte innecesario, de tacaño que priva de la especia a la receta sin otro objetivo que mermarla.

No es igual tampoco vaya pasada que vaya pasada. Se le puede aplicar distintos significados, desde el ámbito deportivo hasta el de reproche por una jugada de mal gusto que te puede llegar a realizar alguien. En muchos casos depende mucho del contexto, la entonación y la mala leche que transmita la mira del que esputa la frase.

Pero el que más me preocupa, o mejor, el que más me altera de estos casos es el de hacer lo justo. Una frase que esconde la esencia del hecho cierto, contundente, loable y que devuelve las cosas al correcto orden universal. La encarnación en acción de la justicia. La translación a hecho tangible del anhelo intangible. La Justicia.



Claro está que también cabe la interpretación de quien hace lo mínimo, lo imprescindible para no ser señalado o estigmatizado. De aquel que carece de sentido de responsabilidad. Aquel que solo se rige por reglas de economía vital y supervivencia sin tener en cuenta el estropicio que genera en su entorno, ni el desgaste físico y anímico de quien lo comparte, o mejor aún, lo sufre.

No es este personaje ni un vago redomado, lo cual le conferiría un status hasta gracioso y comprometido con la voluntad manifiesta de no hacer nada, asumiendo las postreras consecuencias. Por lo menos el que carece de voluntad para hacer nada, carece de la mala leche necesaria para ocultar su decisión detras de una actividad lo suficientemente visible, a la par que escasa, pare evitar el reproche y la afrenta. No hay nada más ruín y cicatero que aquel que cubre su fachada a sabiendas del perjuicio que genera en su alrededor, y se aleja silbando como si del Tonto Simón se tratase.

¿Qué diferencia el hecho de hacer lo justo de hacer lo justo?

Si se tratase de una persona manifiestamente normal, con su escala ética construida, con sus valores integros y se entendimiento al 100% y en plenas facultades, hecho improbable por inverosimil, posiblemente la diferencia sería tangible. Incluso afectaría a su conducta persona y al equilibrio de su conciencia.

Quien desempeña sus funciones o transita por la vida actuando según criterios de Justicia, y haciendo las cosas para que sean justas, disfruta de un estado de bienestar interior generado por la satisfacción del deber cumplido. Duerme por las noches sin ninguna perturbación motivada por conflictos de conciencia.

Cierto es que quien carece de esta última, desarrolla la capacidad de descansar a pierna suelta, pero corre el peligro de que sea su entorno, perjudicado por su actitud, el que se convierta en una pesadilla para su existencia.

Podriamos ahondar más en este tema, pero creo que esto es precisamente lo justo que quería expresar. Cada cual que lo interprete. Yo duermo tranquilo. No sé si por Justicia o ausencia de conciencia.








domingo, 4 de septiembre de 2011

Las tardes de domingo

Troceo despacio una cebolla tierna sobre la tabla blanca. Es un proceso mecánico, casi un ritual. La forma de realizarlo no es casual, forma parte de mi particular forma de actuar. Primero la limpio, le retiro la parte verde, las raíces y las dos primeras capas. Ni una ni tres, las dos primeras. La parto por la mitad, y la troceo en 5 trozos, con cortes paralelos. Otra vez cinco cortes perpendiculares a los anteriores. Junto y amontono sobre la tabla los trozos con la ayuda del cuchillo. Los vuelco sobre el bol de loza. He superado la prueba de no llorar con la cebolla otra es más. Supongo que he perdido la capacidad de hacerlo por culpa de la cebolla o de cualquier otra cosa.

Enciendo la vitro y pongo el mando al 6. Saco dos botes de tomate entero de la despensa. Los abro, escurro el caldo en el fregadero y los vierto en la fuente, después de haber puesto un cazo con agua al fuego. Saco dos huevos morenos del frigorífico. Los dejo sobre el paño de cocina para que no resbalen. Troceo los tomates sobre el lecho de cebolla cortada. Me encanta la sensación suave , casi acuosa, del cuchillo troceando el rojo intenso y húmedo de los tomates en conserva. El agua rompe a hervir e introduzco los dos huevos en ella. Los del paño. Siempre dudo la cantidad de tiempo que tienen que estar unos huevos hirviendo para estar duros. Hay quien dice que 3 Padrenuestros. No veo la relación entre el rezo y la dureza de los huevos, con lo cual prefiero el reloj. 10 minutos me parece una buena opción.

