martes, 15 de febrero de 2011

Probablemente ya de mí te has olvidado...

Suenan sones cubanos y despierta esa voz profunda, elegante y antiguamente moderna de Mª Dolores Pradera. Desgrana con sutileza una versión de Gloria Estefan.  Me sumerjo en los callejones de su melodía, mientras el reproductor de cd descubre cada uno de los temas de este disco de versiones de canciones de amor de ayer, de hoy y de siempre.

Siempre despierta imágenes su música en mí, Jazmines, mi madre, la elegancia de su hieratismo en el escenario, como si de una diosa antigua se tratase, su mirada de eternamente traviesa encarcelada en su porte digno y altivo. Olor a canela, su concierto en el Principal, melena rubia perfectamente peinada en moños de otro tiempo, Fernando Fernán Gómez. Sus gemelos de eterna e inmensa sonrisa.

Ya era mayor cuando yo era niño, y sigue siendo igual de mayor ahora que yo también lo soy. Ella permanece ajena al tiempo y a los avatares de la vida y la historia. Las canciones se convierten en obras de arte intemporales cuando se descuelgan suaves y aterciopeladas de sus labios. Flotan en el aire como pétalos de rosas que giran lentamente en el espacio congelado del tiempo inerte. Son belleza en estado puro y eterno. Ha alcanzado ese estado, que muy pocas artistas alcanzan, en el cual se es capaz de acuñar objetos, obras o canciones a las cuales no afecta el paso de los años. Tiene la habilidad de abrir las puertas de la eternidad con sus versos cantados.



Poco a poco, con la ayuda de Rosana, se cuelan suave y sin hacer daño en mis recuerdos, como solamente ellas saben hacer, mientras suenan los acordes de El día que se hizo tarde

Cada noche te esperaba
con las mismas ganas locas
de que llegaras temprano
de desarmarme en tu boca

y venías tú y la noche
y la noche y tú venía
a dejar que yo vertiera
en tu cuerpo fantasía.

... pero un día se hizo tarde
pensé que solo era eso
porque la noche sí vino y
no dejo de darme un beso.

un día, otro día y otro
de demostraron sin duda
que la noche es mejor que tú...
la noche es más fiel que oscura.

zarandeé los recuerdos
dando vueltas en la cama
y en una de tantas vueltas
me encontré la madrugada

de un salto me fui a buscarte
por donde solías venir
y te vi ¡maldito seas!
igual que te vi partir.

... un soplo de amor di al viento
por si te lo hacía llegar
pero hasta la misma brisa
se cansó de ir detrás

nunca supe los motivos
todavía los ignoro
y aunque no lo creas, ¡por Dios!
te juro que aun te añoro.

me abandono la cordura
cuando dejaste mi vida
como el tiempo a las paredes
así tu amor me hizo ruina.

... el día que se hizo tarde
pensé que solo era eso
porque la noche sí vino
y no dejo de darme un beso.



Poco a poco, mientras deja de sonar los últimos acordes de esta biografía interior, siento que, como si de los efectos de un bálsamo mágico se tratase, mis heridas más profundas y menos visibles cicatrizan con miel y almendra. Deja de doler todo aquello que pensaba que eternamente dolería antes de olvidarlo un día cualquiera. Se despierta en mí la sonrisa suave de la nostalgia dulce mientras se lía lenta su voz en el recuerdo de Ana Belén con aquellas miradas de la memoria y con el día posterior. Lía la cruceta de esta pobre marioneta entre lío y lío...

Siempre he dicho que mi vida no sería la misma sin mi banda sonora. Siempre he reconocido que tengo muchas más posibilidades de derrumbarme escuchando esas estrofas de.. Probablemente ya de mí te has olvidado y mientras tanto yo te seguiré esperando..., que de hacerlo delante de la mirada indiferente de aquel que sea capaz de protagonizarlas en la vida real.

