El calor se convierte en una segunda piel, liquida y molesta. El verano se empeña en hacerse cada día más presente. Las tardes acortan su vida, ajenas a los termómetros y al molesto sonido de los pasos que se arrastran de vuelta a casa. Las defensas físicas y anímicas son débiles en momentos como estos. Caldo de cultivo para la nostalgia de otros veranos, otras pieles y otros calores.
Quién no ha tenido un amor de verano? Quién no ha perdido la noche con un montón de besos, abrazos y otras cosas en una playa desierta o en un era del pueblo de los abuelos, alejados lo suficiente de esas constelaciones de bombillas incandescentes y música de segunda regional perpetrada por algo similar a una orquesta que vive en una furgoneta. Pero el verano termina y esos amores de tinto de verano, bermuda, bicicleta y batita fresquita duran lo que duran.
Muchas veces no coinciden los tiempos ni los espacios en este tipo de relaciones. Trayectorias vitales que se cruzan en una verbena de pueblo, en las fiestas de la urbanización de turno o en un descanso vacacional, lejos del hábitat natural. Intereses diferentes el resto del calendario separan irremediablemente las flechas de Cupido y los corazones destinatarios. Y es que duran lo que duran los sudores estivales, que siempre deseamos terminar durante las caléndulas veraniegas y luego, en el duro invierno, no dejamos de añorar.
Aquellas que sobrepasan las puertas del otoño, se esfuerzan en superar las uvas y las campanadas, esa otra cita para las historias efímeras de los sentidos y los sentimientos. Y algunas superaran el siguiente verano, otras uvas y otro verano.
Y pasan los años y se van dejando historias y cadáveres por el camino. Encuentros y desencuentros de caminos imposibles, paralelos o tangentes. Cicatrices que confieren el mapa de nuestra memoria, que duelen los días de lluvia o en esos que te cruzas con alguien de un modo casual y desafortunado, por obra y gracia de nuestros guionistas.
Y en ese preciso momento te empeñas en hacer balance del porqué de las tangencias y las cicatrices. En plantear supuestos improbables de lo que pudo haber sido y no fue. Y se te pasa por la cabeza la peregrina idea de si pudo haber sido, por qué no va a ser ahora. Y despiertas los calores de aquella noche de verano, con la esperanza de borrar arrugas, cicatrices y rutinas actuales en pos de antiguas esperanzas y emociones.
Pero también vuelven los desencuentros, las traiciones, las malas noches sin dormir de tormenta e invierno, exterior e interior. Y le das el valor que tienen a tus arrugas y a tus cicatrices. Y descubres de repente que en ti no queda nada de quien estuvo en aquella playa o en aquella verbena. Solo el recuerdo de aquellas estrellas de luz incandescente que colgaban sobre la plaza. Y no te reconoces en esos anhelos sino en tus rutinas. En tus deseos de torcer la linea de una historia que nosotros mismos hemos escrito y en la que no no sentimos precisamente cómodos.
Y miras por la ventana en una noche sofocante y sin estrellas, viajando por el tiempo como si de una caída al vacío se tratase. Y te ves hecho sudor, risas, besos y nudos de brazos y piernas. Y piensas mientras tu seguro de vida, otoño tras otoño, dormita en el sofá con años de más y pelos de menos, con el mando sobre el muslo. Y yo que estaba muy por él.
La mirada diferente de una vida real, con una dosís de acidez justa para dejar una sonrisa en el lector. Como el vinagre resalta el punto dulce de las fresas.
lunes, 22 de agosto de 2011
jueves, 18 de agosto de 2011
La paz
La paz es un concepto etéreo, dificil de definir y cuantificar. Algo a lo que aspira la humanidad desde el principio de los tiempos, el mismo que lleva intentando destruirla en todo momento. Hay muchos conceptos o formas de paz. La paz mundial, la paz eterna, la paz que nos damos en misa, la paz Padilla... Pero a mí solo me interesa un concepto, que es sobre el que voy a hablar, la paz interior.
