martes, 22 de marzo de 2016

Ese olor de las fresias al girar las Monjas


Rojo sangre y morado nazareno

 

Llevo días, quizás semanas, dándole vueltas a cómo afrontar este articulo. No soy periodista ni escritor. No es mi fuerte comunicar, de forma escrita y académica, acontecimientos ni describir precisiones históricas que pasen ha formar parte de los Archivos de la Memoria. No sé cómo plasmar en unas cuantas líneas lo que supone el exorno floral en nuestra Semana Santa, ni su historia de un modo fidedigno. No quiero que este texto sea una crónica de fechas, hechos y estilos.

 

Sigo dándole vueltas a estas hojas en blanco mientras leo y releo distintas informaciones y descripciones sobre lo que supone el adorno floral en otras de las Semanas Santas que se desarrollan a lo largo y ancho de nuestra geografía nacional, incluso hispanoamericana. Hay puntos de encuentro y diferencias irreconciliables entre las distintas formas de entender el exorno. Casi diríamos que se divide el mapa en Norte y Sur. Andalucía versus Castilla. El exceso, incluso el lujo, frente a la austeridad de la Meseta. Pero casi siempre con las estrechas cinchas de la Tradición. 

 

Esta tradición viene marcada por ciertas pautas eclesiásticas en las que aconsejaban, convirtiéndose en costumbre con los años, determinadas gamas cromáticas o tipos de arreglo dependiendo de la escena o imagen que porte el trono o paso. Para los Cristos o cautivos se recomiendan los colores de la Pasión. Rojo sangre y morado nazareno. Claveles, lirios, iris, rosas y stati morado pueblan los tronos de esta clasificación a modo de manto o monte. En algunas ocasiones, por la peculiaridad del trono, se trabajan a modo de cordón o incluso en jarras compactas, de reminiscencias decimonónicas, conocidas popularmente como supositorios.

 

Para las imágenes de la Virgen, por su condición de pureza contemplada en los Dogmas de la Iglesia, se reservan colores claros o el blanco. Flores de la misma variedad o profusión de ellas combinadas por color, en diversas formas y composiciones para reforzar la soledad de María, acompañada en raras ocasiones por otra imagen, como Nuestra Virgen de los Dolores lo es por San Juan de la Palma en este caso.

 

Para los pasos de Misterio y para los de Triunfo, las normas se relajan y marcan los limites en los gustos creativos y formales del agrado de cada zona geográfica. Desde escenas más bucólicas o campestres, como la Oración en el Huerto o el Prendimiento, a más lujosas y de riqueza ornamental, como algunos ejemplos de la Santa Cena. 

 

La existencia de un exorno floral con un fuerte peso visual es más propio de la Semana Santa Andaluza, guardando diferencias marcadas entre las provincias occidentales y orientales, y de la Levantina, siendo sus máximos exponentes los de Murcia, Cartagena o distintas poblaciones de nuestra provincia. En Castilla, su ausencia es casi una nota característica en sus  tronos, en los que la soledad desnuda de las tallas, de gran valor artístico en muchos casos, se convierte en un hecho diferenciador respecto a otras manifestaciones del resto de España.

 

Dentro de los estilos de cada Semana Santa, cada una de las hermandades o cofradías actúa de una manera diferente. Algunas son partidarias de conservar el mismo diseño del exorno de los tronos como parte de la tradición y de la impronta de las mismas. Otras conservan la observancia sólo en cuanto al color y al tipo de flor, marcando diferencias en su colocación en los distintos años. En otros casos, cada año se le da libertad creativa al responsable del diseño para desarrollar la composición y elegir las flores que la conformaran. Todo ello respetando esa norma no escrita que atribuye colores y variedades de flores a cada una de las tipologías de tronos.

 

Cierto es, que en una Semana Santa como la nuestra, la profusión de hermandades en las últimas décadas y nuestra propia idiosincrasia abre el abanico de las propuestas creativas en cuanto al exorno floral se refiere. Frente a tronos y hermandades de largo recorrido histórico y gran valor artístico, que conservan composiciones más clásicas o quizás, más dentro de la ortodoxia formal y cromática, encontramos tallas más modernas y hermandades más jóvenes que apuestan por el riesgo en el diseño y composición de su exorno como seña identificativa de su diferencia. Tronos como Stabat Mater o como el Cristo de la Juventud han apostado por este último camino, en algunos ocasiones con desigual fortuna, a mi modesto opinar.

 

Una excepción digna de mención en nuestro patrimonio de imágenes es la de la Virgen de la Alegría. Aparte del exorno floral del trono, en su frontal y laterales de la imagen, cuenta con un manto confeccionado, anualmente, con flores frescas y otros complementos decorativos (musgo, frutas, hojas, encajes...). Dicha imagen, que sale en procesión el domingo de Resurrección, se diferencia del resto de las imágenes de la Virgen que realizan el recorrido por las calles alicantinas cada primavera, en su carácter alegre y de celebración. Esta condición permite mayor libertad creativa y profusión de colores a la hora de diseñar tanto el exorno como el manto de la Virgen.

 

Claro está que todas estas modas o normas en la configuración del exorno floral de los pasos ha variado durante el paso de los tiempos, viéndose influenciada por la situación de mayor o menor apertura eclesiástica y política y por los gustos estéticos de la época.