Porque siempre he pensado que nuestra memoria no es más que un patchwork de imágenes, agradables y desagradables, de olores, sensaciones, sabores, versos y canciones. Retazos de películas prendidas en nuestra retina para siempre, caricias prendidas en nuestra piel que se eriza y sonroja con su recuerdo, personas prendidas en nuestro corazón.

lunes, 14 de febrero de 2011

Los Sentos y mi particular alfombra roja

Hoy, 14 de febrero, y de resaca por los premios Goya y los Bafta vamos a hablar de cine. No es que sea un gran entendido, ni un gran cinéfilo. Solamente me gusta el cine, como toda aquella disciplina creativa que ayude a recrear los sentidos y generar emociones.

Pero como llevamos varios post siendo demasiados serios e intimistas, hoy voy a desnudar otra faceta de mi interior. Las películas más detestadas. Las hay y muchas, de ahí mi intención de enumerar algunas y explicar mis razones. No pretende ser una guía de culto ni crear tendencia. Es una opinión personal e intransferible.

Para ello vamos a crear unos galardones irreales, pero con bastante mala leche. Los Sentos. Se preguntarán por qué los Sentos. ¿Y por qué no? Es una larga historia y un día que me pille animado la explicaré.

Bueno entre las nominadas de la historia del cine, comenzaremos por una de la que me tuve que salir del cine. Por primera vez en mi vida. Mi novia es una extraterrestre. Kim Bassinger y Dan Aykroyd. Sencillamente infumable. Para este tipo de creadores se debería aplicar la cadena perpetua y extraerle los ojos con una pala de hacer bolas de helado, para evitar tentaciones futuras.

Aquí huele a muerto. ¿Qué no los podrían haber matao a ellos antes de perpetrar semejante bazofia? Mira que siempre me parecieron ingeniosos Martes y Trece, pero todavía me recuerdo en la soledad de las butacas roídas del Carlos III, en la calle San Vicente, haciendo un pacto de sangre con mi amigo Fede, para no contar nada de esta patraña, y hacer que otros pagaran la entrada y no sentirnos como los únicos desgraciados que habíamos invertido en este despropósito. El pasado estaba de nuestra parte. No existía Internet, ni las descargas ilegales, ni la Sinde era Ministra.

Mi Padre. Olympia Dukakis, Ted Danson y Jack Lemmon. Patrocinada, al parecer, por Kleenex. Menudo pastel lacrimógeno y de dudable gusto. Que necesidad de recrearse en la agonía para intentar sacarle el lado bonito. La muerte es una putada y ya está.¡¡¡No la edulcoren, yankees!!! Ted Danson nunca debió salir de la barra de Cheers y Jack Lemmon estaba más digno vestido de mujer en Con faldas y a lo loco. Nunca en la vida he visto llorar a tanta gente de pago.

Yentl. Ese musical protagonizado, dirigido y producido por Barbra Streisand en los años 80. Pápa, Can you hear me? Gran frase donde las haya. No solo necesitaba la ayuda de su padre si no la de la ceguera mundial para que alguien se creyera que la Gran Barbra pudiera pasar por un joven judío cortándose sólo el pelo como Concha Velasco. ¿Y sus cejas depiladas? ¿Y su manicura perfecta? Y ese tono Arena del desierto nº 13 de Max Factor en sus parpados, totalmente increíble. Es más masculina Belén Estebán cuando se arregla. Grandes momentos ha dejado para el mundo del Karaoke Gay.



De la mano de la gran Barbra llegamos a otro de mis Tops. El príncipe de las Mareas. Cursi, cursi, cursi...donde no haya otra igual. Como destrozar la imagen de hombre rudo de Nick Nolte con aquella frase épica de "Abrázame, Lowenstein, que me siento morir..." ¿Qué te ha dado un infarto, mamarracho? No la puedo soportar sin tomarme algo que compense la subida de azúcar.

Llegamos a otro de mis queridos odiados cinematográficos. Clint Eastwood. Como actor ya me cuesta de tolerarlo, pero como director... Lo siento, no lo soporto. No he visto a nadie con una visión más descorazonada de la vida, una mirada tópica de la américa profunda y abandonada de la mano de la esperanza.

No soporto Los Puentes de Marisol. Si no estuviste en tu momento, pues te jodes y no vengas a marear la perdiz 25 años después. Total para nada. Para hacer de llorar y de llorar a una generación o varias de premestruales enamoradizas y sin callo en el corazón.