Esta es la que conlleva un estado de ánimo de satisfacción plena, carente de preocupaciones, donde no se tiene en cuenta ni el pasado ni el presente. Es ese momento donde no existe el momento y el tiempo. Solo existe ese vacío mullido y luminoso que es la paz interior.
Este estado se descubre de repente, dentro de un vaso de leche por la mañana, el cual remueves sin ninguna prisa y con el único objetivo de conseguir endulzar el desayuno, mientras te rodea un intenso olor a pan tostado. Pan en el que deseas untar de un modo cadencioso y con cierto desdén, un trozo de mantequilla amarilla que servirá de lecho al dibujo caprichoso con el que te diviertes al dejar caer la mermelada, roja e intensamente densa, con una cucharilla de café huérfana de cuberteria.
También lo puedes hallar entre los cantos rodados de la orilla de un río, prácticamente virgen. Entre ellos, como las hojas caídas y el musgo, se deposito esa paz que puede hacer de confortable colchón mientras te pierdes en las páginas de un libro, al cual tratas como un amante reciente y codiciado. El sonido armónico de las pequeñas cascadas, sobre las piedras tatuadas de verdín y valientes rayos de sol que desafían la férrea bóveda de ramas generosas y altivas, te acompaña dándole ritmo y armonía a tu lectura. Parece imposible comprender el movimiento elegante e impercetiblemente continuo de la naturaleza en un momento en el cual creemos que el tiempo se ha detenido de pura inutilidad en nuestras vidas.
Flota también la paz en los aromas de moras que ascienden sinuosos y coquetos hasta nuestra nariz, mientras deshaces, dedicado y paciente, el azúcar blanca sobre el puré denso y nazareno que quiere ser mermelada. La cadencia de la cuchara en el interior del dulce futuro y generoso desafía a la ausencia de premura en mis actos presentes y futuros y descubro mi sonrisa en el reflejo cristalino del aspirante a golosina.
Solo el canto del gallo kiriko la quiebra en ese momento, casi diminuto, previo a que la casa se despierte. Ese instante en que el paisaje es postal y escenario. Eres foto y escultura en medio de la inmensidad verde de cien mil matices, solamente quebrada por el desafío centenario de la solida iglesia y las pinceladas de tejados toscos y rojizos. El cielo se descuelga, cambiando a cada segundo, para seguir siendo idénticamente bello. Enmarañado entre las hayas y lo castaños, se deshilacha su madeja de algodón líquido e inconsistente.
Solo en ese momento, diminuto y eterno, en que el mundo se para para arrollarte con un tsunami de belleza intangible y, a la vez, tan cierta, solamente en ese momento eres capaz, por unos breves segundos, de descubrir ese estado de elevación y bienestar interior. Ese instante en el que el mundo no importa, ni nada ni nadie tiene cabida en ese espacio que alberga nuestra corporalidad. Es una especie de comunión con uno mismo que se convierte en una explosión de energía interior que recarga nuestras baterías de un modo súbito y placentero.
Extiendes los brazos y la sonrisa más allá de donde nunca pensaste que podrías llegar. Miras al vértice del valle que te guarda perezoso mientras se quiebra el sol en sus crestas grises. El aire fresco te levanta unos centímetros del suelo, depositandote en los aromas dulzones del tejo que da sombra a la casa. Sólo tú. Tú y el paisaje. El cielo deshilachado y tu alma, tranquila y levemente sonriente. El tiempo detenido y la paz, interior e intransferible.
Esta es la que conlleva un estado de ánimo de satisfacción plena, carente de preocupaciones, donde no se tiene en cuenta ni el pasado ni el presente. Es ese momento donde no existe el momento y el tiempo. Solo existe ese vacío mullido y luminoso que es la paz interior.
Este estado se descubre de repente, dentro de un vaso de leche por la mañana, el cual remueves sin ninguna prisa y con el único objetivo de conseguir endulzar el desayuno, mientras te rodea un intenso olor a pan tostado. Pan en el que deseas untar de un modo cadencioso y con cierto desdén, un trozo de mantequilla amarilla que servirá de lecho al dibujo caprichoso con el que te diviertes al dejar caer la mermelada, roja e intensamente densa, con una cucharilla de café huérfana de cuberteria.
