jueves, 20 de diciembre de 2012

El Fin del Mundo de este año

Pi, pi, pi, pi sonido penetrante en las últimas sombras de la noche. Las 7 y veinticinco y se acaba el mundo. Mierda, ya se me está haciendo tarde. Con todo lo que tengo que hacer antes de terminar el mundo.

Salgo de la cama dando un salto mortal, como si estuviera en una canción de los Hombres G. Miro desorientado hacia los cuatro puntos cardinales. Por donde se empieza un fin del mundo? Me pregunto. La habitación por recoger. Ayer no bajé la basura. Algún plato por fregar. Una montaña de ropa en el sofá descansa tras su paso por la secadora.

Hay alguna factura por mandar, no vaya a ser que esos se salven. Algún presupuesto por terminar y algunos proyectos por cerrar, no vaya a ser que me salve yo y haya que seguir comiendo.

¿Y qué se pone uno para un fin del mundo? Lo tengo casi todo por planchar. Es lo que tienen para mi las prenavidades, un sin parar. Yo soy más de sport. Unas converses y una sudadero cómoda. No muy abrigado por que supongo que se abrirá la tierra y saldrá magma ardiendo y lloverán meteoritos. Es que todo eso suena a calor. Y ademas, todos corriendo como las locas con los brazos en alto y sin destino fijo, venga que de sudar. Fijo. Zapatillas y sudadera.

Tendré que vaciar la nevera. O llenarla. No sé si ser optimista o pesimista en estas circunstancias, la verdad. Si soy pesimista me ahorro hacer compra y un montón de faena perdida. Puedo dejar los armarios como están. Incluso no poner esa lavadora de color que aun me falta.

Aunque creo que me apetece ser más optimista. Mis sobrinos están volando desde Toronto entero y me apetece verlos. Por que si fuera pesimista ellos, volando, podrían quedar en un limbo fatal. Por que mientras la tierra se destruye, los aviones que vuelan están a salvo, ¿No? Entonces aterrizarían en un mundo arrasado y sucísimo. Madre mía, con la alergia que tiene mi hermano. No, esta opción no me gusta tampoco.

Como los tremendistas lo mismo ya han llenado las despensas y esas cosas, hoy debe ser un buen día para hacer la compra. Eso si, antes del Fin del Mundo, que es a las 11. Es que luego, los cagetas saldrán de sus nidos fanfarroneando, diciendo, jaja, ves como no pasaba nada.... Y cierto tufillo a pañal por cambiar.

Ainss, de verdad, me estresa estos plazos de todo se acaba en tres horas. Menos mal que existe el whasap y los grupos. Así es mucho más fácil despedirse si vemos que en un rato la cosa se pone fea.

De momento, creo que me voy a dar una ducha y hacer fuerza para que la tierra colapse por la carrera de San Jerónimo y se lleve a los políticos los primeros. Así gestionaremos el caos de una manera más eficiente y solidaria

Feliz fin del mundo y prospero futuro nuevo.




lunes, 17 de diciembre de 2012

Mirar al mar

Me retuerzo bajo el edredón. Hace frío con desgana. En la radio llueve una cadente letanía de desgracias y desafortunadas decisiones gubernamentales. La Justicia le planta cara a los desalmados y le pone puertas al campo de los desmanes capitalistas.

Parece que el día amanece un poco mejor. Pero sin excesos. La mancha gris del pesimismo nos sigue aplanando el ánimo a todos.

Llevaba meses mudo de letras sobre este ciberpapel. No sé muy bien porqué en un momento dado perdí la palabra. Supongo que dejándome llevar por la marea de los acontecimientos y la vorágine de los tiempos me sumergí en otros mares más oscuros y amenos que los de mis relatos.

Me senté en una playa desierta a ver la vida pasar, las nubes, las noches, los días. No podía dejar de mirar sin moverme de la arena, con las manos entrelazadas por delante de mis rodillas. El tiempo también pasaba, la gente, las alegrías y tantas penas, que dejaron huella en mi rostro como el salitre de la brisa marina. Esa que te acaricia y te desgasta por igual.

