Hay veces que en este mundo de relaciones personales, donde irremediablemente nos movemos, aparecen subespecies, no se si calificarlas de humanas o de animales, dignas de estudio, por no decir otras cosas más desagradables que me inspiran.
Estos individuos, casi siempre machos y muy poquitas hembras, desarrollan su actividad vital condicionados en su función de cazador que necesita trofeo de guerra en todo momento. Digamos, sin pretender caer en la vulgaridad, que tienen el hacha siempre en pie de guerra.
Es tremendamete curioso observar, si puedes dar dos pasos hacía atrás y alejarte de la escena, el modus operandi de este depredador moderno.
En primer lugar, otea el territorio en busca de la presa. Una vez localizada, comienza a segregar babas desde sus glándulas salivales de una forma incontrolada y emprende una especie de danza ritual entre sus iguales, si en ese momento le acompaña algún otro energumeno, golpeando su pecho con el puño cerrado y barruntando, entre dientes, frases como "me la pido" o similares.
Mientras busca la forma de desempolvar sus alas de buitre polvoriento y repasa sus recursos de táctica basada en la estupidez más casposa, comienza un ritual de movimientos nerviosos, frotandose las manos y con los ojos desencajados que comienzan a estar levemente inyectados en sangre. Su ritmo cardiaco se acelera y comienza a soltar inconveniencias al resto de seres humanos que le rodean, que posiblemente estén desarrollando su actividad cotidiana y profesional. Actividad que él ha descuidado para centrarse en el objeto de la caza. Es uno de los inconvenientes de tener ubicado el cerebro en la entrepierna.
Claro que para este tipo de subespecies existe una variedad importante de presas fáciles, muchas veces dedicados sus individuos a distintos tipos de actividades congresuales o representativas, casi siempre de un modo amateur. No toda aquella que se pone un pañuelo al cuello y se sube a un tacón se puede calificar de azafata. Háganselo revisar si es su caso.
Y comienza el acecho. Y el baile ritual. Se aproxima a la presa, sonriente, recorriendo el espacio en trayectorias circulares, algo cargado de hombros hacia adelante y las piernas, ligeramente abiertas, para oxigenar su recalentada mente.
Se acerca, jadeante pero de un modo interior, a la presa, pintada como un mapache y subida a unos zapatos de salón imposibles. Despliega sus artes de machito gracioso de barra de bar de barrio para chonis en estado off permanente. Ella sonrie,o en el peor de los casos, rie con la boca abierta mostrando su reciente ortodoncia y emitiendo sonidos propios del rito del apareamiento, mientras junta las rodillas, entre haciendose la fina y aguantando las ganas de orinar. Esta parte del apareamiento puede durar horas, incluso días.
Cierto es que hay dos tipos de reacciones ante el acoso y derribo del Homo Cazador, versión arcaica del Hombre de Neandertal. Si la presa cae en sus redes facilmente, emitiendo antes de la tercera frase esos gruñidos rituales entre carcajada y jadeo porcino, el cazador puede llegar incluso a perder el interés, momentaneamente. Posiblemente este siga regodeandose, durante el baile ritual del apareamiento fácil, en su supuesta superioridad y facilidad para el arte de la caza.
El problema es cuando la victima tiene la cabeza minimamente amueblada y le resbala, incluso le repele, el ceremonial y las formas desplegadas por el baboso en cuestión. Contra todo pronostico, y ante les desprecio o desidia de la pretendida presa, el gañán se viene arriba y despliega su artillería de gracias sin gracia y chistes profesionales, misógenos y de dudoso buen gusto, acompañandolo a poder ser con una copa en la mano y un enrojecimiento facial que lo hace cada vez menos deseable.
En ese preciso momento, a mí me resulta insostenible la situación. Tengo dos opciones. O saco la escopeta y me cargo al cazador con un descerraje de balas dialécticas, cargadas de ironía y mala leche, en el centro de su cerebro, o directamente busco el aseo más cercano para aliviar las náuseas que me provocan este tipo de situaciones y personajes.
Creo que como estudioso de estas subespecies no tengo ningún futuro y no puedo expresar lo que me alegra encontrarme enesta situación.
La mirada diferente de una vida real, con una dosís de acidez justa para dejar una sonrisa en el lector. Como el vinagre resalta el punto dulce de las fresas.
sábado, 30 de abril de 2011
jueves, 28 de abril de 2011
El derecho fundamental de lo gratuito
Si no existieran los derechos fundamentales del ser humano, nuestra sociedad, tal y como la conocemos, nunca habría llegado a existir. No existiría la clase média, ni la sanidad universal ni el acceso gratuito a la educación. Las mujeres seguirían en la caverna, cocinando y amamantando las presas de su hommo cazador o recolector. Los niños trabajarían como esclavos, aunque estos últimos serían, seguramente, de otras razas diferentes a la dominante.
No sería igual esta historia sin derechos fundamentales como la igualdad sin distinción de credo, raza u orientación sexual. No sería lo mismo sin la creciente integración de la mujer en busca de un equilibrio real o el derecho de los niños o los dependientes, aquellos miembros más debiles de nuestra sociedad.
La gente está en todo su derecho de reclamar el acceso a una vivienda digna, al trabajo y a la igualdad de oportunidades. Debemos buscar una sociedad paritaria, justa, solidaria con el más débil y fuerte en la lucha contra los atentados a los derehos fundamentales.
Toda esta parte de los derechos está muy bien, pero no es como diría Buzz Lightyear "hasta el infinito y más allá". La gente tiene, o suele tener, dos confusiones muy generalizadas con esta materia.
Primera, la posibilidad de disfrutar unos derechos conlleva el cumplimiento de unos deberes y esto en inseparable en ningún caso. Ahí está la primera confusión. La gente piensa que puede exigir cualquier clase de derecho sin responsabilizarse del cumplimiento de los deberes que conlleva pertenecer a una sociedad.
Segunda, la oportunidad de disfrutar de cosas gratuitas no conlleva la obligatoriedad para que nadie deba garantizar su disfrute a los más de 6000 millones de personas que habitan el planeta. Tampoco nadie tiene derecho a exigir la cabeza de aquel que facilita la opción de acceder a un enser o servicio de forma gratuita y que no le garantice su disfrute, por ser vos quien sois.