Por ejemplo, durante algunos años del siglo XIX, en algunas poblaciones del Levante, estuvieron de moda las guirnaldas y composiciones de flores de tela realizadas por monjas de clausura.

 

Después de varias jornadas buceando por todo este tipo de datos, que sin duda, ayudan a comprender las peculiaridades de los exornos florales y sus variantes, cierro libros y carpetas. Me siento frente al papel con la idea clara de una vez. Busco darle un enfoque distinto, aquel que no se puede obtener de los libros de consulta ni de las enciclopedias, si no de la experiencia personal, que suele ser única y, prácticamente, intransferible.

 

Tengo que reconocer que lo que me interesa plasmar son dos puntos de vista distintos y prácticamente enfrentados respecto a la ornamentación floral de los tronos de nuestra Semana Santa. El del espectador y el del artesano que los ejecuta. Puntos de vista que confluyen en mis ojos y mis manos y que generan una cantidad de sensaciones y emociones que tratare de ir desgranando a través de mis palabras.

 

La penumbra quebrada de San Nicolás

 

Uno de mis primeros recuerdos respecto a la elaboración de un exorno se remonta a mi infancia. Un Jueves Santo de los 70 por la mañana, de la mano de mi madre. Ella fue mi instructora, mi iniciadora en el mundo de la Semana Santa Alicantina. Me llevaba a visitar los tronos en sus iglesias la mañana antes de salir. Me enseñaba los recorridos de los mismos cuando aún no existía la Carrera Oficial. Descubríamos juntos los puntos exactos donde mirar su paso por nuestras calles se convertía en una imagen única y con una carga visual que se iba grabando para siempre en mi cabeza y, en ocasiones, en el corazón. A veces hacíamos un receso de churros con chocolate frente a la Puerta Negra. El Cristo de la Buena Muerte, en la calle Labradores, cuando aún se apagaban las luces. El giro de la Virgen de los Dolores y San Juan de la Palma en la calle Villavieja con Lonja de Caballeros. El Descendimiento en su salida de la ermita de Santa Cruz... Así podría enumerar centenares de ellos, aprendidos noche a noche, año a año y a los cuales suelo acudir siempre que puedo.

 

Pero vuelvo a aquel Jueves Santo de los 70. Yo era pequeño pero ya no tanto. Me encantaba acompañar a mi madre a ver los pasos descansando o preparándose en sus iglesias por la mañana. En aquella época, eran pocos los desfiles procesionales que se realizaban antes del Miércoles Santo. Eran pocas las procesiones en general. Todo tenía, para un niño como yo, el encanto de lo misterioso, de lo oculto. Siempre sentí cierta fascinación por ese punto tenebroso que destilan los capuchinos con sus hachones en silencio por el Casco Antiguo.

 

Al entrar en la Concatedral, nos inundó, a la par, el silencio y la oscuridad densa de la piedra antigua y desnuda. Por entonces, para un niño como yo, era un recinto algo lúgubre y que generaba cierto temor. Sus paredes grises, sus altas bóvedas, ese silencio que se resquebrajaba con nuestros pasos sobre las frías piedras... 

 

En medio del crucero, bajo el baño providencial de unos rayos de sol que colaban, oblicuos, por la linterna de la cúpula principal, se encontraba nuestro destino. La Virgen de las Angustias.

 

Pequeña, barroca, de exquisita policromía y gesto amargo. Sus ojos y su rostro eran destino de aquellos escasos hilos de luz que desafiaban las sombras reinantes. Sobre sus andas esperaba, con la imagen de Cristo que yace sobre sus rodillas, la hora de desfilar. En un lateral del crucero, bajo la densa penumbra, el Cristo de la Buena Muerte. Sobrio, oscurecido por el humo de los cientos, miles, de velas que a lo largo de su historia han encendido ante él sus penitentes, erguido sobre la calavera y sus cardos morados y solitarios, también esperaba la hora. Siempre me ha sobrecogido esta imagen, siempre lo ha hecho esta procesión.

 

Mis ojos retornaron a los de la obra de Salzillo. Hay algo en ella que me fascina. Sobre sus varales se movía, diestro y silencioso, un hombre de mediana edad. Solamente rompía el silencio el crujir de la madera, sus pequeñas tenacillas y un spray del que se ayudaba en ocasiones. Ante la atenta mirada de todos los presentes, en escrupuloso silencio, manipulaba decenas de rosas blancas con las que componía una especie de monte, a modo de nube, entorno a la diminuta imagen.

 

No sé si por mi imaginación infantil, por las jugarretas de mi memoria o porque era cierto, recuerdo que cada una de ellas estaba confeccionada por finas laminas de algodón por aquel hombre silencioso, que las manipulaba dándoles forma y apresto con ayuda del spray. Seguidamente las colocaba, una a una, guardando patrones de composición y volumen de una perfección exquisita

 

Lo tengo grabado en mi memoria como si lo estuviera viendo hoy. Yo era un niño, de la mano de mi madre, y aquellas rosas eran de algodón.