Y una tarde me di cuenta que tenía frío. Mis Bermudas y esa camisa de lino azul desgastado que me encanta ya no son protección suficiente para estos tiempos. Enterré mis pies desnudos en la arena buscando calor mientras me envolvía en un pareo y seguía mirando el mar. Y este me recuerda que no se puede estar eternamente esperando que las olas te devuelvan la respuesta. En ocasiones, hay que darle la espalda al gran azul y buscarla tierra adentro.

Hoy me despierto en mi reino interior con ese frío disidente y anecdótico, con la luz que tamizan mis persianas de bambú. Huele a Navidad y abeto, a tintineo de bolas rojas de cristal increíblemente fino y bello, a pastas caseras y reencuentros. Pienso en las cosas que tocan en un día como hoy... Trabajo, amigos, cortinas, bancos y facturas.... Quiero perderme un rato en el mercado, y si me da tiempo también a mirar la vida desde mi balcón.

Hoy me he despertado, por fin, retorciendome bajo el edredón, en mi reino interior y mirando la vida pasar sin esperar que me la devuelva ninguna ola de cresta blanca y efímera.

He decidido levantarme y disolver el salitre que me cubre en una ducha caliente y reconfortante, mientras ordeno mi agenda mentalmente. Queda tanto que hacer, queda tanto por lo que levantarse y andar, aunque sea para decir no, aquí me paro.

Buenos días y no se olviden de mirar al mar, aunque sea de soslayo, para saber donde está la tierra que pisamos.


viernes, 18 de mayo de 2012

20.000 clics despues

Hace días, mientras disfrutaba de Madrid, de mi trabajo y de inmejorable compañía, las estadísticas de este blog cambiaron el 2 por el 1 en las cinco cifras de las visitas. Reconozco que me entristece haberme perdido el momento concreto y no haberle podido poner un collar de flores tropicales, a ritmos de fanfarria y ovaciones, al poseedor del dedo prodigioso y la curiosidad por descubrir que esconden estas letras sobre ese fondo de faroles de papel, festivos y coloridos.

Cuando me enfrenté por primera vez a esta ventana blanca y desconocida, nunca me planteé que a nadie pudiera resultarle interesante lo que yo pudiera contar. Simplemente tenía la necesidad de hacerlo. Transformar, negro sobre blanco, mis miedos, mis recuerdos, mis deseos , mi forma de ver la vida, para poder comprenderme mejor, para poder explicarme mejor.

Hace algunos años, alguien a quien nunca olvidaré, me enseñó que era un Géminis de libro. Que tenia dos caras absolutamente diferenciadas. Mi Yo Público y mi Yo Privado. En su momento, el orgullo de uno de los dos no me permitió entenderlo y aceptarlo. Los años y la distancia me hicieron ver la división clara de mi conducta respecto a los públicos y distancias a los que me enfrento.

Este blog me ha permitido mostrar las múltiples caras de mi caleidoscópica personalidad. Afrontar mis miedos y mis fantasmas. Expresar mis opiniones y mis principios. Defender mis ideas y acallar algunas bocas de hienas hilarantes. Mostrarme, por una vez, tal como soy.


El principal beneficiado de esta terapia personal, sin duda alguna, he sido yo mismo. Afrontarte, negro sobre blanco, a ti mismo te ayuda a conocerte mejor y a comprenderte y aceptarte, con tus filias y tus fobias. Me ha servido para ordenar mis cuentas con mis guionistas y mis Dioses Griegos y Egipcios. Me ha permitido acercarme a gente que creía conocerme y algunos que ni siquiera conozco, con los que comparto más cosas que con muchos de los que configuran mi entorno vital.

Durante estos 160 posts he recorrido injusticias, homenajes, anécdotas, dolores y heridas. Hemos abierto sendas para el dialogo y, en ocasiones, para la reivindicación. Nos hemos reído y, en ocasiones, hemos llorado. Hemos montado árboles de navidad y hemos cenado con nuestros amigos en torno a mesas repletas de risas y sorpresas.

Ha habido espacio para ellas y para ellos, para la política y para el corazón. Para la lo superfluo y lo profundo. Para los mios y para otros. Para gentiles y bandidos. Para sabios y lerdos. para miedos y esperanzas. Para mi y para ti.