Lo gratuito no conlleva el concepto del obligatorio disfrute universal. No da derecho a tomarse la justicia por su mano si no se ha sido afotunado en la obtención o disfrute del bien o servicio puesto, en número finito casí siempre, al alcance de los primeros afortunados que sean capaz de alcanzarlo. Nadie tiene el derecho a exigir que se le satisfaga, de forma alguna, por no alcanzar dicho disfrute.
¿Cómo se puede satisfacer a alguién por la no obtención de un bien que no es de su propiedad o por el cual no ha hecho desembolso alguno?¿Cómo se puede porrear ua puerta como si te fueran a comer las alimañas por no poder acceder a un espectáculo de aforo limitdo y de acceso gratuito?¿Con qué derecho puedes exigir ser tú el que debes estar dentro y no uno de los que ha tenido la suerte o la previsión para conseguir quedarse al otro lado de la puerta?
Son capaces de invocar a los derechos fundamentales para que se cambien los hechos y la historia reciente con el único fin de ser el afortunado que disfruta de lo gratuito en detrimento de otro igual. Hay quien se cree en posesión de la verdad absoluta y divina para poder afirmar que se tiene derecho por delante del resto de los seres vivos para el disfrute delo gratuito. ¿En qué momento se puede llegar a perder la perspectiva y la razón de tal forma para comenzar a levitar sobre el derecho fundamental de la igualdad?
Lo gratuito no deja de ser un regalo, algo que se puede llegar a disfrutar sin coste ni sacrificio alguno que no sea más alla de hacer una cola o tener que esperar un espacio de tiempo arrancado a nuestra apretada agenda vital. No olvidemos que la obtención de un bien o servicio gratuito pasa por la decisión voluntaria de entrar en el juego de consegirlo o no.
Nadie necesita para respirar o sobrevivir una prenda de merchandising promocional ni disfrutar de un concierto. No es un derecho fundamental el acceso universal a lo gratuito. Y sí es una obligación la educación y no faltar al respeto al semejante que facilita, en un número casí siempre finito, la obtención y disfrute de lo gratuito.
No sería igual esta historia sin derechos fundamentales como la igualdad sin distinción de credo, raza u orientación sexual. No sería lo mismo sin la creciente integración de la mujer en busca de un equilibrio real o el derecho de los niños o los dependientes, aquellos miembros más debiles de nuestra sociedad.
La gente está en todo su derecho de reclamar el acceso a una vivienda digna, al trabajo y a la igualdad de oportunidades. Debemos buscar una sociedad paritaria, justa, solidaria con el más débil y fuerte en la lucha contra los atentados a los derehos fundamentales.
Toda esta parte de los derechos está muy bien, pero no es como diría Buzz Lightyear "hasta el infinito y más allá". La gente tiene, o suele tener, dos confusiones muy generalizadas con esta materia.
Primera, la posibilidad de disfrutar unos derechos conlleva el cumplimiento de unos deberes y esto en inseparable en ningún caso. Ahí está la primera confusión. La gente piensa que puede exigir cualquier clase de derecho sin responsabilizarse del cumplimiento de los deberes que conlleva pertenecer a una sociedad.
Segunda, la oportunidad de disfrutar de cosas gratuitas no conlleva la obligatoriedad para que nadie deba garantizar su disfrute a los más de 6000 millones de personas que habitan el planeta. Tampoco nadie tiene derecho a exigir la cabeza de aquel que facilita la opción de acceder a un enser o servicio de forma gratuita y que no le garantice su disfrute, por ser vos quien sois.
Lo gratuito no conlleva el concepto del obligatorio disfrute universal. No da derecho a tomarse la justicia por su mano si no se ha sido afotunado en la obtención o disfrute del bien o servicio puesto, en número finito casí siempre, al alcance de los primeros afortunados que sean capaz de alcanzarlo. Nadie tiene el derecho a exigir que se le satisfaga, de forma alguna, por no alcanzar dicho disfrute.
¿Cómo se puede satisfacer a alguién por la no obtención de un bien que no es de su propiedad o por el cual no ha hecho desembolso alguno?¿Cómo se puede porrear ua puerta como si te fueran a comer las alimañas por no poder acceder a un espectáculo de aforo limitdo y de acceso gratuito?¿Con qué derecho puedes exigir ser tú el que debes estar dentro y no uno de los que ha tenido la suerte o la previsión para conseguir quedarse al otro lado de la puerta?
Son capaces de invocar a los derechos fundamentales para que se cambien los hechos y la historia reciente con el único fin de ser el afortunado que disfruta de lo gratuito en detrimento de otro igual. Hay quien se cree en posesión de la verdad absoluta y divina para poder afirmar que se tiene derecho por delante del resto de los seres vivos para el disfrute delo gratuito. ¿En qué momento se puede llegar a perder la perspectiva y la razón de tal forma para comenzar a levitar sobre el derecho fundamental de la igualdad?
Lo gratuito no deja de ser un regalo, algo que se puede llegar a disfrutar sin coste ni sacrificio alguno que no sea más alla de hacer una cola o tener que esperar un espacio de tiempo arrancado a nuestra apretada agenda vital. No olvidemos que la obtención de un bien o servicio gratuito pasa por la decisión voluntaria de entrar en el juego de consegirlo o no.
Nadie necesita para respirar o sobrevivir una prenda de merchandising promocional ni disfrutar de un concierto. No es un derecho fundamental el acceso universal a lo gratuito. Y sí es una obligación la educación y no faltar al respeto al semejante que facilita, en un número casí siempre finito, la obtención y disfrute de lo gratuito.
domingo, 24 de abril de 2011
La mañana de mona.
Domingo de Pascua. El sol ha decidido no celebrarlo. Se habrá vuelto ateo por estos lares, visto lo visto. El día se despereza lento, entre festivos, sin ninguna necesidad de correr hacía ninguna parte. Yo me despierto en el estado perfecto del ser humano. Domingo por la mañana sin nada que hacer y el mundo por delante.
Tal día como hoy, el año pasado me despertaba en TriBeCa y emprendía mi inmersión en la 5ª Avenida y Central Park. Museos maravillosos, mañana soleada, la ciudad por excelencia un domingo de Pascua. En New York la gente lo celebra haciendo un improvisado desfile de sombreros creativos inspirados en conejos, huevos de Pascua, monumentos de la ciudad y mucho humor blanco. Todo son sonrisas y Fair Play alrededor de la Catedral de San Patricio y el Rockefeller Center. Al fondo Central Park te espera, abierto al cielo entre rascacielos, para parar el tiempo con un libro, unas fresas o un Hot Dog. Todo es tan diferente a nuestra tradición.