Menos soporto aún Million dollar Baby. Que necesidad de no cargársela en la primera pelea y tener que conocer el descarnado retrato de esa familia miserable y ese entrenador fracasado en esencia. No había ninguna explicación para meterse en ese montón de basura, bucear sin gafas y no sacar nada positivo.

Y su obra cumbre. Sin perdón. Ninguna película de la historia del cine mundial ha tenido un nombre mejor elegido. Sin perdón alguno. Lenta , tediosa, descorazonada y sin ningún tipo de gracia en rincón alguno de esas dos horas rodeadas de vaqueros mugrosos y desaliñados. Reconozco que el western no es uno de mis géneros favoritos pero desde luego esta es de las que menos ha contribuido a hacerme cambiar de opinión.
A los 5 minutos de cinta ya los habría frito yo a tiros al reparto, al director, guionistas adjuntos y gran parte del equipo técnico, para evitar que se prodigaran en secuelas.

Claro que, si hay una película que despierta en mí los peores instintos y desarrolla mi capacidad de inventar formas sádicas de tortura y aniquilación, esa tiene un nombre y se escribe en mayúsculas. TITANIC. No soporto la historia de amor entre clases  y cubiertas. No soporto al malo. No la soporto a ella de abuelita con el medallón que le partiría las cervicales. No soporto a la orquesta tocando mientras se hunden. No soporto que nadie encuentre las llaves de los candados que cierran las cadenas que atan las rejas que comunican las cubiertas de los pobres con las de los ricos. No soporto que se congelen aleatoriamente los supervivientes mientras permanecen en el mar helado y se vayan al fondo. Los muertos flotan.

Y sobre todo no soporto a Celine Dion interpretando el tema principal de la banda sonora. Ni soporto el vídeo. ¿Por qué nadie freno el barco y se cayó de boca cuando tenía los brazos en cruz y la melena al aire en la proa del Titanic? ¿Qué no se podía haber ahogado ella en vez de los niños? La escena hubiera arrancado enfervorizados aplausos en las salas de cine. No tengo ninguna duda.

Esta es una pequeña selección de mis películas odiadas. No pretendo que compartáis la opinión. Simplemente que conozcáis mi punto de vista personal sobre las mismas y arrancar una sonrisa en este día tan cursi

domingo, 13 de febrero de 2011

En días como hoy

En días como hoy, que la vida te juega malas pasadas, que eres consciente que los dioses y tus guionistas se han pegado una juerga a tu costa y que parece derrumbarse tu Partenón interior, en estos días precisas de una guía de emergencia para sobrevivir.

Mantener la calma ante todo.Esa postura gélida, un tanto autosuficiente, con desprecio hacía las afrontas del destino y que destila seguridad por los cuatro costados es una condición indispensable para afrontar estos reveses de la vida. Nunca se debe parecer derrotado, aunque nuestro interior clame clemencia.

Un paseo al sol en soledad. No tiene ningún fundamento físico pero, el contacto de nuestros pies, ya sea calzados o no, sobre la arena de la playa en época no estival genera una serenidad espiritual similar al del estado posterior al orgasmo deseado. Desacelera nuestros ritmos vitales, acentúa la visión positiva de las cosas y ayuda a organizar nuestras ideas como una bibliotecaria solterona y entregada a su trabajo. El sol del Mediterráneo tiene facultades terapéuticas incalculables en los temas de la razón y el corazón.

En este tipo de terapia es indispensable la soledad. Cualquier punto de vista externo puede desvirtuar el orden necesario de nuestro maltrecho interior.

Ahogar osos de peluche. Es importante saber canalizar nuestros instintos asesinos en situaciones de crisis. Nadie puede negar, y el que esté libre de pecado que se tire a si mismo una piedra, que en este tipo de encrucijadas se desarrolla en nuestro interior un asesino en potencia, capaz de perpetrar las más sádicas acciones.

Por el módico precio medio de 6,99 euros podemos ensañarnos con un oso de peluche hasta destriparlo, ahogarlo y arrancarle la cabeza de cuajo como terapia liberadora. Sin ningún coste adicional posterior más allá de barrer el relleno que vierta el cadáver del pobre osito. No es necesario redimir ninguna culpa frente a esta sociedad de moral farisea ni prestar servicios a la comunidad. Solamente tirar los trozos al cubo de basura correspondiente a la cadena de reciclaje. No es importante destrozar el oso si no poder reciclarlo convenientemente.