Unas aceitunas negras y una lata de atún. Cuantas latas. Mezclo los ingredientes en la fuente mientras se terminan los huevos de enfriar. Los pelo y troceo para añadir a la fuente. Sal generosa, un buen chorro de aceite de oliva y un último golpe de muñeca para ligar los ingredientes. Abro la nevera y siento su aliento helado sobre mi pecho, que brilla de repente. Introduzco la ensalada y cojo uno de esos botes plateados que forman parte de mis vicios y filias.

Cierro la puerta de la nevera con el codo, mientras me cuelgo de una noticia en el televisor. Mundo convulso en una tarde de domingo soleada y no excesivamente generosa en grados. Escucho el sonido de mis pies descalzos sobre el cemento mientras me concentro con cierta desidia en algún conflicto islámico.

Me dejo caer en el sofá mientras dejo la Coca Cola en la mesa de centro. El algodón indio de la cubierta se adhiere a mi cuerpo como una segunda piel. Las cortinas corretean por el mirador, jugando con la luz de una tarde recién nacida. Mientras termino de rebañar el plato con un pequeño pedazo de pan, sigo pendiente de mi ventana catódica al mundo.

Cada vez me gusta menos ver las noticias. No me reconozco en este mundo crispado y que rueda sin control por una cuesta de guijarros. No me gustan las explicaciones de los que mandan ni los reproches de los que esperan como buitres su caída. No me gusta que se pongan de acuerdo solamente para negarnos la posibilidad de opinar cuando nos toca, en las cosas importantes de verdad. Me gusta aún menos que lo hagan a trompicones, con prisas y a escondidas. Me da igual quien lo justifique. No me gusta. Me da pánico estar en manos de esos seres inhóspitos y sin escrúpulos, carentes de rostro reconocible, que se hacen llamar los mercados.

Engullo el último trozo de pan, con ayuda de un trago tenso de refresco, sin quitar la mirada del televisor. Escupiría a la pantalla si no tuviera que limpiarlo luego. Cambio el canal para no terminar con la soleada tranquilidad de esta tarde. Busco algo banal, sin pretensiones. Una serie antigua, un clásico de cine de tarde familiar, una reposición con la que poder superponer los diálogos en un juego estúpido y superficial. No es tiempo de cosas serias, menos mientras recorro lento el perímetro de un sandwich de nata con mi lengua, como si de una travesura infantil se tratara.


Rasco, inconsciente, mi gemelo izquierdo con mi pie descalzo. La tarde se descuelga menos agria por los absurdos personajes de El coche fantástico. Ordeno los últimos días en mi memoria, como si tratase de archivarlos por expedientes. Reconozco que llevo una temporada contemplando mi vida desde un punto de vista externo, y me cuesta acostumbrarme a esta nueva situación. Como bien dice una buena amiga, gurú y confesora, desde un tiempo a esta parte ya no soy el mismo. Nada me afecta de la misma forma que lo hacia antes. Las cicatrices de mis últimos golpes me han hecho fuerte pero también mucho menos permeable. No bajo la guardia con facilidad, quizás ni con dificultad.

Cada vez son más escasas las oportunidades para creer en nada o en nadie que no haya demostrado previamente creer en mí sin reticencias. Aún en este último supuesto, conservo la duda, saltando las alarmas al primer síntoma de decepción y haciendo caer compuertas que me preserven del daño futuro.

Suena el teléfono con un previsible decepción, que ni altera mi rutina en el sofá ni mi ritmo cardiaco. Cuelgo pensando en arrancar otra página del cuaderno de las oportunidades mal dadas. Sigo rascando mi gemelo de forma inconsciente mientras observo la televisión con un ánimo férreo y gélido que me asusta hasta a mí mismo. El sueño lucha por vencer mis párpados frente a unos ojos curiosos de una banalidad que no permita espacio para que crezca la decepción en mi interior.

La tarde se hace adulta al compás de las cortinas. Yo me he hecho adulto al compás de un tango roto. No queda espacio para más letras de bolero de insomnio infinito en pos de esa pasión rasgada y de eterna herida abierta.