Claro que esto no tendría ningún valor si al otro lado de la ventana no hubiera nadie. Si detras de cada uno de esos 20.000 clics no hubiera un dedo conectado a un corazón y unos ojos. A unas risas o a unas lágrimas. A un acuerdo o un desacuerdo.

Muchos han leído sin más, otros han compartido impresiones y algunos han compartido, incluso, enlaces. Todos han extendido las redes entre nosotros. Todos han acortado las distancias entre nuestras miradas y nuestros brazos. Más allá de la pantalla de este ordenador, más allá de los mares que a veces nos separan, unos de aguas y otros de ideas. y cada vez que las olas retornan a la orilla, y se vuelven a alejar, soñando en volver, solamente se me ocurre seguir mirando al horizonte de esta blanca ventana de luz de mi portátil, sonreír y decir
¡¡¡¡¡¡¡GRACIAS!!!!!!!



miércoles, 16 de mayo de 2012

Noche de pizza y toros

La luz se desvanece lentamente, al igual que la tarde. El tamiz de las persianas de mimbre se torna inexistente, mientras me pierdo en algún concurso televisivo. Me siento cómodo, muy cómodo en este nuevo refugio. El mismo en el que crié. Observo el cambio después de disuelta la tormenta y me gusta reconocerme en el resultado. Es como volver a un mundo nuevo, en el que has vivido siempre, de un modo inconsciente.

Leo sobre las paredes dos historias paralelas, distantes en el tiempo y de similares protagonistas. Los de mi sangre, la Familia. Ahora cuelgan en ellas las piezas de mi puzzle personal, las claves para entenderme a mí mismo. Y me gusta el juego de montarlo. Me gusta el resultado.

Mientras pienso en qué cenar suena el teléfono móvil sobre la mesa de centro del salón. Aparece el nombre de un buen amigo que se esfuerza más por esta relación que yo. Durante estos meses, este último año, me he sumergido en mi sima personal, para tocar fondo y salir con más fuerzas buceando hacia la luz. Mucha gente ha estado ahí, en la superficie. Otra ha creído estar y otra, se ha empeñado en protagonizar extraños papeles de despecho que el tiempo se ha encargado en convertir en ridículas caricaturas de egocentrismo manifiesto.

Sigue sonando el móvil y me afano en contestar, pienso en que la amistad es un bien mal administrado en ocasiones, sobre todo cuando se convierte en una posesión. Un verdadero amigo es ese que está, siempre. Al lado o en la distancia. Aquel que cuando te vuelves, protege tus espaldas. Aquel que no pregunta ni exige explicaciones ni veneraciones innecesarias. Aquel que siempre sabe cuando abrirte los ojos con otro punto de vista, anclado en la objetividad que muchas veces carecemos sobre nuestra propia vida. Un amigo nunca obliga a que estés pero siempre está.

Contesto pero es tarde. Rehago la llamada y encuentro su voz intensa y aromática como el tabaco de los buenos puros, o un café recién molido. Alegría en los saludos y ganas de vernos. No recuerdo ni el tiempo que ha pasado desde la última vez. Cuelgo y salgo a su encuentro. Me espera con otro buen amigo viendo mi exposición. El tranvía atraviesa las entrañas de esta ciudad y yo pienso si serán capaces de leer entre mis fotografías la inmersión de estos meses. Paramentos abandonados para desnudar un pasado de felicidad y cotidianidad. La soledad del final y la perdida impregnan cada una de esas imágenes robadas a nuestro mundo acelerado que no puede detenerse a cautivarlas, aunque solamente sea un segundo fugaz.

Abrazos y reproches dulces y conmutativos por la distancia larga e injustificada. Puesta en común de impresiones sobre las fotos y sobre nuestros avatares personales. En la media luz de la agradable charla decidimos pedir unas pizzas para que conozcan mi casa recién estrenada. Salimos del local bajo una noche serena y de aire sahariano y nos trasladamos a nuestro destino, mi refugio.