El vudú como venganza. No estoy muy puesto en la materia pero, reconozco que el mero hecho de poder descargar tus odios sobre una figurita de cera con un mechón de cabello del capull@ objetivo de la venganza a través de unos alfileres siempre me ha parecido sublime e interesante. Todas esas negras zumbonas en trance y el hechicero tan bien customizado le aportan una dosis de glamour a la venganza que la convierte en un hecho chic y muy cool. Vengarse en muy trendy.






Fangoria como banda sonora esencial. Nadie como Alaska y Nacho Canut ha sabido entender la quintaesencia de la puñalada trapera y de la sobreposición del espíritu con dignidad y cierta chulería. Hay temas míticos para estos momentos de retiro a los cuarteles de invierno, aunque sea al sol de la playa, con un Ipod bien seleccionado.

Esas biblias de la vida como Como pudiste hacerme eso a mí o A quién le importa resumen a la perfección el conglomerado de sentimientos que albergan momentos como estos. Otros temas como Gracias pero no, Descongélate o Cuestión de fe son poemários de culto en la reconstrucción de nuestro castillo interior. Imprescindible Miro la vida pasar. ¿Verdad, Vicente?

Bucear en el Vestidor. Ante las bofetadas de la vida, tu mejor Chanel. Y quince centímetros de tacón para pisar las lenguas envidiosas y las miradas que intentan atravesarte como dagas envenenadas. Nada como verse bien para sentirse mejor. Tus mejores galas por si hay que ir de entierro, esperando siempre que no sea el de uno, si no el de la victima del vudú.

Creo que estos son algunos apuntes básicos para llevar un domingo por la mañana, con cierta banalidad, de crisis existencial y caos interior. Besos para quien le sirva de flotador matinal.

sábado, 12 de febrero de 2011

Amor por obligación

Subo los escalones de dos en dos mientras me falta la respiración. Miro de una forma compulsiva las paredes, las puertas, los cristales, porque sé que huyo de algo y no quiero volver  mi mirada hacia atrás. Tras el portón grande de madera que da a la calle se esconde la amenaza. Aun así sigo sin sentirme seguro mientras, nervioso y con falta de tino, intento abrir la puerta de mi casa.

Un sudor frío me recorre la nuca y se apodera, poco a poco, de los poros de mi piel. El pulso ajetreado de mi bomba sanguínea descontrola mis actos y mi serenidad. Tiemblo en ausencia de control sobre mis actos. El miedo, o el pánico, se han apoderado de mi. No es una amenaza, es el verdadero motor del miedo atroz.

Todo comenzó hace unos días. En las radios, entre noticia y noticia, aparecían amenazantes mensajes que hacían presagiar lo peor. Estos salpicaban las páginas de los periódicos, se apoderaron de las pantallas de nuestros televisores. El pánico comenzaba a hacerse fuerte en mí.

Esta mañana no madrugué. No sonó mi despertador pues no tenía ninguna prisa a primera hora del día. Me despertó la caricia tibia del sol de la mañana. Al encender la radio, como todas las mañanas, la amenaza resurgió. 

Hice el firme propósito de obviarla durante, este, mi primer día de descanso desde hace bastante tiempo. Realicé mis rutinas matinales. Descifré mi acertijo diario frente a las perchas de mi vestidor y salí a la calle con destino a una reunión de trabajo que tenía fijada desde hace unos meses.

Mientras el taxi recorría en silencio el bullicio matinal de los sábados, yo iba preparando mentalmente mi reunión. Mi mirada atravesaba los cristales del vehículo sin reparar en ningún punto concreto, ni estático ni en movimiento. Al llegar al restaurante donde tendría lugar la cita me dí cuenta que había caído en la trampa mortal del día de hoy.  Hoy, 13 de febrero, Cena de los enamorados. 