 

Desde aquel día tengo constancia de mi interés por los arreglos florales de los tronos como espectador. Desde entonces fui descubriendo los encantos y misterios de los mismos. Las tradiciones de algunas hermandades, más alejadas del gusto por lo estético y más cercanas al fervor popular, no por ello manos interesantes. Como he disfrutado de las mañanas soleadas de Miércoles Santo, en el mirador de su ermita y con la ciudad a sus pies, viendo pinchar, uno a uno con su palillo, los claveles que tapizan los tronos de Santa Cruz. Como me costaba cerrar la boca cuando me describía la composición y el uso posterior de los adornos y manjares de la Última Cena de los Salesianos. Como me fascinaba la perfección formal y el misterio de lo casi imposible en aquellas copas de calas de Don Tomás Varcarcel para San Juan de la Palma. 

 

Así, una a una, fui eligiendo mis favoritas, como todos las tenemos. Desde pequeño siempre me cautivaron en especial cuatro de todas las procesiones. El Cristo del Mar y La Virgen de los Dolores, mi favorita y la de mi madre. Creo haberla visto en todos los rincones de su recorrido. En la orilla izquierda y en la derecha, de frente y perdiéndose entre las callejuelas del Barrio. Santa Cruz y ese desafío que ejerce la fe de un barrio a todo lo establecido, desde la Física a lo políticamente correcto. La Verónica y la Oración en el Huerto. Espectáculo matinal, histórico y colorista por las calles de nuestra ciudad. Imágenes bellas en composiciones que permiten la libertad creativa de quien diseña los exornos. Tronos de misterio y una imagen de una santa mujer, que no virgen.

Y por último, la sobriedad ágil y cruda de la procesión del Silencio. Mar de penitentes silenciosos que fluyen tras el crujir de los varales y las tenebrosas trompetas.

 

Cada una de ellas, resume un estilo distinto de exorno floral. El Cristo del Mar y la Virgen de los Dolores, la espectacularidad contenida y elegante, que destila ese olor de las fresias, al girar el Convento de las Monjas, que nos recuerda a Andalucía. Santa Cruz o el sabor de lo popular, de nuestra propia esencia que impregna las paredes del Barrio de clavel, tanto a la bajada como a su apresurada subida para volver a casa. El color, el olor a campo, el milagro de la alegría bajo los rayos del sol de primavera, se descuelga de las andas de la Oración en el Huerto, de la Samaritana o de las manos de los querubines que iluminan a la Santa Mujer Verónica. Tradición levantina en estado puro. La austeridad absoluta, la ausencia de todo que lo no demuestre dolor y esa caricia analgésica de las rosas de algodón de mi memoria, en la Procesión del Silencio. Sabor a la austera Castilla 

 

Con los años he ido mostrando interés por otras procesiones que cuidan especialmente su adorno floral. El miércoles santo es un placer ver el vaivén controlado de los fanales y las flores de la Marinera al volver a su convento de las Monjas. La austeridad bien interpretada y de técnica impoluta de la Humildad y La Paciencia. Los sorprendentes y impecables trabajos que desarrolla David Carbonell y su equipo en el Cristo de la Juventud, la Santa Cena o los tronos de Agustinos. Los preciosistas trabajos ejecutados durante años por Pedro Sellés han dejado imágenes en la memoria gráfica de nuestra Semana Santa, revolucionando el concepto de exorno como mero acompañamiento en nuestros trono y elevándolo a un nivel de protagonismo insuperable. Suyos son trabajos indiscutibles en el Cristo del Mar, La Oración en el Huerto, La Verónica o el peculiar grupo escultórico de Stabat Mater, obra de Remigio Soler. Las aportaciones de estos artistas le han dado una personalidad propia e inimitable a la presencia de las flores en nuestros desfiles procesionales.

 

No puedo evitar, cada vez que me fijo en una de estas fantásticas composiciones de las que podemos disfrutar en nuestras calles entre el Viernes de Dolores y Domingo de Resurrección, acordarme de la penumbra quebrada de San Nicolás y aquellas manos, silenciosas y diestras, que creaban rosas blancas para aliviar la angustia de aquellos ojos bañados por un sol que, furtivo, los iluminaba.




 

Esa conversación íntima entre ellos y yo.

 

Totalmente diferente es esa sensación cuando entro, ahora, en la penumbra de la capilla, o en la nave del Puerto donde se encuentran almacenados algunos tronos, antes de montar sus exornos florales. Desde hace años llevo haciéndolo para varias hermandades. Algunas de forma continuada, otras de forma puntual. Todas ellas en marcos singulares.

 

La Hermandad del Prendimiento y de la Virgen del Consuelo, en los Jardines del MARQ. ¿Algo más peculiar que adornar de flores los tronos en un jardín? La Virgen de los Dolores y San Juan de la Palma en Santa María, así como el Cristo del Mar, que lo repasamos después de montarlo, días antes, al borde del mar entre veleros, para su Vía Crucis del Viernes de Dolores. La Verónica, La Oración en el huerto, La Samaritana y el cristo de las Penas en los Talleres Generales del Puerto. Espacio peculiar para tematizar la historia bíblica. Y durante algunos años, el manto de la Virgen de la Alegría. A veces en el Ayuntamiento, a veces en Santa María, tejiendo claveles y musgo, bordando aromas sobre su trono.