Yo aún recuerdo mis Domingos de Mona, cuando era pequeño. En el Castillo de Santa Barbara, entre pinos y combas. Juegos infantiles y Tenis nuevos. Aquellas Tortola Azules que me iniciaron en el culto a las Converse. Sonido de huevos duros que se quiebran por sorpresa en una frente despistada. Nos bastaba con una cuerda, una goma, un pañuelo y poco más para pasar tardes infinitas de diversión.
A día de hoy, me resulta extraño que no haya parques de bolas infantiles que no organizen Domingos de Pascua con Monas envasadas y liofilizadas, juegos de ordenador, estúpidas mascotas de gomaespuma sucias y roidas y merienda con copas sobre menú para los adultos. Estos últimos tendrían su espacio para poder liberarse de sus pequeños diablos, una vez más.
¿En qué momento se ha perdido ese momento de parar el mundo, ponerte las zapatillas y unos vaqueros viejos y disfrutar de nosotros mismos, los nuestros y de lo nuestro? Sería necesario volver a ser capazes de disfrutar de nuestra tierra, nuestras tradiciones sin ninguna intencionalidad de reivindicar la diferencia pero sí de disfrutar de la singularidad, integrando al que no la reconoce como suya.
A veces somos tan modernos, o pretendemos serlo, que renunciamos, en un extraño ritual de limpieza de armarios, a todo aquello que luego conforma nuestra línea vital, aquello que nos une generación tras generación. Las tradiciones no son un lastre si no una seña identitaría. Últimamente sólo nos empeñamos en conservar aquellas que vienen patrocinadas por los centros comerciales o hábitos consumistas.¿O acaso el Día de Sant Jordi es una tradición nuestra? Me parece licito adoptar otras tradiciones y costumbres, sobre todo si estas consiguen que alguien porque sí, te regale un libro y una flor. Pero también es importante cultivar la relación de nuestros vastagos con su Medio Ambiente y su tradición, la relación intergeneracional y nuestra gastronomía, no envasada a poder ser.
Desde aquí, sin renunciar un ápice a mis paseos por Central Park, o el SoHo de Londres, reinvindico, en días como hoy, despertar a la familia con el olor a canela de unas torrijas o enseñar absurdas, pero divertidas, canciones para acompañar los saltos a la comba, entre un magro con tomate y una Mona de Pascua con forma de cocodrilo. Y a poder ser, regalada por el padrino.
Tal día como hoy, el año pasado me despertaba en TriBeCa y emprendía mi inmersión en la 5ª Avenida y Central Park. Museos maravillosos, mañana soleada, la ciudad por excelencia un domingo de Pascua. En New York la gente lo celebra haciendo un improvisado desfile de sombreros creativos inspirados en conejos, huevos de Pascua, monumentos de la ciudad y mucho humor blanco. Todo son sonrisas y Fair Play alrededor de la Catedral de San Patricio y el Rockefeller Center. Al fondo Central Park te espera, abierto al cielo entre rascacielos, para parar el tiempo con un libro, unas fresas o un Hot Dog. Todo es tan diferente a nuestra tradición.
Yo aún recuerdo mis Domingos de Mona, cuando era pequeño. En el Castillo de Santa Barbara, entre pinos y combas. Juegos infantiles y Tenis nuevos. Aquellas Tortola Azules que me iniciaron en el culto a las Converse. Sonido de huevos duros que se quiebran por sorpresa en una frente despistada. Nos bastaba con una cuerda, una goma, un pañuelo y poco más para pasar tardes infinitas de diversión.
A día de hoy, me resulta extraño que no haya parques de bolas infantiles que no organizen Domingos de Pascua con Monas envasadas y liofilizadas, juegos de ordenador, estúpidas mascotas de gomaespuma sucias y roidas y merienda con copas sobre menú para los adultos. Estos últimos tendrían su espacio para poder liberarse de sus pequeños diablos, una vez más.
¿En qué momento se ha perdido ese momento de parar el mundo, ponerte las zapatillas y unos vaqueros viejos y disfrutar de nosotros mismos, los nuestros y de lo nuestro? Sería necesario volver a ser capazes de disfrutar de nuestra tierra, nuestras tradiciones sin ninguna intencionalidad de reivindicar la diferencia pero sí de disfrutar de la singularidad, integrando al que no la reconoce como suya.
A veces somos tan modernos, o pretendemos serlo, que renunciamos, en un extraño ritual de limpieza de armarios, a todo aquello que luego conforma nuestra línea vital, aquello que nos une generación tras generación. Las tradiciones no son un lastre si no una seña identitaría. Últimamente sólo nos empeñamos en conservar aquellas que vienen patrocinadas por los centros comerciales o hábitos consumistas.¿O acaso el Día de Sant Jordi es una tradición nuestra? Me parece licito adoptar otras tradiciones y costumbres, sobre todo si estas consiguen que alguien porque sí, te regale un libro y una flor. Pero también es importante cultivar la relación de nuestros vastagos con su Medio Ambiente y su tradición, la relación intergeneracional y nuestra gastronomía, no envasada a poder ser.
Desde aquí, sin renunciar un ápice a mis paseos por Central Park, o el SoHo de Londres, reinvindico, en días como hoy, despertar a la familia con el olor a canela de unas torrijas o enseñar absurdas, pero divertidas, canciones para acompañar los saltos a la comba, entre un magro con tomate y una Mona de Pascua con forma de cocodrilo. Y a poder ser, regalada por el padrino.
sábado, 23 de abril de 2011
La cadencia de la música procesional
Sábado de Gloria. Olor a flores y a canela. El aire esta húmedo por unas lluvias inoportunas. El sol, tímido, se resiste a calentar el ambiente. La Semana Santa agoniza a la par que el viejo invierno, ya caducado hace semanas, se resiste a morir.
Por fin el tiempo se para por unos días, tras el ritmo infernal del último mes. Tiempo para el silencio, tiempo para la calma, tiempo para poner en valor los daños del huracan.