De pronto, el pánico renace de nuevo en mí. La piel me empieza a picar sin motivo aparente. De nuevo ese sudor frío de las cosas que me repelen. Lo siento. No soporto este día ni las celebraciones cursis y moñas que conlleva. Mucho menos el afán consumista que genera la obligación de estar enamorado esta noche. ¿Y el resto del año no cuenta? ¿O ese amor tiene menos valor si no estamos rodeados de corazones rojos de purpurina, velas del chino de la esquina y cava barato?



Tras la reunión, todo a mi alrededor estaba inundado, ya, de estúpidos corazones de cartulina y cierto olor dulzón a capítulo final de culebrón venezolano. El centro comercial donde he ido a comprar, la panadería y sus absurdas tartas en forma de corazón, los escaparates de las floristerías, donde cuesta cuatro veces más regalar una flor hoy por obligación que dentro de 15 días por que realmente te apetece. Así todo el dañado entramado comercial, que pretende respirar algo con la ayuda de la más estúpida de las celebraciones. La celebración del amor por obligación.

Mientras callejeo por mi antiguo barrio, pienso en este tipo de festividades comerciales que, por obra y gracia de la publicidad y El Corte Inglés, pueblan nuestro calendario, forzándonos a consumir para demostrar sentimientos. ¿Acaso se miden estos por el precio de un perfume o por la cuenta de un restaurante?¿Te quieren más por el largo de un tallo de una rosa, que lo hace más cara y exclusiva pero no más bella ni romántica que una minúscula margarita que regalas un día porque sí?

Nunca he creído en las demostraciones públicas y forzosas de los sentimientos. No necesito del refrendo público para que estos corran por mis venas con la misma fuerza que pretenden los creativos que lo hagan por el interior de los veinte segundos que dura el anuncio de los bombones de Lindt para el día de San Valentín. Creo abiertamente en demostrar que se quiere en cada gesto, en cada mirada, cada amanecer y mientras los parpados te vencen en la noche mientras recibes las caricias del ser amado.

Se abren las puertas de Mercadona y me adentro creyéndome a salvo del bombardeo pastelero del día. Craso error. Al pasar entre los murales de la carne empaquetada, suena "Hoy es el día de los enamorados..." y, tras este estribillo que forma parte del imaginario nacional y casposo, la voz de la señorita Puri de turno que nos recuerda la posibilidad de adquirir lotes de perfumería, bombones u otra vez esas absurdas tartas con forma de corazón.¡¡ Coño, que maten al panadero!! Sí, por hortera y cursi. Una tarta en forma de corazón con merengue rosa y foundant de chocolate. Tiene hasta cierta pinta pornográfica, casi de burdel de carretera. Por eso debe tener tanto éxito entre el público masculino de determinada generación. Y es que somos animales de costumbres.

Este bombardeo de cultura consumista, moña y de dudoso buen gusto convierte el aire casi en irrespirable en este laberinto de góndolas expositivas, conservas de marca blanca, murales de frío y pilas de botes de refresco. Quiero correr hacia terreno seguro, hacía algún sitio donde no cuelguen del techo con hilo de pescar esos espantosos corazones de cartulina rojo valentino. Pago lo más rápido que puedo. Como siempre, las bolsas de supermercado se me resisten para poder meter mis compras. Es una de mis abundantes deficiencias. No estoy programado genéticamente para conseguir abrir esas malditas bolsas de plástico blanco a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera.....

Ahora aquí me encuentro, cerrando el pestillo de mi casa, respirando entrecortado con mi espalda derrumbada sobre la puerta e intentando borrar de mi mente esta jornada de visiones infernales. 

Y es que todo este efecto abrasador y destructivo se acrecienta de modo exponencial cuando careces de pareja, de amor correspondido o, por lo menos, de relación estable para el público e inestable para el corazón. Ninguno tenemos la necesidad de que nos lo recuerden de forma machacona durante semanas. Somos conscientes de nuestro contrato de arrendamiento con la soltería, o aún peor, en algunos casos con la soledad. 

No hay ningún derecho a esta lapidación sentimental en público de aquellos que no tienen a quien comprarle la estúpida tarta de burdel o la rosa de tallo infinito y carísimo. Un poquito de consideración con los parados del corazón, que nosotros carecemos de subsidio y prestación social.




domingo, 6 de febrero de 2011

Dos trenes y un destino

Siempre me ha gustado observar las escaleras mecánicas mientras las uso. Nacen, te montas y desaparecen para volver a renacer de una manera cíclica e infinita.