 

Esa parte, la profesional, la creativa, de mi relación con los tronos es totalmente diferente a la que siento como espectador. Aquí, cuando entro en esa penumbra, cuando todos se van y nos quedamos los tronos y nosotros, todo es diferente, todo es totalmente intimo.

 

Digo nosotros porque, por supuesto, esto no lo hago yo solo. Sería incapaz de tejer estos tapices florales sin las manos, increíblemente diestras, de mi inseparable Adriana. Ella es capaz de crear belleza sin tener la conciencia plena del hecho mismo. Es una virtud innata en ella. Sus manos, de generoso virtuosismo, confeccionan recogimiento a través de las fresias blancas, cuando, minuciosa, reproduce los 8 bouquets del frontal del palio de San Juan de la Palma.

 

Y tras sus manos prodigiosas, las de mucha gente que nos ha ayudado a hacer vagas con las hojas de aspidistra, a pinchar claveles para hacer brotar la sangre de los tronos o bordar los mantos de la Virgen. Amigos, familia, algunos que ya no estarán. Especialmente, echo de menos las manos de las que entraba, de pequeño en la penumbra de San Nicolás. Manos que pincharon tantos claveles que un día olvidaron que eran manos y se creyeron las palomas del Manto de la Virgen de los Dolores, para volar en una levantá a la voz del capataz. ¡¡Costaleros, todos a una, al Cielo con ella!!

 

Cierto es, que en ese momento en el que todos se van, cuando nos quedamos los tronos y nosotros, se desarrolla una relación muy especial, íntima. Incluso, creo que en ocasiones, relajan su gesto y se pierden en nuestra tarea, disfrutando del aroma y la belleza de cada una de las flores. No somos extraños para ellos, ni ellos para nosotros. 

 

A lo largo de los años hemos desarrollado una relación diferente con cada uno. Siempre cordial y de respeto. Nos movemos entre las imágenes sin dañarlas ni molestarlas, pero teniendo en cuenta casi su opinión. Cada una se siente más cómoda, incluso más bella, con un tipo de arreglo o de flor. Los años y la experiencia, te enseñan a sentirlos tuyos y saber que la Samaritana no necesita rosas ni gladiolos. Que el Cristo del Mar sangra clavel rojo a borbotones. Y que la Verónica ilumina su rostro con los tonos rosáceos, malvas y verde limón.

 

Con todos mantienes ese dialogo personal y solitario mientras desarrollas el exorno. Con unos al sol del jardín del MARQ, con otros en la penumbra polvorienta y marinera del Puerto. Pero para mí, hay dos tronos especiales. Con los que disfruto de una manera diferente. A los que les guardo un respeto silente. Cuando estoy con ellos, incluso hablo más bajo con mis ayudantes, para no molestarlos.

 

En primer lugar, el Cristo del Mar. Que tiene una manera peculiar de confeccionarse. Casi siempre se realiza gran parte del exorno sin la presencia del Crucificado sobre las andas. Lo cual complica la visión total del conjunto y la estructuración de volúmenes.

 

Dentro del clasicismo que requiere la imagen, no deja de ser un cristo salido del mar. Te permite desarrollar una metáfora visual con referencias marinas sin perder los colores litúrgicos atribuidos a este tipo de tronos. Investigar en restos de naufragios, en animales marinos y la clásica red que acompaña la imagen siempre es un reto, año tras año, para sorprender cuando atraviesa la Puerta de Santa María cada Martes Santo.

 

Con él, mi relación es personal. Desde hace años, en una capilla lateral de la iglesia o en el muelle, frente a los veleros. Solos, él y yo.

 

Y en segundo lugar, mi trono. El favorito desde pequeño. Aquel que he visto girar en cada esquina y he sentido volar al cielo en cada levantá. La Virgen de los Dolores y San Juan de la Palma. Aquel en el que me pierdo a solas en la penumbra entre los reflejos de su orfebrería de plata, buscando la cara de la Virgen. Aquel donde durante unas horas, solos con ellos, creamos la magia de la sencillez y los olores. La discreta elegancia de los matices de blanco y verde que juegan con la plata de las candelerías, de los respiraderos. Donde el terciopelo antiguo, de rico bordado, crece con la belleza sencilla del clavel amontonado en sus jarras.

 

Cuando te encuentras trabajando en él, a una altura que casi nadie puede verlo después, te encuentras en una conversación de tú a tú con sus imágenes, sus aderezos sus palomas bordadas que revolotean a tu alrededor mientras, paciente, ensartas una a una las flores de este exorno. Conversas en silencio con sus miradas, las de San Juan y la de la Virgen. Intentas contar su historia y la tuya a través de esos millares de flores que buscan sumar belleza a algo bello por sí solo. Siempre sin intentar anularlo, sin querer sobresalir. Un discreto segundo plano, pero siempre presente. Aroma, forma, color son fundamentales en la búsqueda, inacabada siempre, de la perfección que este trono se merece.

 

Y cuando lo ves salir sobre las rodillas de sus costaleros y recibir los tardíos rayos de sol, se estremece el alma. Y al volar en la primera levantá, salta la sonrisa al rostro y vuelve el niño que se embriagaba con el aroma de las fresias al girar las Monjas, cada primavera.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 2 de marzo de 2016

El amor está en el aire

( Publicado en Te conozco Bacalao, el día 2 de marzo de 2016 )

Tras la calima del desierto, Madrid recupera ese sol de invierno por el que siempre apetece pasear con las manos metidas en el abrigo. Bueno, todo lo que se puede pasear durante los "mandaos" de la rutina laboral. Y es que el día hoy se despierta en esta ciudad que nunca duerme distinto. 