Echo de menos a ese yo que se ha perdido en mil batallas. Echo de menos su sonrisa, que cada vez se hace más cara de ver. Su inocencia y su generosidad, que se conformaba con el gesto más absurdo para sentirse infinitamente afortunado. Echo en falta las mariposas, los nervios o la ilusión, quizás alguien se las llevo a escondidas y las soltó en la bahía de Estambul, un atardecer frío de invierno. Me gustaría recuperar la confianza ciega que destrozaron a jirones en tantas mentiras y traiciones, hace tantos septiembres que no los sabría contar. Echo de menos pensar que todo esto pasará y volverán la ilusión, las mariposas y las sonrisas. Me echo de menos y cada vez tengo más dudas de si algún día volveré una tarde de domingo cualquiera.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Los botes de cristal de caramelos de Harrods

Siempre he sentido especial atracción por los los dulces chic. Especialmente por esos botes de cristal, rellenos de caramelos de vistosos colores y sofisticados sabores, que venden en Harrods. Esas bolas inperfectas de azúcar, dibujadas en varios tonos  a gajos como los balones de playa, con el brillo nacarado que da el caramelo y el color intenso y bien combinado que da ser londinense. Las hay de multitud de sabores, con multitud de etiquetas. Más serias, más clásicas, más funnies... Todas en esos maravillosos botes  cúbicos de cristal transparente, de tapa metálica y dorada, que dan aspecto de rebotica del Sr. Wonka al rincón donde se encuentran en los almacenes de Knightsbridge.

Cada uno de los botes contiene más de un centenar de esas maravillas diminutas que se deshacen en el paladar, inundando de sabores sugerentes las papilas gustativas y transportando nuestra mente a salones de té y delicados espacios de look British donde sumergirse en el placer de perder el tiempo en la contemplación de lo exquisito. Decenas de sabores, decenas de universos, decenas de combinaciones de colores. Unas al tono, otras de atrevido complemento, todas elegantemente divertidas. Un capricho deseable sin connotación pecaminosa, como la vida misma.

Cada uno de estos universos es singular, con una personalidad propia. Unos son más frutales, ingenuos, luminosos. Nos retrotraen a escenas de campo y estío. Otros son sofisticadamente intensos, casi nocturnos. Parecen escondidos en nacaradas perlas que se disuelven, sinuosas, en nuestro paladar, como si de una inmersión en un océano de caramelo y canela se tratase. Frutas, especias, esencias para que cada uno encuentre su bote de cristal favorito, relleno de sus pecados personales favoritos, bajo su tapa dorada.



Al igual que los sabores de este universo dulce, cada uno de nosotros tenemos una composición de esencias, especias y matices de hebras de caramelo. aunque nuestra apariencia externa de humanos sea similar, como pasa con los botes de Harrods, el interior, el contenido nos diferencia. Primero por la apariencia externa, la combinación de color, el etiquetado, el sugerente nombre. Despues se retira el precinto trasparente y ese sonido seco y rotundo que quiebra el momento anuncia que tenemos acceso al contenido, tras abrir la dorada tapadera.



En ese instante comienza un relación especial entre el interior de nuestro bote y quien accede a él. Una comunión irrepetible que será la que defina la relación entre ambos. El conocido y el conocedor. Nunca jamas volverá a ser igual. Si es satisfactoria la misma habrá, posiblemente, oportunidad de repetirla y seguir desarrollando el vinculo entre caramelo y paladar. Si desagrada la textura y el sabor, el conocedor, elegirá otro bote, incluso otra marca. Este será el peor de los casos, cuando nuestro bote quede abierto, la expectación creada no satisfecha y el precinto y la integridad del envase imposible de componer.

El peligro de estos desencuentros está en la perdida de contenido que se sufre en cada decepción, y que hace que el bote sea cada vez más receloso de ser abierto por el primer desconocido que se encapricha de nuestra composición o colorido sin conocer nuestra esencia, la intensidad de nuestro sabor o la duración en la memoria del conocedor del aroma y textura nacarada de nuestra corporalidad. Cuanto menos caramelos quedan en el interior de nuestro bote, menos posibilidades damos a que sea abierto. Nuestro bote se vuelve receloso y custodio de nuestra cada vez más mermada integridad.