También lo puedes hallar entre los cantos rodados de la orilla de un río, prácticamente virgen. Entre ellos, como las hojas caídas y el musgo, se deposito esa paz que puede hacer de confortable colchón mientras te pierdes en las páginas de un libro, al cual tratas como un amante reciente y codiciado. El sonido armónico de las pequeñas cascadas, sobre las piedras tatuadas de verdín y valientes rayos de sol que desafían la férrea bóveda de ramas generosas y altivas, te acompaña dándole ritmo y armonía a tu lectura. Parece imposible comprender el movimiento elegante e impercetiblemente continuo de la naturaleza en un momento en el cual creemos que el tiempo se ha detenido de pura inutilidad en nuestras vidas.
Flota también la paz en los aromas de moras que ascienden sinuosos y coquetos hasta nuestra nariz, mientras deshaces, dedicado y paciente, el azúcar blanca sobre el puré denso y nazareno que quiere ser mermelada. La cadencia de la cuchara en el interior del dulce futuro y generoso desafía a la ausencia de premura en mis actos presentes y futuros y descubro mi sonrisa en el reflejo cristalino del aspirante a golosina.
Solo el canto del gallo kiriko la quiebra en ese momento, casi diminuto, previo a que la casa se despierte. Ese instante en que el paisaje es postal y escenario. Eres foto y escultura en medio de la inmensidad verde de cien mil matices, solamente quebrada por el desafío centenario de la solida iglesia y las pinceladas de tejados toscos y rojizos. El cielo se descuelga, cambiando a cada segundo, para seguir siendo idénticamente bello. Enmarañado entre las hayas y lo castaños, se deshilacha su madeja de algodón líquido e inconsistente.
Solo en ese momento, diminuto y eterno, en que el mundo se para para arrollarte con un tsunami de belleza intangible y, a la vez, tan cierta, solamente en ese momento eres capaz, por unos breves segundos, de descubrir ese estado de elevación y bienestar interior. Ese instante en el que el mundo no importa, ni nada ni nadie tiene cabida en ese espacio que alberga nuestra corporalidad. Es una especie de comunión con uno mismo que se convierte en una explosión de energía interior que recarga nuestras baterías de un modo súbito y placentero.
Extiendes los brazos y la sonrisa más allá de donde nunca pensaste que podrías llegar. Miras al vértice del valle que te guarda perezoso mientras se quiebra el sol en sus crestas grises. El aire fresco te levanta unos centímetros del suelo, depositandote en los aromas dulzones del tejo que da sombra a la casa. Sólo tú. Tú y el paisaje. El cielo deshilachado y tu alma, tranquila y levemente sonriente. El tiempo detenido y la paz, interior e intransferible.
lunes, 8 de agosto de 2011
Él siempre fue aquel
Las ocho. Mierda. Ya se me ha hecho tarde. Corro sobre el suelo de cemento envuelto en una toalla blanca que milagrosamente no cae, víctima de las prisas y la gravedad. Vaporizo mi cuerpo con mi colonia favorita, mezclandose con la humedad que se ha quedado prendida en mi piel tras la ducha. Casi a la vez, me enfundo en unos vaqueros y una camisa de popelin, tratando de sobrellevar el calor con cierta dignidad. No llego.
Abro la puerta de la calle, a la vez que el calor húmedo de esta ciudad me abofetea. Tras estas desagradable sensación me espera María. Lleva una gran cartulina blanca que llama poderosamente mi atención. Pienso "y eso?" Ella, con esa agilidad mental que le caracteriza y que la ha convertido en gurú y faro, dijo "vamos a hacer un cartel que diga TEMAZO". Mi cara era un poema. Un cartel en un concierto de Raphael? Estamos locos? Comenze a reirme de un modo que no recordaba. Era absolutamente genial. Un Todo a 100 y dos rotuladores facilitaron el proyecto.