Después de unos meses complicados, me rodean las buenas noticias y me gusta vivir en este estado idílico, lejano a la cruda realidad. Por lo menos por un ratito. El aire parece diferente, destila ese encanto de la música disco de los 70. Love is in the air

Mira que yo he estado llamado por muchos caminos en esta vida, pero por el del amor, vamos he de reconocer, rozando los 50, que va a ser que no. Te puedo arreglar una mesa para una cena, diseñar la imagen de tu negocio, organizar el evento de tu vida, etc.., pero lo del amor, como que no. No se me da, y mira que lo he intentado, pero no se me da. 

Y declaro ser el mayor de los daños colaterales de todas mis incursiones en los campos de batalla del corazón. Soy un incapaz para gestionar sentimientos y relaciones. Siempre he errado el tiro y el punto de mira. No he estado nunca donde había que estar y me he empeñado en quedarme donde no debía.



Pero hoy no sé si me equivoco, pero hoy noto que el amor me envuelve al cruzar firme, con las manos en los bolsillos de mi abrigo, la soleada mañana de Madrid.

Hay muchas clases de amor, filial, fraternal, marital de quinceañeros empavados, amistad verdadera.... Muchos, todos aquellos que hacen mejor este mundo, y mejores a las personas. Y hoy he notado la magia que se siente cuando atraviesas el aire preñado de amor.

Un buen amigo me ha llamado para decirme que se casaba, en segunda vuelta, con la mujer de su vida. Mi móvil destila amor mientras desgrana los detalles de la historia, mientras yo me detengo en seco en el espacio urbano, febril, que separa equidistante el Circo Price y Mercadona. Yo he parado mi mundo, en un mundo que no para, para descubrir la envidia sana en el relato. 

Pero como todas las grandes historias, esta tenía un giro final impredecible y grandioso. "Medel te tengo que pedir un favor. Quiero que me cases tú. Que célebres tú la ceremonia de nuestro matrimonio"

Nunca nadie me pidió nada más bello, ni inconsciente, en la vida. Yo, el derrotado en las guerras del amor, elegido para celebrar el de otros. Me parece la paradoja más maravillosa de las que me he encontrado en mi vida. Y por una vez me siento profundamente feliz de ser el protagonista de la fiesta de los sentimientos, aunque sea de actor secundario. 

Por supuesto he dicho sí. Un sí irreflexivo e inmediato. Un sí que sabe a salto al vacío, sin red pero sin miedo. Por qué no da miedo volar en esta historia, mientras aprieto los puños en los bolsillos de mi abrigo, porque sé, que en esta ocasión, el amor está en el aire.

lunes, 22 de febrero de 2016

La desidia de odiar

Me declaro vago de odiar. Y no por ausencia de motivos, si no por economía de medios.

El odio es de un consumo de energía y tiempo tal, casi tan inmenso e intenso como el del amor verdadero, que se convierte en anti ecológico, inhumano y contrario a toda ética y estética propia de una persona civilizada, lo cual me considero.

Posiblemente no seré la persona más culta del mundo, tampoco lerdo y no instruido. Ni la persona más educada, incluso a veces me parece un jeroglífico egipcio descubrir la utilidad de todos los cubiertos y la cristalería de una mesa. Puede que no sea de una familia bien de toda la vida, pero no me avergüenzo de mis orígenes, ni los disfrazo para parecer de mayor porte ni enarbolo la bandera de apellidos compuestos que me instalen en un absurdo escalafón social. Creo que sencillamente soy como soy, lo cual tampoco me hace ni mejor ni peor persona. Sencillamente me hace Yo.

El odio es una tarea de una dedicación tal, que yo creo que incluso requiere de una formación previa. Es el escalafón superior al desprecio, o a la superioridad auto convencida sobre tus iguales. A estos estados anímicos se llega tras un arduo trabajo de aprendizaje en el lado oscuro de la vida. O por una ausencia total de formación humanística y de respeto por el igual. 

Muchas veces se abandera la enseña del odio para reivindicar unos malentendidos derechos que algunos se empeñan en autoadjudicarse. Por ejemplo la propiedad de la Tierra, para aquellos que se creen dueños de ella y sus recursos, y por esta creencia matan, invaden, ultrajan, masacran semejantes, les recomendaría que se leyeran la carta del indio Seattle a los gobernantes americanos


Se puede comprar o vender el firmamento, ni aun el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida.
Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas, ¿Como podran ustedes comprarlos? 
Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocio en los bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto, es sagrada a la memoria y el pasado de mi pueblo. 

Quién es dueño de que y de quien?

Por qué nos empeñamos en negar el pan y la sal a nuestros semejantes? Por miedo a perder nuestro colchón de bienestar y nuestro confort? Por qué somos capaces de exaltarnos por unos títeres y no por las masacres de refugiados? Por qué nos molesta el Madrenuestro de Colau y no las muertes de mujeres como sangría constante e imparable de nuestra sociedad? Por qué despierta nuestro odio el sueldo de los diputados y no que nuestras compañeras de trabajo cobren menos que los hombres?
Por qué despreciamos al igual por no pertenecer a nuestro entorno social y le lamemos el culo a quien nos ningunea en el nuestro, por mantenernos cerca de su aureola de fama, poder o estatus?