Ya no estamos en la primera línea de la estantería, no somos un brillante y precintado bote a estrenar. Alguien nos cerró sin querer seguir ahondando en nuestro sabor, antes de convertirnos imprescindible para su paladar o en su sabor favorito, al que jurarle fidelidad eterna. Estamos, ahora, encima de la encimare de la cocina, o en la mesa de una oficina de diseño esperando que alguien con más curiosidad por el sabor que por el brillo de nuestro cobertura inmaculada que nos daba ser un objeto a estrenar. Mermados en nuestro contenido pero no en la necesidad de cumplir nuestro fin último. Satisfacer un paladar que se rinda a nuestros pies y se convierta en adicto a nuestra corporalidad. Lo importante es poder mantener la integridad de nuestro sabor y esencia, aunque el número de nuestras grageas disminuya. Esta define nuestra personalidad y es una hoja de ruta para nuestra coherencia vital.

El único peligro es que en el camino nos encontremos con algún desaprensivo que empeñe en rellenar nuestro bote de otros sabores, otros aromas o, incluso, convertirse en un coleccionista de botes a medio consumir y que abre caprichosamente, alternando caprichosamente el contenido de varios, hasta agotarnos y lanzarlos al cubo de la basura, o aun peor, rellenarlos de los restos de un bote de tomate frito barato y olvidaron en una leja del frigorífico.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Nadie ha estado una o ninguna vez en New York

Me desespera la indecisión humana, me pone muy nervioso. Me hace estar indeciso entre matar a la persona o solamente dejarla lisiada. Y no me gusta esta sensación. Me hierve la sangre cuando veo a alguien que carece de este preciado líquido denso y rubí discurriendo por sus venas, a una velocidad que le garantice oxigenar el cerebro lo suficiente para no babear, coordinar movimientos y tomar decisiones.

Cada vez que tropiezo en la senda de la vida con alguno de estos superformados, con 3 MBA, 4 idiomas, 2 carreras, un cursillo de la CAM de diseño gráfico y tres colecciones de cromos de Panini de la Liga española, y que son incapaces de decidir frente a la estantería de la oficina si quiere usar los Post-it rectangulares o cuadrados, pierdo mi fe en el género humano, la política educativa y en las garantías constitucionales. Todos somos iguales. Y una mierda.

Hay gente que está en el mundo porque tiene que haber de todo. Gente que ocupa un espacio físico en el orden global para que salgan bien las fotos de los satélites americanos. Se dejan llevar por la inercia de la Vida, hacen todo aquello que se espera de ellos, son políticamente correctos pero incapaces de tener un atisbo de genialidad o capacidad de decisión para cambiar el rumbo de las cosas, dejando su huella y sello personal. Son los tibios.

Son aquellos que le provoca la misma emoción un atardecer en los Andes que la valla de las ofertas escolares de Carrefour. Aquellos que podrían permanecer frente al televisor, sin cambiar el gesto ni la presión sanguínea, si les cambiamos la cadena o le apagamos el plasma de sopetón. Este tipo de personas que cuando camina por una calle no sabe si va o si viene, ni creo que tenga capacidad para comprender la diferencia entre una y otra cosa, aunque se lo explique Super Coco.

A mí me atrae en la vida la gente que toma partido, que asume riesgos, que lidera decisiones aunque sea  qué sabor quieres el polo de hielo en el kiosco de la playa. Quien apuesta por el blanco o por el negro, aún a riesgo de perder y que no se refugia eternamente en el gris como actitud de vida y tono vital continuo. Me gusta la gente a la que sus vivencias le dejan huella, le agradan o desagradan, las asume y las transmite con emoción. La gente que es del Barça o del Madrid. De izquierdas o de derechas. Que le gusta la carne o el pescado. De Londres o de París. Dulce o salado. Bisbal o Chenoa. Beatles o Rolling.

El tomar partido y defender tus preferencias no incluye, por supuesto, el afán desmedido por la destrucción del contrario. El respecto a la otra forma de ver las cosas, a la diferencia, es un ejercicio de inteligencia emocional y de tolerancia. Aprender a compartir y convivir con el diferente nos hace más iguales y más abiertos en la visión de los escenarios en los que transcurren nuestro viaje vital.