La última semana se ha desarrollado entre cubetas de flores, tronos a medio vestir, santos fuera de su lugar habitual, olor a incienso, cera y marchas procesionales. Un año más me he sumergido en el extraño mundo de dar vida y ornamentar algunos pasos de la Semana Santa. Llevo años haciendolo pero nunca había tenido tanto pánico al reto como este.
El reto no era solamente aderezarlos de flores, más o menos al tono, sin excesivas estridencias pero sin dejar de tener esa dósis de novedad que se presupone a mis arreglos florales. Era enfrentarse a otros fantasmas que eran nuevos en mí.
Ausencias más presentes que nunca, en cada clavel que pinchaba, en ese banco vacio donde siempre se iba mi mirada esperando equivocarse. El regreso a mis raices cerradas un jueves a cal y canto sin tenerlo previsto. Mirar a ese balcón que nunca más se abrirá. El miedo a disfrutar más de la cuenta haciendo aquello a lo que renuncie por sumergirme en este océano que me ahoga ahora. Miedo a ser incapaz de crear belleza cuando soy incapaz de mantener una sonrisa más de 15 minutos sin que parezca una mueca.
Ante esta tesitura y sin ninguna intención de darle oportunidad alguna al pánico escénico, dejo la mente en blanco, me desnudo por dentro de todo este equipaje anímico y me dejo caer al abismo de la creación en un maratón de tronos, espacios y santos de diversa índole y advocación.
La primera dificultad es abstraerte de tu mundo y de su ruido y ritmo diario para encerrarte en una nave, parada en el tiempo y varada en medio de un puerto, ante cinco pasos, cinco historias, cinco conceptos distintos del mismo dolor. Decidir su lenguaje, traducido a flores, diez días antes te impide vivir en la absoluta improvisación. Valor, para mí, fundamental en mi proceso creativo. Once traducciones para once tronos. Cada uno cuenta una episodio de la historia sacra. Es una especie de sucesión de imágenes en 3D que se desplaza por las calles para contar, sin excesiva literatura, a un público perdido en su vorágine de vida particular.
Mientras visten las imágenes de los tronos, descargamos millares de flores entre aromas de eucalipto y alhelí. Mi cabeza intenta optimizar recursos y tiempos para elaborar tan compleja tarea. Cada trono tiene una forma diferente de trabajarlo. Depende del tipo de historia o de imagen. Puede ser un trono de misterio, que recrea un suceso concreto del nuevo testamento, o un trono de pasión, donde se representa un Cristo. Puede ser una Virgen, cuyas flores suelen ser blancas o una imagen de una Santa, como la Santa Mujer Verónica, santa pero no virgen, entonces sus flores son de color. Escenas de campo, escenas de dolor, o de milagros. ¿Cómo trasladar todo esto a través de las flores?
Todo esto sería más fácil desde la fé, de la cual carezco desde hace muchos años, por lo menos tal y como la entiende la Iglesia Moderna ( lo de Moderna es totalmente irónico). Para mí no deja de ser un trabajo más cercano a la belleza plástica que la espiritual. Aun así, reconozco que no es lo mismo que crear un logotipo, o un anuncio. Es una manera de darle voz, de generar un lenguaje con el que te comunicas con el que observa los tronos en procesión, tanto desde la devoción como desde la posición de mero espectador de un fabuloso espectáculo de calle. Música, vestuario, velas, incienso, interacción entre público y elenco, decorados móviles, emoción, sufrimiento y exaltación. ¿Qué más se puede pedir?
Con todos estos condicionantes, me dejo caer en ese abismo del que hablaba y, mientras el aire araña mi frente y mi alma cae a la merced del viento, mi mente empieza a esbozar los palimpsestos florales de cada trono. Campo de calas que se entrelazan frente a la Samaritana. Hortensias y tulipanes para la Oración en el huerto. Multitud de colores y variedades para el milagro de la Mujer Verónica. Etc... La música de las marchas procesionales se escapa de un coche en esta nave sucia y destartalada, mezclandose entre romeros y olivos plantados por unos días.
Después de la primera etapa y cinco tronos superados, uno de los grandes retos. El Cristo del Mar. Afrontarlo supone enfrentame a mi memoria, a los recuerdos, a tantos Martes Santos donde mi admiración por el arte se quedaba prendida en esa red que colgaba de su cruz. A mi madre le debo la cultura de la Semana Santa. Procesiones, rincones, templos y saetas. Torrijas, churros a la vera de San Nicolas de madrugada, Silencio en la calle Labradores. Fervor desatado de gritos y color en Santa Cruz. Contención y elegancia en Santa María prendido en las alas de las palomas del manto de la Virgen de los Dolores. Viernes Santo en la Explanada viendo a la Verónica flotar sobre sus ondas con mis zapatos nuevos.
Y me cuelgo de mi visión particular de la tradición. Mi tradición, como yo la entiendo. Clavel rojo que se transforma en sangre. Tulipán que brota como brotaba el drama en los poemas de Lorca. Volumen para sentir el tacto del dolor con la mirada. Tensión roja sobre musgo verde para entender la pasión convertida en belleza.
Tras tejer este tapiz de miles de claveles rojos, cambiamos el tercio para volver a los origenes. De nuevo el Plá, de nuevo nuestros primeros tronos. Donde aprendimos a pinchar claveles, a contar historias bíblicas mezclando aromas. Allí me falta el aliento, allí me falta el ánimo porque no debo buscar en los recuerdos sino sobrevivirlos en cada esquina. No había llegado y ya la echaba de menos en su banco de hierro blanco pinchando flores sin ninguna necesidad de hacerlo más allá que la de sentirse participe de la efímera belleza que me ayudo a descubrir desde pequeño. Tres tronos más, tres historias. Alguna no lleva mi firma porque no me pertenece. Desde hace años solamente lo tocan las manos prodigiosas de Adriana aunque yo marque la pauta. Yo no podría narrarlo mejor de lo que ella lo hace. Y mientras repasas las últimas flores de estos tapices más modestos pero iguales de descriptivos, la música deja flotar su cadencia entre los ficus centenarios del MARQ.