Esperamos las pizzas mientras troceo unos tomates con la misma contundencia que defiendo mis posiciones respecto a la conversación. La misma bandea por infinidad de temas, unos banales y otros intensos y más complejos emocionalmente. Suena el timbre y ya huele a ternera y cebolla recién horneada. Risas, cerveza y pizza entorno a la mesa. Sigue bandeando la conversación entre las servilletas estampadas de Ikea y la ensalada con aromas de vinagre de Modena.

Algo provoca un silencio y cierta cara, en los tres, entre la estupefacción y la risa contenida. Un sonido constante, rítmico y lujurioso desciende del piso superior. El ritmo se mantiene flotando en el silencio de nuestra confusión. Madera, muelles o láminas. ¿Cuál será el origen? La risa se abre paso entre prudencia y se escapan las primeras carcajadas con el descenso cansado de la cadencia. Incremento súbito del ritmo en una clara demostración de testosterona para terminar en seco. El sonido, claro.

Estallamos en aplausos por la faena, inesperada y reveladora en cuanto a los hábitos nocturnos de mis vecinos. Risas, más pizza y cerveza tras la inesperada interrupción.

Evidentemente la vida tiene la capacidad de sorprendernos en cualquier momento. Tras una foto, un teléfono móvil o sobre un sofá viejo e indiscreto.

domingo, 6 de mayo de 2012

La tortuga de mis sobrinos

Esta mañana al despertar me he sobresaltado sobremanera. No había vigas donde asir mi vuelta a la realidad. Clavé mi mirada en el techo blanco de imprecisa y pretendida ejecución. Las paredes de yeso lavado y antiguo me envolvían, ante la atenta mirada de los cuadros que prenden en las paredes. ¿Si en mi casa nunca ha habido cuadros colgados? Algo raro esta pasando... La vuelta a la conciencia lo resuelve todo. Esta no es mi casa. O mejor dicho, esta si es, realmente, mi casa.

Tras un mes de locos, que me ha mantenido alejado de esta ventana al mundo desde mi universo personal, estoy instalado en mi casa, la de toda la vida, la de mis padres. He superado todos los miedos que me suponía abrir las dos vueltas de cerradura y desempolvar los fantasmas de esta vivienda familiar. Y he vuelto para quedarme.

Una vez archivada la memoria y rescatados los recuerdos para las generaciones futuras, comenzó la fase más compleja. Derribar una vida para crear la de uno mismo, siendo respetuoso con los legados y el pasado. 20 dias para cambiar un pequeño universo de 70 metros cuadrados sin que deje de ser reconocible.

Me senté frente al papel blanco para plasmar las ideas que debía englobar este reto. Al lado un trozo de papel sulfurizado en el cual dormita la planta original de la vivienda, al otro mis gustos, mis objetos, mis deseos, mis miedos... Trazo lineas de un manera precisa y meditada. Derribo tabiques de tinta China para abrir espacio a la luz y los tiempos presentes. Deshago los hábitos de cuarenta años para generar terrenos para los nuevos.

Tras dias de números y cuentas y medidas que no encajan llegó el proyecto final. Ahora derribo y ejecución. Dos premisas presidirán esta obra. Recuperación y optimización. De materiales, de espacios, de mobiliario, de esfuerzos. Cada pieza que se quita se revisa por si puede volver a cumplir una función. Rodapié que se convierte en suelo, al igual que la encimera. Armario que se reinventa para ser vestidor, perchero que se vuelve recibidor con los años y una capa de pintura. Enciclopedia que se vuelve entrada.

Tras dias de trabajo eficiente y minucioso, todo toma forma. Cristal que le da la luz a un baño que nunca la conoció. Pintura blanca para los antiguos pilares de ladrillo, ahora desnudos. Cuadros para el yeso antiguo, fotos para devolver la memoria a cada espacio.

Mudanza que cierra una vida para abrir otra. Diferente, ni mejor ni peor, solamente diferente. Al hacer las cajas de este viaje recuerdas cada minuto que has vivido bajo las vigas de madera que, pacientes, te daban bóveda cada despertar, cada anochecer. Tiempo para la reflexión, que no para el arrepentimiento.