Por todo esto respeto más a mi rival, que defiende con ardor guerrero sus principios, que al pusilánime que se refugia en el acomodo del "no sé, lo que tu quieras". Ese ser gris, casi transparente, como si de un envoltorio de film de cocina para cuarto y mitad de mortadela y vísceras se tratase. Que ni siente ni padece. Que no respira por no molestarse a si mismo. Que es incapaz de trasmitir emoción en un gesto en una sonrisa o en una decisión, por equivocada que esta sea.

No creo en las hojas que arrastra el río, si no en las ramas que luchan, varadas entres las rocas, contra la corriente. Aunque yo sea el barquero y las tenga que esquivar para llegar a buen puerto. Prefiero ser rama que cambia el curso que hoja que flota insulsa a merced de las corrientes ajenas para acabar los días, húmeda y podrida, en un margen olvidado de esta historia.

Dejo de mirar al espejo, después de este discurso que me autopronuncio. Cierro despacio la puerta del armario de la sombría habitación, observando mis movimientos como si lo hiciera desde un punto de vista externo y elevado. Giro sobre mis pies sin prisa pero sin pausa, intentando reconocer cada centímetro cuadrado de la estancia y fijarlo en mi memoria. La penumbra es atravesada por unos rayos de luz fragmentados en cientos de puntos ovalados por las ranuras de la persiana, vieja y polvorienta. Mi respiración digiere, agitada, el contenido de mi alegato. Dejo caer el peso de mi cuerpo sobre la pared de gotelé blanco, sintiendo como mi piel reconoce el mapa táctil de su dibujo. Y pienso "La libertad es aliada de la coherencia y de la memoria"

Siento que las paredes se reducen conforme crece mi necesidad de respirar aire limpio y luminoso. Mi ritmo cardiaco se agita levemente como si corriera sin rumbo ni razón. Apoyo las palmas de mis manos sobre la pared rugosa y antiguamente blanca. Quiero no perder el contacto con ella segundos antes de emprender el salto. La indiferencia y el abandono no forman parte del camino. Me da vértigo reconocerme en algún momento en una frase similar. Pues yo he estado en New York una o ninguna vez.












lunes, 29 de agosto de 2011

El aséptico tedio postvacacional

El sonido cavernoso del aire acondicionado quiebra la tensa sensación de silencio que precede a una frase grave y lapidaria. De esas que cambian el rumbo de las cosas y después de las cuales nada en el orden cósmico seguirá siendo  lo mismo. Son aquellas frases que se temen como el paso del cometa, que flotan en el aire enrarecido de los despachos, esperando un silencio lo suficientemente largo y despreocupado para dejar caer su carga de profundidad.

Estas jornadas de final del mundo feliz e ignorante de la etapa vacacional o de comienzo de la travesia desértica por el tedio laboral destilan tension, carga negativa en los iones del aire que contienen los centros laborales y lo que vulgarmente se viene llamando mal rollo. Nada es menos grave de lo que parece y todo se carga de la maliciosa población de miradas que sobrevuelan hombros y pantallas de ordenador. Es como si emprendiéramos una batalla por marcar, de nuevo, el territorio que habitaremos, por obligación, de 8 a 3, de lunes a viernes.

Nuevos miedos y antiguas desconfianzas nos sirven para justificar y disfrazar este malestar vital que le genera a todo ser humano pasar del estado perfecto, de relax y voluntad totalmente controlada que supone el estio, al de rutina y obligación que garantiza nuestro desarrollo personal y nuestra manutención diaria.



Todo sigue igual desde el día en que el primer antecesor de la parienta, creo que carente de género aún, envió a su igual a cazar fuera de la cueva, obligandolo a dejar de lado sus dibujitos de bisontes y sus tocamientos genitales en posición horizontal y adormecida, para abastecer la despensa en previsión de eras glaciares y ataques de dinosaurios desaprensivos, ávidos de matanzas dignas de justificar la pirámide evolutiva. El malhumor congenito, que genera acudir al tedio por obligacion, no ha sufrido cambio evolutivo ni se le espera.

Sonido de coches que vienen y van. Transporte público que conduce a los tediosos al matadero laboral en horario de oficina. Una sierra que parece abrir nuestro estómago para extraer de nuestras viceras todo resto de felicidad, descanso y propia voluntad. Los teclados martillean nuestros, cada vez más diluidos, recuerdos del paisaje, de las veladas sin horario ni fecha en el calendario, del residuo vegetal y azucarado de un mojito en la mejor compañia.