El odio, y muchas veces el miedo, nos hace focalizar mal sobre lo verdaderamente importante. El odio agota nuestras energías para poder crecer en positivo. El odio nunca suma, siempre resta, energías, avances, conquistas para todos. Porque aunque muchos enanos mentales se empeñen en negarlo todos debemos, y lo somos, iguales. Hombres, mujeres, pobres y ricos, moros y cristianos, monarquicos y republicanos, rojos y fachas. Todos hijos de una madre. Todos indefensos ante la vida. Todo desnudos ante el amor. 

La tolerancia es el único camino, es la única senda hacia la igualdad. La única medicina frente al odio.

Cierto es que cada día que me siento odiado, me dan más ganas de querer a la gente. De trabajar por intentar hacer un espacio vital más justo y respirable. De poner una risa en cada bofetada. Levantar más la vista cuando se empeñan en que la claves en el suelo. 

Y es que cada día me cuesta más odiar, y no por falta de motivos. Me sale más a cuenta obviar.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Un alicantino en la Corte del Rey Felipe

Las aguas se tornan calmas siempre después de la tormenta. Y es que hay pocas tormentas peores que la de una mudanza, más si es postergada, postergada y postergada. Es un verdadero placer restituir tu espacio personal después del caos. Reconstruir tu santuario, tu refugio frente a los avatares de la climatología y los malos tiempos.

La luz entra sesgada pero rotunda por este patio interior con pretensiones de sur. Baña la madera clara y los objetos con la premura del amante primerizo. Da volumen al gran collage de pequeños tesoros que contemplo en la pared que se encuentra opuesta a mi cama. La mejor visión para un despertar tranquilo. Y es que no hay tranquilidad mayor que la que da el espacio propio, a salvo de las inclemencias del clima y de la vida.

Esta ciudad que padece insomnio precisa de escondites para descansar, huir en corta instancia, o cobijarse de su tsunami vital. Y este es el mío. Y cada despertar lo valoro más, cuando la luz profana mi colcha. Me siento cómodo y seguro entre mis sabanas, desnudo de disfraces y artificios, necesarios para lidiar los envites de esta Corte de los Milagros.

Madrid fascina a partes iguales que avasalla. 

Es fácil sentirse en casa en una ciudad donde todo el mundo está de paso. Todos somos madrileños en una ciudad donde nadie es de Madrid. Esta situación de interinidad te hace aferrarte a los compañeros de camino, a los árboles del Retiro, a los cuadros del Prado, a las risas de Malasaña...

Es fácil sentirte cómodo en tierra hostil, puesto que eres un guerrero más de esta batalla. Todos sobrevivimos en el Paraíso, al que llegamos de nuestros infiernos o purgatorios anteriores. Todo sabe mejor cuando nada tienes y todo el universo de esta ciudad se te ofrece como un gran buffet, donde cada uno coge lo que le apetece. El exceso no es bueno, pues la saturación de estímulos no mejora el entendimiento. El defecto es una decisión personal, no sé si la más acertada ante el abanico de oportunidades que ofrece cada día esta bacanal de los sentidos.

Cada cual tiene su background y sus motivos para arribar a este puerto sin mar. Unos huyen, otros buscan encontrar la tierra prometida, otros el Bellocino de Oro. Todos buscan pescar ilusiones en un mar revuelto y preñado de ellas.



Tras cerca de tres años desde que desembarque con una maleta, premura y los sentidos abiertos a esta fuente de estímulos e inspiración, mientras la luz baña el silencio de mi paz personal, el balance es razonablemente positivo. 

Me he descubierto a mí mismo, tras perder la cobertura que te dan los amigos de toda la vida, la familia y el hogar materno. He sufrido con mis debilidades y reforzado y mis fortalezas. He conocido gentes estupendas por dentro y otras absurdas por fuera. Me he enfrentado a las dificultades de la mejor manera que he sabido o he podido, lo cual me ha proporcionado armas nuevas y agilidad de cintura para poder esquivar las miserias de la vida cotidiana, que algunos convierten en palabras huecas y abrazos falsos e interesados. Me hecho fuerte con los golpes que he recibido en las rodillas en este sendero zigzagueante y asombroso, plagado por igual de maravillas y mamarrachos, ambos cortesanos y de exquisita factura.

Pero sin duda hoy, en pleno huracán exterior, me siento más en paz conmigo mismo que nunca. Me siento fuerte. Más orgulloso de mis orígenes mediterráneos, más cerca de mi madre que nunca y más fuerte y coherente en mis dichos y mis actos. Esta etapa me ha enseñado a distinguir los cantos de sirenas de la prosa cierta. Y me he descubierto, de nuevo, con ganas de leer la Vida.

jueves, 21 de mayo de 2015

La botella vacía de Coca-Cola

Después de un año de descanso, esta mañana de fresca primavera re descubro mi necesidad de contar cosas sobre el blanco brillante y vacío de mi IPad. No sé bien si por que no me caben dentro o por egoísta terapia personal, pero lo necesito. 