Y llega la noche y nos encerramos ante la prueba de fuego. Mi trono favorito desde que tengo uso de razón. Por primera vez solos, ellos y nosotros, en Santa María. Ellos, Dolores y Juan, tallas de Castillo Lastrucci que generan emoción cuando las observas, cara a cara, en la distancia corta. Nosotros, profanos que trabajamos las flores para intentar hacerlos más bellos si cabe. No es la primera vez que me enfrento a este trono, pero nunca ha significado tanto para mí como esta noche. Sé que hoy debo rozar la perfección. Sé que se lo debo. Que tengo que contar, a través de esos claveles blancos, todo lo que siento cuando veo una levantá, o lo que pasa por mi mirada cuando gira las Monjas, o cuando sube Villavieja agonizando la cera entre sones de habanera. Emoción y belleza extrema. Es un sentimiento que, en mi caso por lo menos, no tiene nada que ver con la devoción pero sí con la tradicción y mi memoria personal. Es un patrimonio de mis sentimientos, tan respetables como el resto.
Y llegan las siete de la tarde y se abre el portón. Y por primera vez, en muchos años, estoy en la plaza de Santa María como cuando era níño para ver salir la procesión. Y tras las jambas barrocas suenan tambores que quiebran el bullicio anunciando al Cristo que sale estallando en color bajo el sol de la tarde. Y tras él, La Virgen de los Dolores y San Juan de la Palma se mecen, clonando la cadencia de las marchas, sobre los pasos cortos y disciplinados de sus costaleros. Y se adentran en el Barrio entre aromas de incienso, fresia y clavel. Y ante las Monjas, destilando su belleza extrema y contenida, se va al cielo por ella. Y en ese preciso momento entiendo que he ganado el reto. Que sido capaz de transmitir, a través de las alas de las orquideas blancas, la belleza del vuelo de nuestra memoria, flotando entre los sones de la música procesional.
Por fin el tiempo se para por unos días, tras el ritmo infernal del último mes. Tiempo para el silencio, tiempo para la calma, tiempo para poner en valor los daños del huracan.
La última semana se ha desarrollado entre cubetas de flores, tronos a medio vestir, santos fuera de su lugar habitual, olor a incienso, cera y marchas procesionales. Un año más me he sumergido en el extraño mundo de dar vida y ornamentar algunos pasos de la Semana Santa. Llevo años haciendolo pero nunca había tenido tanto pánico al reto como este.
El reto no era solamente aderezarlos de flores, más o menos al tono, sin excesivas estridencias pero sin dejar de tener esa dósis de novedad que se presupone a mis arreglos florales. Era enfrentarse a otros fantasmas que eran nuevos en mí.
Ausencias más presentes que nunca, en cada clavel que pinchaba, en ese banco vacio donde siempre se iba mi mirada esperando equivocarse. El regreso a mis raices cerradas un jueves a cal y canto sin tenerlo previsto. Mirar a ese balcón que nunca más se abrirá. El miedo a disfrutar más de la cuenta haciendo aquello a lo que renuncie por sumergirme en este océano que me ahoga ahora. Miedo a ser incapaz de crear belleza cuando soy incapaz de mantener una sonrisa más de 15 minutos sin que parezca una mueca.
Ante esta tesitura y sin ninguna intención de darle oportunidad alguna al pánico escénico, dejo la mente en blanco, me desnudo por dentro de todo este equipaje anímico y me dejo caer al abismo de la creación en un maratón de tronos, espacios y santos de diversa índole y advocación.
La primera dificultad es abstraerte de tu mundo y de su ruido y ritmo diario para encerrarte en una nave, parada en el tiempo y varada en medio de un puerto, ante cinco pasos, cinco historias, cinco conceptos distintos del mismo dolor. Decidir su lenguaje, traducido a flores, diez días antes te impide vivir en la absoluta improvisación. Valor, para mí, fundamental en mi proceso creativo. Once traducciones para once tronos. Cada uno cuenta una episodio de la historia sacra. Es una especie de sucesión de imágenes en 3D que se desplaza por las calles para contar, sin excesiva literatura, a un público perdido en su vorágine de vida particular.
Mientras visten las imágenes de los tronos, descargamos millares de flores entre aromas de eucalipto y alhelí. Mi cabeza intenta optimizar recursos y tiempos para elaborar tan compleja tarea. Cada trono tiene una forma diferente de trabajarlo. Depende del tipo de historia o de imagen. Puede ser un trono de misterio, que recrea un suceso concreto del nuevo testamento, o un trono de pasión, donde se representa un Cristo. Puede ser una Virgen, cuyas flores suelen ser blancas o una imagen de una Santa, como la Santa Mujer Verónica, santa pero no virgen, entonces sus flores son de color. Escenas de campo, escenas de dolor, o de milagros. ¿Cómo trasladar todo esto a través de las flores?
Todo esto sería más fácil desde la fé, de la cual carezco desde hace muchos años, por lo menos tal y como la entiende la Iglesia Moderna ( lo de Moderna es totalmente irónico). Para mí no deja de ser un trabajo más cercano a la belleza plástica que la espiritual. Aun así, reconozco que no es lo mismo que crear un logotipo, o un anuncio. Es una manera de darle voz, de generar un lenguaje con el que te comunicas con el que observa los tronos en procesión, tanto desde la devoción como desde la posición de mero espectador de un fabuloso espectáculo de calle. Música, vestuario, velas, incienso, interacción entre público y elenco, decorados móviles, emoción, sufrimiento y exaltación. ¿Qué más se puede pedir?
Con todos estos condicionantes, me dejo caer en ese abismo del que hablaba y, mientras el aire araña mi frente y mi alma cae a la merced del viento, mi mente empieza a esbozar los palimpsestos florales de cada trono. Campo de calas que se entrelazan frente a la Samaritana. Hortensias y tulipanes para la Oración en el huerto. Multitud de colores y variedades para el milagro de la Mujer Verónica. Etc... La música de las marchas procesionales se escapa de un coche en esta nave sucia y destartalada, mezclandose entre romeros y olivos plantados por unos días.
Después de la primera etapa y cinco tronos superados, uno de los grandes retos. El Cristo del Mar. Afrontarlo supone enfrentame a mi memoria, a los recuerdos, a tantos Martes Santos donde mi admiración por el arte se quedaba prendida en esa red que colgaba de su cruz. A mi madre le debo la cultura de la Semana Santa. Procesiones, rincones, templos y saetas. Torrijas, churros a la vera de San Nicolas de madrugada, Silencio en la calle Labradores. Fervor desatado de gritos y color en Santa Cruz. Contención y elegancia en Santa María prendido en las alas de las palomas del manto de la Virgen de los Dolores. Viernes Santo en la Explanada viendo a la Verónica flotar sobre sus ondas con mis zapatos nuevos.