Los granos de aquel arroz con pollo, conejo y garbanzos que nadie pudo terminar, entre sonrisas de barriga llena, corazón contento y previsión de siesta infinita y, en ocasiones, lujuriosa, se clavan en el debilitado recuerdo como espinas de un pasado mejor que añoramos desde horas antes de dejar de ser presente.

La mañana coge, poco a poco, músculo y se despereza lentamente rozando con sus brazos los confines de la bóveda celeste. Algunas llamadas te devuelven a rutinas perdidas y agradables que anidan en nuestra vida laboral. Voces cálidas y sinceras en la alegría del reencuentro. Nuevos proyectos que arrancan movimientos ascendentes de nuestras comisuras. El gusto por disfrutar de lo que haces deja poco espacio, lentamente y sin avisar, a la melancolía.

Ya ha muerto el silencio grave. Coches, teclados y teléfonos dejan escaso margen a la tensión rota por esas frases sin retorno. A trabajar.

domingo, 28 de agosto de 2011

Chanquete ha muerto, Chanquete ha muerto!!!

Corre Pancho, casi sin respiración, un verano más por la playa. Su cara desencajada no anuncia buenas noticias. Chanquete ha muerto, y con él otro verano. Suena de nuevo la lacónica canción del Duo Dinámico. El final del verano llegó y tú partirás...

Siempre pensamos que el tiempo se parará y las cosas no terminaran este año como en los anteriores. Pero lamentablemente esto no ocurrirá, por lo menos este. El anciano marinero fallece, de nuevo, en La Dorada como un rito de extinción de la estación. Los calores excesivos y las rutinas improvisadas en tiempo de vacaciones van abandonandonos, entre lutos y llantos interiores. Una vez más, arrastrada por la marea, vuelve la normalidad.

Tirado en el sofá, en el último domingo de agosto, agoto sus nubladas horas. Mientras tanto, todo el mundo está pendiente de ver como "Irene" arrasa New York. La gente fallece en las carreteras en esta triste romería de retorno a la normalidad, desde el santuario estival de cada cual. Y la lluvia, otra vez la lluvia, cae escribiendo metáforas de despedida.

Ayer, 27 de Agosto, hizo un año que comenzó el camino de este blog. Más de un centenar de posts después, el sabor de estas letras es radicalmente distinto. Mi vida y mi mundo se han transformado de una manera rotunda y perceptibles, desde dentro y desde fuera. Nada tiene que ver con hace trescientos sesenta y cinco días. Ni mi corazón, ni mis referentes, ni mi presente ni mi futuro están alojados y amueblados del mismo modo.


Hace un año las letras fluían, negro sobre blanco, como un grito de libertad, como una necesidad de contar para no morir en aquel intento absurdo de vivir callado. Hoy, digamos, que han sosegado el tono para desnudar el alma. Lo que en un principio era una manera de enfrentarme a todo aquello que me rodeaba y no me gustaba, o detestaba, se ha convertido en una herramienta, casi quirúrgica, para mostrar al mundo, mi particular mundo interior.

Durante estos doce meses, he construido una galería de retratos de las múltiples caras de mis Yos privado y público. Una visión casi caleidoscópica de mí mismo, que me ha ayudado a conocerme mejor y a permitir que los demás, extraños y cercanos, me conozcan realmente. Unos retales han sido livianos y banales, casi como los dobladillos de una falda de moda, tan deseada como olvidada varios meses después. Otros se han desgarrado de mi tejido cardiaco, destilando dolor y pena intensa e infinita. Otros desgranan análisis de mi mundo cercano, con la estructuración de criterios públicos sobre situaciones que acontecen, en lo político, lo social o todo aquello que conllevan las relaciones humanas.

Mientras escribo este post, el mundo sigue pendiente de una ciudad que nunca duerme, aterrada por la amenaza de un huracán. Y yo hago balance del año del huracán, de mi alma de ciudad y de las cosas que me quitan el sueño. Reconstruyo lentamente mi nuevo yo y mi hoja de ruta, a base de cientos de pasos erróneos, decisiones indecisas y deseos claros que me da pánico afrontar.