Mientras miro su continuo devenir voy adentrándome en la estación de Luceros. Me dirijo a Dénia con mi bolsa de viaje, algún libro, mi tarjetita y mi Ipod cargado de un sinfín de música. La aventura de recorrer la costa, en este tren con vocación de metro de capital de provincias, es cuanto menos temeraria. Me esperan más de tres horas de estaciones, transbordos, esperas en cruces y paisajes. Paciencia y buena compañía llevo de sobra.

Sábado por la tarde y el fin de semana por delante. Todo para nosotros dos, solos nosotros dos.

Parecemos dos desconocidos. Apenas nos miramos mientras elegimos donde sentarnos en el vagón continuo de este tren. Yo siempre con los cascos puestos y sumergido en mis canciones. Él siempre observando todo lo que sucede a su alrededor, satisfaciendo su necesidad de tenerlo todo controlado, sin espacio para la sorpresa. Las detesta. Desde bien pequeño se le queda cara de pez ante cualquier situación que aparezca de repente y le haga perder el control de su mundo próximo.


Nuestras miradas se cruzan en escasas ocasiones a lo largo del trayecto. Yo me pierdo en mi nefasta decisión de darle a la opción de Aleatorio en mi selección musical. Los dioses, tanto los de un lado del Mediterráneo y los del otro, se han ensañado enlazando, una con otra, canciones que llevan cosidas en sus estrofas retales de mis derrotas, fotos descoloridas de los buenos momentos... Un baño de melancolía para una mente que se pierde con mi mirada en los reflejos dorados del atardecer sobre las agujas de hormigón y cristal de Benidorm.

Mientras, él, controla el equipaje, la subida y bajada de pasajeros, el tiempo que se tarda en cada estación, las rutinas del revisor y el tiempo estimado del recorrido entre cada etapa del viaje. Nada debe quedar al azar. Podría haberme dado cuenta antes de pulsar aceptar en Aleatorio.

Transbordo hacia Dénia en una caduca estación a la sombra de los rascacielos de segunda división. Otro tren, otro paisaje. Viajamos en paralelo nosotros dos, el mismo destino, el mismo vagón, tan lejos el uno del otro. Naranjos, pinadas, otras calas, tan lejos de la yerma costa del primer tramo. Dos viajes, dos paisajes, dos miradas, un destino.

Tras recorrer las calles del casco antiguo, siguiendo la senda de la vieja muralla, llegamos al hotel. Un viejo caserón con varios siglos de historia y una más que cuidada rehabilitación. Destila buen gusto por sus muros de piedra, entre los árboles de dulce aroma del privado vergel que es su exclusivo jardín. Diseño y un punto justo de locura, no reñida con su sabor a pueblo. Por primera vez en todo el viaje, sonreímos a la vez. No son necesarias las palabras para saber que compartimos la misma sensación de paz.

Un baño relajante sin prisas. Un descubrir juntos, uno a uno, los detalles minuciosos que esconde la habitación. Más allá de la ventana se encuentra un convento de clausura que contagia el aire de sencillez y sosiego.  Dentro de la estancia, cada vez menos distancia, menos abismo entre los dos sin la necesidad de intercambiar deseos y reproches. Un espacio para la tranquilidad.

Una cena honesta en un espacio acogedor y bien atendido. nuestras manos dibujan abstracciones sobre el mantel con las migas del pan. Yo hago balance, él mira su Blackberry. En el espacio público, distancia infinita en una mesa para dos.

En la habitación la estancia se hace inmensa, el aire se torna denso y busco refugio en la programación. Cayetana Guillén Cuervo presenta Teresa, de Ray Loriga. Una historia de una monja para una retiro interior y personal. La búsqueda de uno mismo mientras recorro con mi mirada los versos y la perfecta lección de historia del arte que supone esta película.

Y despacio, pero con paso firme, como la voluntad de Teresa de Ahumada, me entremezclo con mi igual. Se disuelven nuestras fronteras para fundirse en uno solo, la distancia se vuelve recuerdo, una broma irónica. Por primera vez en todo el viaje, dejamos de ser dos para ser uno a la vez. Y descubro la belleza sosegada de la paz interior a los dos lados de la pantalla mientras mis ojos deciden dar por concluida la jornada. Una jornada, dos trenes, dos miradas, una paz.