Y me cuelgo de mi visión particular de la tradición. Mi tradición, como yo la entiendo. Clavel rojo que se transforma en sangre. Tulipán que brota como brotaba el drama en los poemas de Lorca. Volumen para sentir el tacto del dolor con la mirada. Tensión roja sobre musgo verde para entender la pasión convertida en belleza.
Tras tejer este tapiz de miles de claveles rojos, cambiamos el tercio para volver a los origenes. De nuevo el Plá, de nuevo nuestros primeros tronos. Donde aprendimos a pinchar claveles, a contar historias bíblicas mezclando aromas. Allí me falta el aliento, allí me falta el ánimo porque no debo buscar en los recuerdos sino sobrevivirlos en cada esquina. No había llegado y ya la echaba de menos en su banco de hierro blanco pinchando flores sin ninguna necesidad de hacerlo más allá que la de sentirse participe de la efímera belleza que me ayudo a descubrir desde pequeño. Tres tronos más, tres historias. Alguna no lleva mi firma porque no me pertenece. Desde hace años solamente lo tocan las manos prodigiosas de Adriana aunque yo marque la pauta. Yo no podría narrarlo mejor de lo que ella lo hace. Y mientras repasas las últimas flores de estos tapices más modestos pero iguales de descriptivos, la música deja flotar su cadencia entre los ficus centenarios del MARQ.
Y llega la noche y nos encerramos ante la prueba de fuego. Mi trono favorito desde que tengo uso de razón. Por primera vez solos, ellos y nosotros, en Santa María. Ellos, Dolores y Juan, tallas de Castillo Lastrucci que generan emoción cuando las observas, cara a cara, en la distancia corta. Nosotros, profanos que trabajamos las flores para intentar hacerlos más bellos si cabe. No es la primera vez que me enfrento a este trono, pero nunca ha significado tanto para mí como esta noche. Sé que hoy debo rozar la perfección. Sé que se lo debo. Que tengo que contar, a través de esos claveles blancos, todo lo que siento cuando veo una levantá, o lo que pasa por mi mirada cuando gira las Monjas, o cuando sube Villavieja agonizando la cera entre sones de habanera. Emoción y belleza extrema. Es un sentimiento que, en mi caso por lo menos, no tiene nada que ver con la devoción pero sí con la tradicción y mi memoria personal. Es un patrimonio de mis sentimientos, tan respetables como el resto.
Y llegan las siete de la tarde y se abre el portón. Y por primera vez, en muchos años, estoy en la plaza de Santa María como cuando era níño para ver salir la procesión. Y tras las jambas barrocas suenan tambores que quiebran el bullicio anunciando al Cristo que sale estallando en color bajo el sol de la tarde. Y tras él, La Virgen de los Dolores y San Juan de la Palma se mecen, clonando la cadencia de las marchas, sobre los pasos cortos y disciplinados de sus costaleros. Y se adentran en el Barrio entre aromas de incienso, fresia y clavel. Y ante las Monjas, destilando su belleza extrema y contenida, se va al cielo por ella. Y en ese preciso momento entiendo que he ganado el reto. Que sido capaz de transmitir, a través de las alas de las orquideas blancas, la belleza del vuelo de nuestra memoria, flotando entre los sones de la música procesional.
jueves, 21 de abril de 2011
Momias y Patinadoras
Con la llegada de la primavera se ha disparado la actividad en esta ciudad, aletargada durante el frío y desapacible invierno. La semana pasada floreció la vida social con eventos culturales multitudinarios y otros de diversa índole con menos público y más caché.
Seleccionaremos tres selectas flores de este estupendo ramillete. Unos premios literarios colgados del Mediterráneo, una cita gastronómico-benéfica colgada del castillo y la inauguración de una exposición colgada de los misterios del pasado.
En primer lugar hablaremos de la Gala de los Premios Azorín de novela. Queda demostrado, después de asistir a este evento, que se puede convocar a un amplio listado de pesos pesados de la culturay sociedad civil alicantina sin la necesidad de envolver los montaditos en servilletas.
Una cena correcta y bien servida sirvió de marco para estos galardones literarios de amplia dotación económica. Ala luz de los libros de cera que iluminaban las mesas vimos departir a Lola Beccaría, Matilde Asensi, Ángeles Becerra, Vicente Magro, Carmen Galipienso, Moisés Jiménez, Margarita de la Vega y una infinidad de invitados ilustres y no tanto.
Pepa Fernández condujo el acto con soltura, a pesar de la falta de educación de muchos de los invitados, que como mayor logro se les podía atribuir el de ignorar a la presentadora. El galardón recayó en Begoña Aranguren, conocida periodista y exmujer de aristócrata difunto.
Aunque lo más divertido de la noche fue ver a ciertos periodistas de esta ciudad convertidos en patinadores. Uno por atribuir a la ganadora otros libros no escritos por ella(y es que Google no es siempre una fuente fiable) y otra porque no les dio tiempo a cambiarse de las Olimpiadas de Vancouver, donde debió realizar algún ejercicio, libre u obligatorio, en la modalidad de patinaje sobre
hielo.
Respecto a la jornada gastronómica organizada por Dani Frías y La Ereta, sólo aplausos, oles, oles y oles. Causa benéfica por los menos favorecidos en Haiti, éxito de público y buen rollo en la cocina. Chicos,parece que es verdad lo de las islas verdes. No debemos perder la esperanza.
Cierto es que los enigmas del antiguo Egipto son capaces de levantar a los vivos y a los muertos. El pasado viernes,más de 700 personas (calculen el amplio número de canaperos) se dieron cita en la inauguración de la esperada exposición sobre Seramon en el MARQ.
Momias a un lado y otro de las vitrinas. Algunas de las que caminaban resultaban bastante más inquietantes que las traídas de los museos franceses. Entre la penumbra requerida para la conservación de las piezas no cabe duda que más de uno se llevaría un susto de muerte. Y sin embalsamar.