Verbalizar los torrentes que fluyen por nuestra alma los encausa y los remansa, incluso te permite observarlos desde la orilla con cierta distancia y sosiego. Nunca esta mal dar tres pasos hacia atrás y contemplar el cuadro entero y no solo obsesionarte con el ritmo de una pincelada, o con la intensidad de un gesto, de la cadencia de un árbol, ajeno al resto del bosque.

Sobre el negro circular y azabache de una de las mesas de Ganz, mientras flota Najwa en el ambiente, observó una botella vacía de Coca-Cola. Me pierdo en sus brillos curvos y vítreos. Me escondo en sus formas para entender que es lo que me atrae de este objeto cotidiano, casi histórico. Y sin querer, descubro que es una de las primeras cosas con las que me relaciono todos los días, cada mañana.

Hay gente que no es nadie sin el primer café de la mañana, incluso algunos sin su primer cigarro. Yo reconozco que mucho días no me reconozco hasta que mi mano no acerca a mis labios este sinuoso icono de unos nuevos tiempos que ya comienzan a ser viejos. El liquido que contiene es, aunque suene ridiculo y banal, mi liquido elemento. Me conecta con la vida y me pone a funcionar. El gas reactiva mis funciones vitales cuando consquillea en mis fosas nasales tras ese primer trago intenso, refrescante, que inyecta vida.

Como todo en esta vida, tiene sus pros y sus contras. No tiene las virtudes del aceite de oliva, ni de la leche de soja, pero no me imagino empezar el día con un trago intenso de ninguna de las dos sin provocarme una terrible arcada. Cada uno tenemos nuestras filias y nuestras fobias, nuestro liquido elemento, una canción o una voz que te pone los pelos de punta, una barrera infranqueable por el Todo vale. Todos tenemos nuestro ritual propio de vida, nuestra escala de valores, nuestras conductas de las cuales somos responsables y modelan nuestra persona y nuestra personalidad, como si de la botella de Coca-Cola se tratase.

Me siento cómodo observándola. Me siento yo reconociéndome en esta mesa, en esta vida, frente a este envase vacío que me acompaña cada mañana, al comenzar mi día a día. Me siento vivo cuando me indignan las injusticias y me molestan los discursos chusqueros de quien quiere alcanzar el poder, desenterrando muertos propios y extraños para intentar sepultar al adversario, ante la imposibilidad de derrotarlo a través de las ideas y los proyectos tangibles. No me gusta ser indiferente a la gente que excluye al igual por posición, cuna o posesión. Me gusta sonreír bajo los castaños de El Retiro mis días libres. Me gusta dormirme inconscientemente con mi lista de asuntos pendientes lo más vacía posible. Como la botella vacía de Coca-Cola  


domingo, 11 de mayo de 2014

Junio sabe a casa

El sabor de los recuerdos siempre es más intenso y duradero que el del propio paladar. Y la distancia contribuye a amplificar esta intensidad. Me atrevo a sentenciar este alegato en favor de los sabores del pasado desde una mesita redonda de fornica negra, que flota sobre el desgastado damero negro del restaurante donde trabajo. Desde Madrid, todo sabe diferente. Para bien y para mal.

Para mí, Mayo sabe a nísperos primerizos y longaniza de Pascua tardía. Huele a madera recién cortada en los talleres de fogueres, y a cartón húmedo. A salitre y primeras toallas al sol. A llibret recién impreso. Huele a almidón caliente de los cancanes y a calle recién regada.

Abril a rollizos de anís y Mistela, a caña y Romero. A magro con tomate y tortilla de cebolla en fiambrera. Huele a romería, y a incienso de estación de penitencia. A canela y torrija. A clavel que revienta contra las paredes de la calle San Rafael en Santa Cruz. A alhelí y rosas blancas en los jardines del MARQ

 ¿Y a qué sabe junio?

Me lanzo en bomba a mi memoria para intentar recordar con los ojos cerrados los sabores de infancia y juventud. Descubro que sabe a verano y sandia fresca. A brevas sensuales y jugosas, en un mesa de madera de cualquier calle de fiesta, iluminada con diminutas bombillas de colores que dibujan la noche negra e insomne. Sabe a anís y tonyina. Al horno de la señora Eufemia, o al de Ripoll. Huele a pólvora intensa que se cuela por los balcones al compás de la Campanera o Amparito Roca. Sabe a zurra, o cerveza helada envuelta en risas, en infinidad de mostradores portátiles que invaden las calles, en esos días, como sí desafiarán a lo establecido para intentar hacernos más felices por unas horas.

Y es que desde la distancia, los sabores de las Hogueras se amplifica en mi memoria. Los de la infancia, los de la Vida. Mi paladar recuerda casi con tanto detalle como mi memoria el sabor a arroz de magro y verduras, o el de alioli reposado en ese mortero amarillo verano de explosiones verdes. Mi memoria sabe a fiesta y cocina casera, a repostería de siempre y aperitivos eternos. A gazpachos y cebollitas en vinagre, a coca de mollitas del horno de la Esperanza y a tazón de Cola Cao, o café con leche reparador en Pepito.

Las tardes saben a horchata y Coyote en Benita. A limón con café licor y gafas de sol. A fartons y rollos morenos. A chistes de siempre y marchas moras. A pasacalles y alpargata. 