Despierto, mientras seguimos siendo uno, por la caricia suave del sol de Febrero. Me revuelvo en un mar de sabanas blancas, cojines y tranquilidad. Me siento cómodo sin la dualidad tensa de ayer. Me siento bien siendo yo mismo por primera vez. Me siento pleno.

Devoramos a la par el desayuno,con la alegría que da la comida sin artificios, sin farsas. Un paseo, bajo un sol con aroma a mar y primavera adelantada, entre las callejuelas serenas del casco antiguo.Hacemos fotos, disfrutamos de la música, de la esencia de una mañana de domingo cualquiera. Callejeamos al mismo ritmo, al mismo paso descubrimos los llamadores de las viejas puertas, las huellas del tiempo que cuentan historias similares a la mía en las paredes pintadas una y mil veces. Me sigo sintiendo bien.

Recogemos el equipaje. Desandamos la senda de la muralla hacia la estación sin distancia aparente entre nosotros. Ni física ni anímica. Subimos al tren, y conecto mi Ipod mientras él deja la bolsa en la balda superior del vagón. Me siento fuerte al volver a elegir Aleatorio en la selección de canciones. Y es que por primera vez he descubierto que somos uno. Llegamos dos. Mi yo público y mi yo privado. Por primera vez soy sólo yo. Un viaje, 2 trenes y solo yo.

Me alegro de haber venido conmigo mismo. Necesitaba descubrir que, en determinados momentos, soy mi mejor compañía.

jueves, 3 de febrero de 2011

La increíble posibilidad de dudar

Este año el invierno viene frío. Grandes nevadas paralizan ciudades. Grandes movilizaciones erosionan a los dictadores. Este año el invierno viene duro. Te sientas bajo tu manta preferida en el sofá, con una taza caliente de ColaCao, a contemplar por la ventana de plasma los estragos de las noticias de las 9. Cada sorbo disuelve la inquietud que generan las mismas en tu interior. Te sientes seguro en tu castillo personal. Te sientes protegido de las inclemencias de este tiempo.

Te quedas mirando más allá de los cristales del mirador, con la vista perdida en algún lugar entre el faro de Santa Pola y Alejandría, mientras saboreas el calor liquido que abrazas con tus dedos fríos y huesudos. Respiras lento y profundo, dejando que el aroma del cacao invada tus vías respiratorias, mientras intentas encontrar un porqué a este convulso enero.

Arrugas los dedos de tus pies, protegidos por unos calcetines de lana grises y gordos, a la vez que recoges tus piernas en tu regazo hasta hacerte una pelota en un rincón del sofá. Te sientes seguro siendo una pelota envuelta en tu manta preferida.



Y la voz entrecortada de un corresponsal desgrana las escaramuzas diarias de los manifestantes. Un reportaje tras otro se alimenta el pesimismo vital frente a este duro invierno. Mientras tanto escuchas, con cierta desidia, como quien escucha un relato ficticio y monótono. Y te abstraes del exterior para regocijarte en tu interior con aroma de cacao, convertido en laberinto personal por la postura fetal que has ido adoptando poco a poco.

Y te vas dando cuenta de la suerte que tienes, a pesar de no dejar de pensar que todo podría ir a mejor. Y descubres que te sientes bien, a pesar de sentir el espacio vacío que resta en tu sofá casi como una afrenta personal. Y reconoces que eres un tipo con suerte, aunque no dejes de plantearte que de otra forma todo podría ser mejor.

Y es que precisamente ahí esta tu suerte. En poder decidir si te quedas como estas o saltas del sofá para buscar una aventura diferente, ni mejor ni peor pero si diferente. En poder poner en duda que lo que tienes no es la mejor opción, porque existen más opciones donde elegir. En poder reinventarte en cada momento.