Mientras nos dirigíamos al punto de encuentro en el tranvía, confeccionamos el cartel ante una mezcla de estupor y sonrisa maliciosa del resto del pasaje. Por una cara rezaba el mensaje consensuado. TEMAZO. Por la otra un tópico. I love Raphael. Jejeje. Me sentía como ese niño que prepara un travesura con la esperanza de escribir una página dorada en su curriculum de pequeño demonio. Todo pintaba bien. Hoy puede ser mi gran noche, tarareábamos como un mantra festivo.
Tras juntarnos todos y picar algo, rumbo a las ruinas de Lucentum. Se puede interpretar como una ironía. Raphael en Lucentum. Contemporáneos? Siempre tuve, de pequeño, cierta repulsión hacia el personaje. Su modo de cantar, sus aspavientos, su declamación casi circense. Me generaba un rechazo próximo a la vergüenza ajena. Con los años fui acostumbrandome a escucharlo sin verlo y descubrí sus letras y ciertos temas de culto que se alojaron en mi fonoteca emocional.
Ahora aquí sentado, donde se supone que nació esta ciudad, veo como va desgranando una a una las canciones de su repertorio. Nuestra motivación y el cartel nos dieron mucha cancha durante el recital. El público, entre molesto y cómplice, soportaba nuestra efusividad próxima a los gropies de los 70. Perdimos la cuenta de los temazos interpretados en un viaje entre sus clásicos, los del tango, el bolero y la ranchera. Viaje interpretado bajo su personalísima visión, que se podría definir con aquel titular que la prensa americana le dedicó a la gran Lola Flores. Ni sabe cantar ni sabe baile , pero no se la pierdan.
En este caso, no es que el señor Martos no sepa cantar. Su voz es un torrente explosivo y sorprendente, que encauza, a veces, de un modo poco ortodoxo rozando el gallo de corral. Sus filigranas y cabriolas vocales superan en mucho las que le atribuyen sus imitadores. Él mismo parece su propia copia encima del escenario. Sus idas y venidas, entre el despecho y la divinidad, arengan a las masas de seguidores, provocando en nosotros mismos la elevación a los cielos, por enésima vez, de nuestra demostración de devoción en forma de cartulina de proporciones importantes.
Claro está, que dada su edad y su género, sus ejércitos bastante tienen con aplaudir. La edad media se alejaba bastante de la nuestra, acercándose más a nuestra esperanza de vida, creo yo. Sus fans pasan verdaderos apuros para cantar sus hits, a requerimiento del artista, sin que corra peligro de extravío la dentadura postiza, así como otro tipo de prótesis o intervenciones de restauración y contrachapado.
Tras dos horas y media de entrega total en doble dirección, suenan los acordes del tema que le llevó a Eurovisión, en tiempos del tio Paco y la tele en blanco y negro. Yo soy aquel.
Yo soy aquel que cada noche te persigue
Yo soy aquel que por quererte ya no vive,
El que te espera, el que te sueña
El que quisiera ser el dueño de tu amor...
Y desde la grada, en un éxtasis propio del celo conventual, a una sola voz, el publico responde
Y estoy aquí, aquí para quererte,
Estoy aquí, aquí para adorarte,
Yo estoy aquí, aquí para decirte,
Que como yo, nadie te amoooooo........
Nunca pensé que perdería la voz en un sitio así. Ni en el planteamiento más rocambolesco. Y aquí estamos, seis que parecemos pegados con fixo al reparto de la clac, disfrutando de cartel y de esta comunión con una España en la que no veo retratado, de la que no me siento ni parte ni contra.
Por fin esta noche he comprendido esa extraña fascinación que siempre sintió Alaska.
Abro la puerta de la calle, a la vez que el calor húmedo de esta ciudad me abofetea. Tras estas desagradable sensación me espera María. Lleva una gran cartulina blanca que llama poderosamente mi atención. Pienso "y eso?" Ella, con esa agilidad mental que le caracteriza y que la ha convertido en gurú y faro, dijo "vamos a hacer un cartel que diga TEMAZO". Mi cara era un poema. Un cartel en un concierto de Raphael? Estamos locos? Comenze a reirme de un modo que no recordaba. Era absolutamente genial. Un Todo a 100 y dos rotuladores facilitaron el proyecto.