Se entremezclan en mi memoria de ojos cerrados, sabores, olores y rostros, que ya nunca volverán. Veo a Angelito prendiendo tracas y al Emocionat con su tabalet. A mi madre en su balcón de la calle Barcelona viendo la banda pasar, al tiempo que repasa sus geranios milenarios. A Rosa la Sellera, y a Serafín en su farmacia, tras esas gafas de pasta que sólo han podido defender con dignidad él e Ives Saint Laurent. A Anita presidiendo en la sombra desde su ventana. A Pepe el pescadero, soñando, al ver la música devorar las mañanas, en ser capitán moro de Mutxamel.

Y es que, evidentemente, tras los aromas de primavera y castaño del Retiro que me envuelven estos días, mi memoria, cuando vuela a otros junios, sabe a Fiesta. Mi paladar imagina exceso, desorden y generosa cadencia, de sabores intensos, honestos, reales, sin artificio y ni grandes nombres. Mi paladar anhela casa, anticipa noches de amistad y bombillas de colores, mañanas de mascletá y almorsaret..... De tomate trinchado y olivas con eternos conocidos, a los que la fiesta iguala, y no necesitan blandir herencias ni curriculums.

Sé, que da igual donde me encuentre, lejos o cerca, para mi Junio siempre sabrá a mi tierra.

sábado, 12 de abril de 2014

Marizzia me arropa este sábado azul

Los recodos de la voz portuguesa y agridulce de Marizzia se cuelan por cada poro de mi piel para entrelazarse, tejiendo una sábana de lino blanco y limpio para un alma arañada y dolida, en esta mañana luminosa y rara de primavera.

Mi respiración es pausada pero pesada, como si me molestase seguir haciendo esta rutina inconsciente y necesaria. Mi sangre corre pausada pero pesada, como si no quisiera llevar oxígeno en dúo constante ir y venir. Mi expresión es pausada pero pesada. Como sí me fastidiase que las comisuras de mis labios pretendieran escalar peldaños.

Y es que hay días que la vida no luce de cara, que el alma no tiene el coño para farolillos. Hay momentos, por cortos que sean, que quiebran cosas que el tiempo y el pretendido olvido tienen complicado soldar, incluso pretender reparar con una absurda chapuza provisional.

La herida de la decepción nunca es sólo herida. Casi siempre, también es un poquito muerte. Muerte de ilusiones, de ideales, de realidades. Esta la puede ir borrando la marea del tiempo, con el vaivén de las olas, pero siempre queda en la arena la huella, como los restos caprichosos de ese castillo de arena, palacio imprescindible de nuestros juegos, que abandonamos con la playa y el sol, y que engulle inalterable el mar, peto sin poder borrarlo del todo.

En estos momentos necesitas poner en la balanza esa necesidad de beberte la vida de golpe, de creer en todo a pies juntillas, de darlo todo sin esperar nada. Porque simplemente crees que es lo que hay que hacer, o por que piensas que debes hacer por los demás lo que te gustaría que ellos hicieran por ti. 

En estos días, te gana la partida el escepticismo, la ausencia de aprecios y la gélida frialdad, como coraza que evite heridas del alma. Esas que dejan tatuadas cicatrices que no borra el olvido, aunque este se convierta en una obstinada tarea.

Los fados destilan esa tristeza azul que me envuelve desde hace días, y de la que me resulta difícil deshacerme o desnudarme. De la que resulta imposible tenderla al sol, y guardarla, plegada y aireada en un cajón, hasta que se escapé, de nuevo, para enredarse entre mis extremidades, alguna mañana impredecible en la que la vida te vuelve a derribar de sorpresa y sin previo aviso.

Nadie ha dicho que la vida sea fácil,ni que juegue sólo en nuestro equipo. De hecho, ella solamente tiene lealtad a sus propios colores, que nunca alcanzamos a adivinar, que nunca alcanzamos a compartir. Ella siempre tiene un requiebro para ponernos a prueba, o para reírse simplemente de nosotros. 

Ella es como el mar, como decía Serrat, se va soñando en volver, jugando caprichosa con sus vaivenes sobre las heridas y regalos que genera con su paso sobre nuestra existencia. Esta, nuestra vida, a veces es concéntrica con otras, o intersecciona, o incluso, con muchas, simplemente tangencial. Y esto la dota del ese regalo, que en infinidad de ocasiones se torna peligro, que son las relaciones humanas.

Es cierto que la Vida con sus vaivenes, con sus cicatrices y sus heridas que nunca alcanza a borrar, nos hace cada día un poco menos crédulos, un poco menos vivos, un poco más huraños. Y es que la vida nunca pierde la partida, solamente la perdemos nosotros cuando el escepticismo, la rabia o la decepción, nos vuelven lo suficientemente azules, que nos impiden seguir queriendo jugar a construir castillos de arena a la orillas del mar.

A pesar de sentirme fado y azul en estos momentos, me quedan muchas fuerzas y creo demasiado aúnen las personas, para no desnudarme en la orilla del mar y no clavar los dedos en la arena húmeda y levantar sonrisas y futuros torreones de ilusión, cerca de las olas mansas que mueren en la playa de la vida.