Mientras repaso la memoria y clasifico los objetos por su futura ubicación en mi nueva casa me descubro solo haciendo cajas. Solo, ante la atenta mirada de la pequeña tortuga que ganaron mis sobrinos en un tiro de gracia y puntería en una feria navideña. Ella es el único ser vivo con el que he convivido en los últimos meses entre estas cuatro paredes, y el único que me acompaña en estos extraños momentos de cambio y embalaje.

No es la primera, pero sí que espero que sea de las últimas. Son actos que arrasan como un tratamiento de belleza abrasador con las huellas de la vida reciente en nuestra piel. Recuerdo todas las anteriores como puntos de inflexión en mi vida. También recuerdo las de mi circulo cercano, muchas en las que he participado para aliviar el trago y el trabajo. Pero yo me he descubierto solo entre estas cajas de cartón en las que embalo mi vida. Solo, ante la atenta mirada de la tortuga de mis sobrinos.

Cierras cajas, abres cajas para colocarlo todo dándole su sitio y sentido en la nueva vida. Decenas de cajas que ocupan los sitios libres en este nuevo paraíso personal, que fuera infierno hasta hace unos dias. Cientos de objetos que retoman espacio, retoman vida. Desaparecen las cajas y reaparecen los recuerdos. Y cada noche de este proceso, hay menos cajas y más vida en este nuevo antiguo espacio vital, donde casualmente también me he descubierto solo. Solo, ante la atenta mirada de la tortuga de mis sobrinos.

Esta vez espero haber aprendido la lección y recordar mirar más a menudo a los ojos de ese pequeño animalito de geométrico caparazón y de lealtad inquebrantable. Esta viene dada por su condena en su isla de plástico transparente, de cocotero azul imposible.

domingo, 25 de marzo de 2012

Una vida en cajas

Subo con dificultad la escalera de casa de mis padres. No es la edad ni dolencia alguna la que me impide hacerlo con agilidad si no estos dos paquetes de cajas plegadas de cartón blanco que se enganchan en todos los lados posibles. Hay cierta congoja en mis acciones, cierto miedo a lo conocido que retorna del pasado para empujarme a quien sabe qué abismos.

Abro la puerta de cerradura inconforme y pintura castigada por los años. Me adentro en el Templo maldito. La casa de mi infancia, el territorio prohibido de mi corazón en los últimos meses. Ese olor a polvo y clausura se me clava por los poros. La luz no atraviesa el pasado ni la ausencia, solo flota, como puede, en este pequeño espacio de decadencia.

Dejo las cajas en el recibidor y con las manos en los riñones y el alma en un Ay recorro lento las estancias. Mi cuerpo se desplaza sonámbulo por el espacio que mejor conoce de este mundo. Mi espíritu se esconde detrás de cada cuadro, detrás de las cortinas polvorientas y medio caídas. ¿Por dónde empezar?

¿Cómo se desmonta una vida?¿Cómo se abren en canal los recuerdos y se seleccionan los que merece la pena guardar y cuáles van al saco de la basura?¿Cómo se decide qué parte del pasado es el que decidimos conservar por que es importante para nosotros y los nuestros? ¿De dónde se sacan las fuerzas para deshacerse de una parte de nuestras vidas por cuestión de espacio o utilidad?

Sin pensar ni demora innecesaria corto el cordón que ata uno de los paquetes de cajas blancas de cartón. Las hay de dos tamañas. Pequeñas para libros, fotos y pequeños recuerdos. Grandes para textil, juguetes y otras memorias voluminosas. Armo la primera caja con ayuda de un rollo de precinto blanco. La nombro con un rotulador gordo que saco del bolsillo de mi pantalón y la dejo en el suelo. Recuerdos se llamará esta categoría. Incluye todo aquello que no sabes como calificar y que eres incapaz de justificar el por qué deseas guardarlo pero lo haces. La peonza de cuando eras pequeño, un puzzle de Naranjito, el pasaporte de la Expo. Tu primer sacapuntas en forma de lamparilla de explorador del Lejano Oeste. Ese cenicero que siempre has visto en tu casa desde que te alcanza la memoria.