Mientras nos dirigíamos al punto de encuentro en el tranvía, confeccionamos el cartel ante una mezcla de estupor y sonrisa maliciosa del resto del pasaje. Por una cara rezaba el mensaje consensuado. TEMAZO. Por la otra un tópico. I love Raphael. Jejeje. Me sentía como ese niño que prepara un travesura con la esperanza de escribir una página dorada en su curriculum de pequeño demonio. Todo pintaba bien. Hoy puede ser mi gran noche, tarareábamos como un mantra festivo.
Tras juntarnos todos y picar algo, rumbo a las ruinas de Lucentum. Se puede interpretar como una ironía. Raphael en Lucentum. Contemporáneos? Siempre tuve, de pequeño, cierta repulsión hacia el personaje. Su modo de cantar, sus aspavientos, su declamación casi circense. Me generaba un rechazo próximo a la vergüenza ajena. Con los años fui acostumbrandome a escucharlo sin verlo y descubrí sus letras y ciertos temas de culto que se alojaron en mi fonoteca emocional.
Ahora aquí sentado, donde se supone que nació esta ciudad, veo como va desgranando una a una las canciones de su repertorio. Nuestra motivación y el cartel nos dieron mucha cancha durante el recital. El público, entre molesto y cómplice, soportaba nuestra efusividad próxima a los gropies de los 70. Perdimos la cuenta de los temazos interpretados en un viaje entre sus clásicos, los del tango, el bolero y la ranchera. Viaje interpretado bajo su personalísima visión, que se podría definir con aquel titular que la prensa americana le dedicó a la gran Lola Flores. Ni sabe cantar ni sabe baile , pero no se la pierdan.
En este caso, no es que el señor Martos no sepa cantar. Su voz es un torrente explosivo y sorprendente, que encauza, a veces, de un modo poco ortodoxo rozando el gallo de corral. Sus filigranas y cabriolas vocales superan en mucho las que le atribuyen sus imitadores. Él mismo parece su propia copia encima del escenario. Sus idas y venidas, entre el despecho y la divinidad, arengan a las masas de seguidores, provocando en nosotros mismos la elevación a los cielos, por enésima vez, de nuestra demostración de devoción en forma de cartulina de proporciones importantes.
Claro está, que dada su edad y su género, sus ejércitos bastante tienen con aplaudir. La edad media se alejaba bastante de la nuestra, acercándose más a nuestra esperanza de vida, creo yo. Sus fans pasan verdaderos apuros para cantar sus hits, a requerimiento del artista, sin que corra peligro de extravío la dentadura postiza, así como otro tipo de prótesis o intervenciones de restauración y contrachapado.
Tras dos horas y media de entrega total en doble dirección, suenan los acordes del tema que le llevó a Eurovisión, en tiempos del tio Paco y la tele en blanco y negro. Yo soy aquel.
Yo soy aquel que cada noche te persigue
Yo soy aquel que por quererte ya no vive,
El que te espera, el que te sueña
El que quisiera ser el dueño de tu amor...
Y desde la grada, en un éxtasis propio del celo conventual, a una sola voz, el publico responde
Y estoy aquí, aquí para quererte,
Estoy aquí, aquí para adorarte,
Yo estoy aquí, aquí para decirte,
Que como yo, nadie te amoooooo........
Nunca pensé que perdería la voz en un sitio así. Ni en el planteamiento más rocambolesco. Y aquí estamos, seis que parecemos pegados con fixo al reparto de la clac, disfrutando de cartel y de esta comunión con una España en la que no veo retratado, de la que no me siento ni parte ni contra.
Por fin esta noche he comprendido esa extraña fascinación que siempre sintió Alaska.
jueves, 4 de agosto de 2011
La bendición vacacional
Hoy el calor es más calor que cualquier otro día. Se derrite sobre las fachadas de la ciudad como el helado que abandona el niño caprichoso tras vencer la batalla. El tiempo ha dejado de existir como una variable a tener en cuenta. Casi se marcan los ritmos según la ley de la Selva. Hambre, sueño y otras necesidades que no aportan ritmo a la literatura y, sin embargo, son imprescindibles.