Las cortinas del mirador se despliegan insolentes en el salón, anunciando, casi por sorpresa un final predecible, aunque cada año nos empeñemos en creer que por un verano ganaran los Moros en Benilloba, se parará el tiempo en Caleao, los higos frescos duraran hasta febrero y Chanquete será el padrino del primer niño de Bea y Javi. La luz se tamiza con la ayuda de las nubes, color gris uniforme de colegio de monjas, como si de un bando de anuncio otoñal se tratase.

El olor a asfalto húmedo se apropia de mi salón. Respiro hondo, como con nostalgia de algo que aun no se ha ido, mientras los visillos continúan su danza. Y tengo la certeza, no sé si por primera vez, que nada será igual a partir de ahora, excepto la muerte de Chanquete, que volverá a nosotros, una y otra vez, como una letanía omnipresente cada final de verano. Descanse en paz, que ahora ya solo queda guerra de aquí en adelante.

lunes, 22 de agosto de 2011

Yo que estaba muy por él

El calor se convierte en una segunda piel, liquida y molesta. El verano se empeña en hacerse cada día más presente. Las tardes acortan su vida, ajenas a los termómetros y al molesto sonido de los pasos que se arrastran de vuelta a casa. Las defensas físicas y anímicas son débiles en momentos como estos. Caldo de cultivo para la nostalgia de otros veranos, otras pieles y otros calores.

Quién no ha tenido un amor de verano? Quién no ha perdido la noche con un montón de besos, abrazos y otras cosas en una playa desierta o en un era del pueblo de los abuelos, alejados lo suficiente de esas constelaciones de bombillas incandescentes y música de segunda regional perpetrada por algo similar a una orquesta que vive en una furgoneta. Pero el verano termina y esos amores de tinto de verano, bermuda, bicicleta y batita fresquita duran lo que duran.

Muchas veces no coinciden los tiempos ni los espacios en este tipo de relaciones. Trayectorias vitales que se cruzan en una verbena de pueblo, en las fiestas de la urbanización de turno o en un descanso vacacional, lejos del hábitat natural. Intereses diferentes el resto del calendario separan irremediablemente las flechas de Cupido y los corazones destinatarios. Y es que duran lo que duran los sudores estivales, que siempre deseamos terminar durante las caléndulas veraniegas y luego, en el duro invierno, no dejamos de añorar.



Aquellas que sobrepasan las puertas del otoño, se esfuerzan en superar las uvas y las campanadas, esa otra cita para las historias efímeras de los sentidos y los sentimientos. Y algunas superaran el siguiente verano, otras uvas y otro verano.

Y pasan los años y se van dejando historias y cadáveres por el camino. Encuentros y desencuentros de caminos imposibles, paralelos o tangentes. Cicatrices que confieren el mapa de nuestra memoria, que duelen los días de lluvia o en esos que te cruzas con alguien de un modo casual y desafortunado, por obra y gracia de nuestros guionistas.

Y en ese preciso momento te empeñas en hacer balance del porqué de las tangencias y las cicatrices. En plantear supuestos improbables de lo que pudo haber sido y no fue. Y se te pasa por la cabeza la peregrina idea de si pudo haber sido, por qué no va a ser ahora. Y despiertas los calores de aquella noche de verano, con la esperanza de borrar arrugas, cicatrices y rutinas actuales en pos de antiguas esperanzas y emociones.

Pero también vuelven los desencuentros, las traiciones, las malas noches sin dormir de tormenta e invierno, exterior e interior. Y le das el valor que tienen a tus arrugas y a tus cicatrices. Y descubres de repente que en ti no queda nada de quien estuvo en aquella playa o en aquella verbena. Solo el recuerdo de aquellas estrellas de luz incandescente que colgaban sobre la plaza. Y no te reconoces en esos anhelos sino en tus rutinas. En tus deseos de torcer la linea de una historia que nosotros mismos hemos escrito y en la que no no sentimos precisamente cómodos.

Y miras por la ventana en una noche sofocante y sin estrellas, viajando por el tiempo como si de una caída al vacío se tratase. Y te ves hecho sudor, risas, besos y nudos de brazos y piernas. Y piensas mientras tu seguro de vida, otoño tras otoño, dormita en el sofá con años de más y pelos de menos, con el mando sobre el muslo. Y yo que estaba muy por él.