Porque al otro lado de la ventana de plasma, o de los cristales del mirador, en ese punto perdido entre Santa Pola y Alejandría hay cientos de miles de personas que solo tienen una opción. Ponerse en pie y luchar por lo que creen, luchar por lo que es suyo y que otros han usurpado por ansia de poder. Solo les queda enfrentarse a la vida a tumba abierta mientras tú los observas con desgana, desde el sofá, con tu ColaCao caliente entre los dedos. No tienes derecho a poner en duda tu suerte. Tu tienes la posibilidad de dudar.

martes, 1 de febrero de 2011

La nostalgia de los minutitos de gloria inexistentes

Dicen que el invierno y las noches frías son propicias para afianzar parejas, al igual que la Nochevieja para formarlas.Tan cierto como que las Fiestas populares las destruyen, como también pasa con las alegres noches veraniegas.

Llevo días rebanándome los sesos con una cuestión totalmente banal pero que me está amargando la existencia. Cayó en mis manos, de una forma casual, un bono para un fin de semana en hotel con encanto. La panacea para cualquier pareja de tortolitos. El regalo ideal para compartir con la persona amada. La peor pesadilla para alguien que no la tiene, o acaba de terminar con lo más parecido a una que ha tenido en el último lustro.

Y es que no te das cuenta de lo duras que son algunas decisiones hasta que cae en tus manos un cartoncillo de estos que parece decir "Vale por unos minutitos de gloria, podrás parar el tiempo" y que agria llega a saber la gloria compartida con uno mismo, en soledad, y que largo es el tiempo congelado cuando se está solo, mirando por la ventana, con la cabeza apoyada en el quicio en vez de en un hombro.

De repente, he descubierto en mi tan valorada independencia una grieta de añoranza, de desprecio a esta autoimpuesta soledad. Durante un tiempo he huido del compromiso de formar algo que sea más sólido que una relación efímera como la llama de un fósforo.Siempre he apostado por la opción más difícil, la apuesta más arriesgada. Aquella que tenía nulas posibilidades de florecer, de prosperar en el espacio y en el tiempo. Siempre he elegido el peor momento y la más compleja ubicación geográfica.

Como si de un experimento de química avanzada se tratara, me he empeñado desde hace muchos años en demostrar, con escaso o nulo éxito, que la distancia no es una variable que afecte a las relaciones de pareja. Quizás era una forma de no comprometerme de una manera muy axfisiante a compartir mi proyecto vital con alguien. Quizás no es nada más que otra manera de huir de la posibilidad de desastre diario y de los estragos del  dolor posterior.


Pero no deja de ser una condena a priori al fracaso casi seguro. No hay nada más complicado que construir algo inmaterial con 500 kilómetros de por medio. Sin el roce diario, sin la confianza ciega, sin la fuerza que da compartir las cosas, las buenas y las malas. Es una misión imposible edificar la casa común sobre las endebles plumas de los recuerdos, de los residuos de breves encuentros que nos empeñamos en estirar como el chicle en los dilatados espacios de tiempo de ausencia mutua.

Y si la distancia no era suficiente, me encanta apostar por los proyectos complicados. Debo haber sido en otra vida, en la coetánea con los dioses griegos y egipcios, redentor de causas perdidas o pescador de almas. Vamos, que tengo yo perfil de personaje bíblico de superproducción de Hollywood de los 50. Soy como un Espartaco de los que no tienen nada claro en la vida, un Ben-Hur de los que les encanta entrar en barrena en los infiernos, arrasando con todo y a todo aquel que se cruce en su camino o se empeñe en salvarlo, sin que medie petición previa.

¿Pinta bien, verdad? Y si a este combinado le añades un poco de mi dosis de Géminis puro, pues obtienes una bomba de relojería. Soy voluble, me canso pronto de la monotonía, creativo, con una doble personalidad, una pública y una privada, perfectamente delimitadas y diferenciadas, etc.

Con lo cual, aquí me hallo, golpeando mi cabeza contra mi escritorio de Ikea, mientras intento descifrar cual es la solución correcta a mi situación y con quien compartir este maravilloso fin de semana en un hotelito con encanto.¿Quizás deberé descubrir que no tiene nada de malo el encanto de disfrutarlo conmigo mismo?

Hay algo que me dice que esta no es la respuesta correcta. Hay algo que me dice que no es la respuesta, que en mi interior algo que se debe parecer a un corazón, en el fondo espera.