Hoy el botón del despertador no salta a su hora de rutina. La voz de los informativos no se mezcla con la claridad del día como cada amanecer. Mis ojos se abren, acostumbrados a su rutina diaria, para ceder lentamente a los cantos de la pereza. Nada corre prisa más allá de lo que a uno le apetezca que suceda en cada preciso momento. Es la primera mañana de las vacaciones.
Cuando recupero mi conciencia me encuentro colgado de las vigas de madera que atraviesan mi mirada. Mi mente funciona a una velocidad lenta pero continua. No tiene ninguna necesidad de forzar la máquina, como lo hace de corriente a estas alturas de la jornada. Mis movimiento son extensos y lentos. Como si de un coreografía de danza contemporánea se tratase, evoluciono sobre las sábanas de mi cama, dibujando figuras abstractas de piel y algodón. Disfruto de mi propio despertar.
Descubro sonidos que creí que ya no existían en las rutinas de la ciudad. Las persianas, los pájaros revoloteando en el patio, la señora que tararea mientras cuelga la colada húmeda con la ayuda de esas pinzas de madera que tanto me han fascinado desde pequeño. En mi infancia eran un codiciado juguete que sustraíamos, bajo riesgo de castigo, de la cesta de la galería. La radio se apodera del espacio geométrico de otro hogar esta mañana. Escucho la caricia dei mis piernas sobre el tejido de mi dormitorio.
Vago por la casa, escaso de ropa y de ideas. Abro la nevera y descubro el reflejo de su luz sobre el sudor que se desliza por mi pecho. Es lo que tiene no madrugar en agosto. Cojo una pieza de fruta fresca. Me despierta del todo el crujir de la pera bajo mis dientes. Su abundante jugo resbala por mi comisura hasta mezclarse con el sudores mi barba. Mis movimientos carecen de la agilidad necesaria para evitar el vertido refrescante y dulzón. Sal y azúcar. Sorprendente mezcla inesperada en mi mentón.
Decido, mientras tiro los restos de la pieza de fruta a mi cubo de basura, rojo, metálico y retro, que hoy es un buen día para no hacer nada. Nada más allá de sobrevivir a este bochorno que se ha apoderado lentamente del salón. El aire se mantiene estático, casi denso. La brisa debe estar de vacaciones esta semana. Dicen que se fue a la sierra, para que a los bañistas no les molesten las olas, que les arranca el aceite de coco y los bikinis de carrefour. Cuesta respirar, incluso avanzar a través de esta calma chicha que veranea en mi loft, sin permiso ni compasión.
Me tumbo de nuevo bajo la partitura huérfana que configuran las vigas de mi techo. Pierdo el tiempo con mi iPad mientras evito pensar en nada que pueda parecer inteligente. Acaricio mi cuerpo, de un manera mecánica y lenta, como prueba del comienzo de un estado de felicidad que anhelaba desde hace meses. Me descubro tarareando lentamente una de mis canciones favoritas, de la cual no intento ni siquiera recordar la letra. Solo detengo mi ausencia de actividad cerebral para pensar, con un incipiente sonrisa en mi boca, que cuanto tiempo hacía que necesitaba recuperar este estado de inactividad física y emocional.
Por fin, llegaron las vacaciones. A mi mente y a mi cuerpo. A mi cabeza y a mi corazón. Si fuera creyente, digamo que me encontraría en estado de levitación, propio de la bendición del altísimo. En este caso las altísimas son las vigas y la levitación inexistente aunque deseada.
Hoy el botón del despertador no salta a su hora de rutina. La voz de los informativos no se mezcla con la claridad del día como cada amanecer. Mis ojos se abren, acostumbrados a su rutina diaria, para ceder lentamente a los cantos de la pereza. Nada corre prisa más allá de lo que a uno le apetezca que suceda en cada preciso momento. Es la primera mañana de las vacaciones.