De repente aparecen objetos que no englobarías en esta categoría. Fotografías. Libros. Recetas de cocina. Teniendo en cuenta la trayectoria de mi madre, la categoría de Recetas es importante y un bien preciado. Mientras desalojo el aparador del comedor, de estilo castellano y de madera oscura, encuentro los secretos de la Coca amb Tonyina, los buñuelos de viento o los Gazpachos de Pulpo de Calpe. Monto más cajas que nombro con el rotulador y esparzo por el comedor. Entre las cajas, un saco de basura, de esos de jardín, gris verdoso y con las cintas naranjas que nos permiten cerrarlo y separar la memoria del olvido.

En la categoría de libros reconozco mi incapacidad para tirarlos o deshacerme de ningún ejemplar. De pequeño me enseñaron a cuidarlos como un pequeño tesoro, que ni se subrayaba, ni se deterioraba, conservando su esencia original y permitiendo que sólo el tiempo altere el color de sus páginas. Alguna lágrima furtiva traza un surco sobre el polvo de las cubiertas de aquel primer libro que te leíste, en la convalecencia de una de las innumerables pulmonías de la infancia. Miguel Strogoff.

Libros, fotografías, vajillas, aquellos pequeños manteles bordados a mano, una bandejita de madera y laca roja con unos pájaros pintados donde el turrón volvía a casa, Navidad tras Navidad. Las tazas de la Comunión, aquellos posavasos en forma de disco de vinilo que me fascinaban de pequeño, la memoria entera de una vida se desgrana lentamente desde baldas y cajones, poniendo a prueba tu fortaleza, la capacidad de sorpresa y la decisión para no abandonar y tirarte al suelo y llorar sin consuelo por todo aquello que se marchó sin remisión y nunca volverá, ni a través de estos recuerdos polvorientos y, en ocasiones, diminutos y carentes de valor material y utilidad. La otra opción de huida sería correr sin destino ni dirección hasta perder el aliento, y seguir haciéndolo tras recobrarlo.

Una estantería tras otra. Una habitación tras otra. Cada una esconde unas historias, unas imágenes, unas lagrimas, unas sonrisas. También albergan extrañas sorpresas y diminutos descubrimientos que te hacen planterte la Historia tal y como hasta ahora la comprendíamos, incluso injustamente, en ocasiones, la juzgábamos.

Pilas de cajas, decenas de sacos y estancias vacías. Sin duda sales más fuerte que entraste, con la memoria remozada y el orgullo de las raíces saneado. Agradecido. Con heridas cerradas y cicatrizadas. Destrozado físicamente y con el ánimo tocado en la linea de flotación para resurgir, sin duda alguna, de nuestras propias cenizas.

Tras deshacerme de todo lo prescindible, y reubicar las cajas de cartón blancas, cerradas con precinto blanco, y nombradas una a una, cierro la puerta y el pasado para emprender un nuevo futuro. Espero poder escribirlo con la ayuda del recuerdo en este presente continuado en el que estamos sumergidos y que, a veces, nos lleva a estas pequeñas cosas que el tiempo nos dejó en un papel o en un cajón....

lunes, 19 de marzo de 2012

Abierto por liquidacion

Suena de fondo la voz quebrada de Soledad Jimenez en el reproductor de cds, mientras el viento juguetea, caprichoso, con la suciedad de la calle. No es que Sole tenga la voz rota, es que el aparato lleva en desuso más de 6 años, como todo lo que acumulaba este local. Hay que ver como ha pasado el tiempo y pensaba que fue ayer cuando bajamos la persiana.

Es verdad, el tiempo ha corrido mucho estos últimos años, especialmente estos doce últimos meses. Mi memoria vuela mientras suena una versión de No mires a los ojos de la gente, de Golpes bajos. Ciertamente, he mirado pocas veces a los ojos de nadie durante este aciago año. He empleado más tiempo en huir de ellos, de mi mismo, del dolor y de las consecuencias de este cataclismo vital en el que me he visto sumergido.

Nunca había creído en los lutos y esas historias de abuelas, por lo menos en sus manifestaciones externas y castrantes, propias de otros tiempos. Pero el dolor se alojó en mis entrañas para enseñarme, lento, su significado. Las perdidas dejan un hueco negro y zaino como un toro desconfiado. Da miedo asomarse a él pero hay algo que lo hace inevitable.