Y mientras tanto, a ritmo de saetas y tambores, trompetas y olor a incienso, las calles de nuestra ciudad son un mar de pasos, capirotes y mantillas. No podemos negar que vivimos en una ciudad de contrastes. Al final, momias y patinadores.
DE MODA
Se dejan ver las damas de esta ciudad, en los diversos eventos que proliferan, con unos curiosos y elegantes collares de piedras combinados con borlones de seda o plumas y flores de nácar. Habrá que seguirles la pista por que prometen ser los complementos chic de esta temporada.
El look marinero triunfa de nuevo otra temporada spring-summer. Profusión de rayas horizontales americanas azules, y pantalones blancos. No olvidar una pincelada de rojo.
DE MODÉ
No se debe robar los centros de las mesas de un evento, a no ser que el anfitrión te invite a ello. No está bonito mancharse, con la esponja de las flores ni la cera de las velas, cuando uno se ha quitado el chandal para parecer una persona respetable. Otra cosa es si uno no se quita ni el chandal.
Ver las procesiones desde el quicio de la puerta de un pub, en el casco antiguo, con el gintonic en la mano. Una cosa es la no creencia y la otra es el no respeto a las de los demás. Además seguro que dentro te ponen cacahuetes y se escucha la música, del pub, mejor,
Seleccionaremos tres selectas flores de este estupendo ramillete. Unos premios literarios colgados del Mediterráneo, una cita gastronómico-benéfica colgada del castillo y la inauguración de una exposición colgada de los misterios del pasado.
En primer lugar hablaremos de la Gala de los Premios Azorín de novela. Queda demostrado, después de asistir a este evento, que se puede convocar a un amplio listado de pesos pesados de la culturay sociedad civil alicantina sin la necesidad de envolver los montaditos en servilletas.
Una cena correcta y bien servida sirvió de marco para estos galardones literarios de amplia dotación económica. Ala luz de los libros de cera que iluminaban las mesas vimos departir a Lola Beccaría, Matilde Asensi, Ángeles Becerra, Vicente Magro, Carmen Galipienso, Moisés Jiménez, Margarita de la Vega y una infinidad de invitados ilustres y no tanto.
Pepa Fernández condujo el acto con soltura, a pesar de la falta de educación de muchos de los invitados, que como mayor logro se les podía atribuir el de ignorar a la presentadora. El galardón recayó en Begoña Aranguren, conocida periodista y exmujer de aristócrata difunto.
Aunque lo más divertido de la noche fue ver a ciertos periodistas de esta ciudad convertidos en patinadores. Uno por atribuir a la ganadora otros libros no escritos por ella(y es que Google no es siempre una fuente fiable) y otra porque no les dio tiempo a cambiarse de las Olimpiadas de Vancouver, donde debió realizar algún ejercicio, libre u obligatorio, en la modalidad de patinaje sobre
hielo.
Respecto a la jornada gastronómica organizada por Dani Frías y La Ereta, sólo aplausos, oles, oles y oles. Causa benéfica por los menos favorecidos en Haiti, éxito de público y buen rollo en la cocina. Chicos,parece que es verdad lo de las islas verdes. No debemos perder la esperanza.
Cierto es que los enigmas del antiguo Egipto son capaces de levantar a los vivos y a los muertos. El pasado viernes,más de 700 personas (calculen el amplio número de canaperos) se dieron cita en la inauguración de la esperada exposición sobre Seramon en el MARQ.
Momias a un lado y otro de las vitrinas. Algunas de las que caminaban resultaban bastante más inquietantes que las traídas de los museos franceses. Entre la penumbra requerida para la conservación de las piezas no cabe duda que más de uno se llevaría un susto de muerte. Y sin embalsamar.
Y mientras tanto, a ritmo de saetas y tambores, trompetas y olor a incienso, las calles de nuestra ciudad son un mar de pasos, capirotes y mantillas. No podemos negar que vivimos en una ciudad de contrastes. Al final, momias y patinadores.
DE MODA
Se dejan ver las damas de esta ciudad, en los diversos eventos que proliferan, con unos curiosos y elegantes collares de piedras combinados con borlones de seda o plumas y flores de nácar. Habrá que seguirles la pista por que prometen ser los complementos chic de esta temporada.
El look marinero triunfa de nuevo otra temporada spring-summer. Profusión de rayas horizontales americanas azules, y pantalones blancos. No olvidar una pincelada de rojo.
DE MODÉ
No se debe robar los centros de las mesas de un evento, a no ser que el anfitrión te invite a ello. No está bonito mancharse, con la esponja de las flores ni la cera de las velas, cuando uno se ha quitado el chandal para parecer una persona respetable. Otra cosa es si uno no se quita ni el chandal.
Ver las procesiones desde el quicio de la puerta de un pub, en el casco antiguo, con el gintonic en la mano. Una cosa es la no creencia y la otra es el no respeto a las de los demás. Además seguro que dentro te ponen cacahuetes y se escucha la música, del pub, mejor,
La honorable y denostada profesión del Canapero
Al igual que han comenzado a subir las temperaturas, el pulso de nuestra vida social ha comenzado a incrementar su ritmo. Cuanta necesidad de ver y dejarse ver tiene esta ciudad.
Entre otros actos, ha abierto sus puertas, en los últimos días, un establecimiento superglamouroso de cocinas en la calle Pascual Blasco. Se acabará devolviendo, poco a poco, el empaque que nunca debió perder la Plaza de Correos para los alicantinos.
Hannibal Laguna ha desembarcado, de nuevo en la Cibeles Fashion Week, su glamour sofisticado y algo decadente inspirado en los 40, bajo el nombre de Gran Vía Swing, y con la presencia de famosas rubias del panorama nacional... y también del local.
En esta semana en que la actividad social de nuestra ciudad ha comenzado a despertar, no voy a dedicar la columna a nadie con nombres y apellidos “cotizados” si no a unos personajes de nuestra vida social sin los cuales los eventos no serían lo mismo.
En el infinito catálogo de actos sociales públicos, institucionales, culturales, o privados que se realizan en esta ciudad existe un, cada vez más, extenso grupo de personajes dedicados al estudio concienzudo de la trayectoria, composición y digestión del canapé. Los canaperos.
No es un oficio nuevo, nacido de las nuevas tecnologías. Ya recuerdo yo que por los años 80, cuando comenzaba a asistir a este tipo de eventos, existía una plantilla fija de canaperas en el Aula de Cultura de la CAM. Ataviadas con los últimos modelos de Saldos Arias y pintadas como un Seat Panda, controlaban perfectamente la trayectoria de cada una de las bandejas que aparecían por la sala de exposiciones, capturando toda pieza, viva o muerta, a su alcance.
Con el paso de los años, el aumento de salas de exposiciones y diversificación de actos, se han tenido que reciclar y profesionalizar. Un buen canapero compagina su profesión remunerada, por ejemplo, técnico de gestión de espacios comunes en inmuebles urbanos (véase portero), con su agenda, a veces más compleja que la de muchas primeras espadas de la beautiful people alicantina.
Es cierto que en esta sociedad alicantina, dividida entre las partidarias de los modelos de Roberto Cavalli y las de las chaquetas under-size de imposibles brocados, el canapero es un personaje fundamental para valorar el éxito de un evento social. Su número es directamente proporcional a la calidad del acto, tanto en la nómina de convocados como en la categoría de del ágape posterior. Un buen canapero es capaz de resistir una conferencia de hora y media sobre un plan estratégico provincial con el fin único de dar cuenta de las excelencias gastronómicas del catering del Papa Bueno.
Desde esta columna, quiero romper una lanza por estos abnegados profesionales y hacer una llamada a los responsables de la titulación de Relaciones Públicas y Protocolo de la UMH para que tengan en ellos un referente único para el estudio, la optimización y mejora del campo del catering de pequeño, medio y gran formato de nuestros eventos.
Y a los responsables de protocolo, tanto públicos como privados, les pido respeto hacia el ejercicio profesional concienzudo, entregado y casi siempre mal remunerado, del canapero. Cuanto pincho de tortilla precocinada de gran superficie y pan congelado con choppe han tenido que engullir hasta descubrir a Q-linaria.
DE MODA
Redescubrir los encantos culinarios de los 80 y 90 en la carta de La Barrita de Gabi. Especialmente para los nacidos en los 60.Vivan los grillos y las patatas flamingo.
DE MODÉ
Los trajes de chaqueta con camisa de manga corta. No es necesario parecer el encargado de un supermercado de tira cómica.
Las chaquetas under-size, o lo que se viene conociendo en el Campoamor como arrepretaita de más, Hace siglos que se inventó el corsé y las fajas para contener las exhuberancias de la carne.
Hay islas verdes en este mar triste y gris.
Por mis obligaciones profesionales, llevo toda la semana de punta a punta de la geografía nacional. Y tanto cambio en el paisaje me hace, irremisiblemente, caer en un feo vicio. La comparación.
La comparación es odiosa, sobre todo cuando uno sale mal parado. Los paseos matutinos por la Gran Vía de Madrid o por el Mercado de la Boquería de Barcelona la verdad que muy bien, muy bien no nos dejan. Las ciudades de las que hablo están vivas tremendamente vidas,terriblemente vivas..., para bien y para mal.
Miles de viandantes que se reflejan en cientos de escaparates donde las tendencias no se saben en que lado del cristal viven. Teatros, cines, salas de exposiciones, artistas callejeros.. un sinfín de propuestas inundan las arterias urbanas de la ciudad.
¿ Pero de algunas de ellas se podría hablar en plural en nuestra ciudad? Como mucho podemos hablar de teatro, en singular, cine, en singular, exposiciones, a veces en ningular.... y si esto lo trasladamos a la vida social, la oferta gastronómica o la moda la goleada sería en lo único en que nos pareceríamos a Madrid o Barcelona. Digo la que nos caería...
En nuestra pequeña ciudad, aunque a veces se nos olvide, no somos el ombligo del mundo y muchos se quedan en pelusilla de dentro del ombligo y, lo peor, sin darse cuenta.
Tenemos todo lo necesario para ser la sociedad puntera que nos corresponde. Un entramado social estructurado, espacio para el desarrollo de actividades culturales, lúdicas o gastronómicas y una actividad económica que permite el desarrollo y el mecenazgo de las mismas. Y nos ahogamos lentamente en un mar gris de desidia y muermo casposo.
Pero aún nos queda la esperanza. Hay algunas islas verdes en este charco en el que parece que sobrevivimos. Gente como Dani Frías y su equipo de la Ereta, que organizaron esta semana un encuentro culinario al que asistieron destacados cocineros del panorama local y nacional. Un gran sabor de boca le quedo a los comensales que asistieron, colgados de una de las mejores vistas de nuestra ciudad.
También ha desembarcado el retrato de George Clooney rodeado de dósís de café chic en el centro de nuestra ciudad, muy cerca de la zona situada entre la calle del Teatro, Paseo de Gadea, y las calles Castaños San Fernando, actual corazón de las islas verdes de nuestra ciudad.
En este corazón conviven Las Manolitas, La Barrita de Gabi, Bulthaup, Hugo Boss, Camper, Póete, Baby Underground, Azul Tierra, Trocadero y un montón de iniciativas de empresarios que se han cansado de tener que vivir escapadas dignas en otros mares urbanos. Un pulmón necesario para una ciudad enferma de aburrimiento.
Como haría alguna presidenta autonómica, llamo a la rebelión contra la caspa urbana, contra la dictadura de lo aburrido y lo que debe ser por que siempre ha sido así. Por que aprendamos a exigirnos más a nosotros mismos y ponernos el tacón a la primera de cambio. Tomemos nuestras terrazas a la par que lo hace el sol para darle glamour a nuestros mercados y pídanle a su frutero que ordene sus tomates y les de brillo, que nos alegrará la vida y la ciudad.
Una revolución con clase para desterrar ese mar gris de la indiferencia en el que nuestras islas verdes sueñas ser atalayas del cambio.
Más que guapa, guapa y guapa, que sea moderna, inquieta y con clase. Y viva, siempre viva.
DE MODA
Tomar el aperitivo en la Plaza de las Flores del Mercado Central. Lo chic no está reñido con lo tradicional.
Vuelve el retro calzado. El nuevo retorno viene de la mono de las míticas Paredes de la mano de los chicos de Fama... A bailar, viejas
DE MODÉ
Ser choni ya no está de moda. Se debería limitar por la Concejalía de Estética el uso de las botas blancas, el tirante de silicona y las esclavas en forma de guante con iniciales. ¿Hay alguna nesesidad?
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