Y en ese momento cada uno reacciona de una manera totalmente distinta. Yo empece a correr casi sin respirar sin destino y dirección. Solo era importante correr. Alejarse de la negra pena y sus estragos sin ser consciente que vivía dentro de mí y se asomaba, líquida, a mis ojos a la menor oportunidad.

Y me faltaba el aliento. Y solamente paraba para recobrarlo y seguir corriendo sin mirar ni siquiera mis propios ojos reflejados en el charco que generaba mi sudor y mis lagrimas. Dolor por la perdida, dolor por la decepción, dolor por la traición. Dolor negro y bravo, como ese toro zaino desconfiado que te mira, resoplando, por encima de los pitones, mientras escarba buscando muerte.

Puse distancia por medio, sin saber cuanta ni por qué. Huí del dolor y de toda fuente que lo alimentara. Cerré los ojos, y no volví a aquella casa, no volví a aquel local, ni aquella oficina ni aquellos amigos que habían dejado de serlo. Cerré los ojos y no volví a mi pasado que lo había decretado tapiado por derribo. Sus agujas me dolieron más que mi propia vida.


La cobardía es un defecto que siempre ha dormido en mis bolsillos. Ha sido muchas veces una manera de evitar conflictos que sabia irremediables y con nula solución. Sé donde están mis límites y conozco mi incapacidad para desandar el camino una vez rota la baraja. No suelo ser quien rompe la partida, pero tampoco me permite mi dignidad jugar manos injustas a sabiendas. Y fui cobarde durante estos meses, y tragé veneno y decepción, tristeza y dolor, para no entrar en combate. Sé que mucha gente no lo habrá entendido. Pero yo hace mucho tiempo que no entiendo a mucha gente, y por eso no la castigo.

Ha pasado un año de aquel fatídico miércoles de abultada agenda. Acontecimientos que marcarían mi vida presente y futura. Por la mañana, decepción que torno en traición con los días, los meses. El miedo es libre y hay cobardes que se enfrentan con los demás por no enfrentarse consigo mismo y sus miserias, que son muchas y evidentes. Por la tarde, muerte e impotencia. Lo mas importante se me iba entre los dedos de las manos, como la arena, sin poder más que ahogar en llanto las horas y el desenlace. Noche al lado de quienes siempre están aun en la distancia, para mitigar esa extensión oscura e inabarcable que supone el dolor extremo.

Y ahora, el luto se ha diluido poco a poco. No la memoria. Esta me ha hecho fuerte y consciente para abrir nuevas sendas y adoptar nuevas posiciones. El tiempo me ha hecho más fuerte. Los hechos me han hecho más yo. Y he comprendido que no hay conflictos irremediables, sino historias que empiezan y que acaban.

Y que cuando esto sucede pasan a formar parte de nuestra historia y de nuestro mapa vital, dejando de ser destino para convertirse en camino por el que no volver a transitar. Nunca hay que privarlas de su sitio en nuestra memoria, poniendole unas flores frescas a los buenos momentos y un velo negro que cubra aquello que nos duele hasta que cicatrice y se diluya en el tiempo y el recuerdo.

Y he vuelto a aquella casa, y me he mirado a los ojos en aquel espejo polvoriento donde siempre han vivido desde mi infancia. He abierto armarios y cajones. He desplegados recuerdos y memoria. He construido mi propia memoria de diminutos hallazgos que la deletrean, entre sonrisas cómplices y lagrimas contenidas, que en un ataque de independencia se deslizan por mi mejilla para esconderse en mi barba canosa y protectora.

Y he levantado la persiana de aquel local y de mi corazón. He tirado centenares de sacos de basura y de miserias. Le he quitado el polvo al pasado y los legados que se escondían, aburridos y pacientes en las distintas estanterías de la vida, el negocio y el alma. Y con la más grande de las sonrisas, esa que provoca el saber quíen eres y a dónde vas al leerlo en tus propios ojos, me encuentro abriendo mi pasado por liquidación para afrontar un futuro mejor desde mi propio presente.