Cuando recupero mi conciencia me encuentro colgado de las vigas de madera que atraviesan mi mirada. Mi mente funciona a una velocidad lenta pero continua. No tiene ninguna necesidad de forzar la máquina, como lo hace de corriente a estas alturas de la jornada. Mis movimiento son extensos y lentos. Como si de un coreografía de danza contemporánea se tratase, evoluciono sobre las sábanas de mi cama, dibujando figuras abstractas de piel y algodón. Disfruto de mi propio despertar.
Descubro sonidos que creí que ya no existían en las rutinas de la ciudad. Las persianas, los pájaros revoloteando en el patio, la señora que tararea mientras cuelga la colada húmeda con la ayuda de esas pinzas de madera que tanto me han fascinado desde pequeño. En mi infancia eran un codiciado juguete que sustraíamos, bajo riesgo de castigo, de la cesta de la galería. La radio se apodera del espacio geométrico de otro hogar esta mañana. Escucho la caricia dei mis piernas sobre el tejido de mi dormitorio.
Vago por la casa, escaso de ropa y de ideas. Abro la nevera y descubro el reflejo de su luz sobre el sudor que se desliza por mi pecho. Es lo que tiene no madrugar en agosto. Cojo una pieza de fruta fresca. Me despierta del todo el crujir de la pera bajo mis dientes. Su abundante jugo resbala por mi comisura hasta mezclarse con el sudores mi barba. Mis movimientos carecen de la agilidad necesaria para evitar el vertido refrescante y dulzón. Sal y azúcar. Sorprendente mezcla inesperada en mi mentón.
Decido, mientras tiro los restos de la pieza de fruta a mi cubo de basura, rojo, metálico y retro, que hoy es un buen día para no hacer nada. Nada más allá de sobrevivir a este bochorno que se ha apoderado lentamente del salón. El aire se mantiene estático, casi denso. La brisa debe estar de vacaciones esta semana. Dicen que se fue a la sierra, para que a los bañistas no les molesten las olas, que les arranca el aceite de coco y los bikinis de carrefour. Cuesta respirar, incluso avanzar a través de esta calma chicha que veranea en mi loft, sin permiso ni compasión.
Me tumbo de nuevo bajo la partitura huérfana que configuran las vigas de mi techo. Pierdo el tiempo con mi iPad mientras evito pensar en nada que pueda parecer inteligente. Acaricio mi cuerpo, de un manera mecánica y lenta, como prueba del comienzo de un estado de felicidad que anhelaba desde hace meses. Me descubro tarareando lentamente una de mis canciones favoritas, de la cual no intento ni siquiera recordar la letra. Solo detengo mi ausencia de actividad cerebral para pensar, con un incipiente sonrisa en mi boca, que cuanto tiempo hacía que necesitaba recuperar este estado de inactividad física y emocional.
Por fin, llegaron las vacaciones. A mi mente y a mi cuerpo. A mi cabeza y a mi corazón. Si fuera creyente, digamo que me encontraría en estado de levitación, propio de la bendición del altísimo. En este caso las altísimas son las vigas y la levitación inexistente aunque deseada.
lunes, 1 de agosto de 2011
Hoy, casi un año despues.
Hoy es 1 de agosto. Ecuador estival. Tiempo de playa y paella, bermuda y hawaianas de colores. El tiempo pasa más despacio a estas alturas del cuento. Se disuelven las horas sobre el asfalto que vibra, como hijo del volcán, bajo el sol. Nuestros ritmos vitales se aletargan, al igual que las filias y las fobias. Es verano, y todo da un poquito igual.
Dejas caer tu cuerpo sobre el sillón de mimbre, siguiendo la cabeza la caida unas décimas de segundo más, como reclamando sobre ella la lluvia sensual de una regadera. Envuelta en ropas de lino blanco, tu cuerpo se esparce generoso y tranquilo mientras el sudor se abre camino por la cara interior de tus muslos hacia esos tobillos curvilineos y escultóricos. Tu mano mece, cansina, un abanico de madera blanca con desdén. Sobre esa pequeña mesa moruna del jardín se derrite, sensual, un mojito generoso en azúcar y hierbabuena. Nada entra ni sale de tu mirada, que yace relajada bajo tus parpados adormecidos. Nada es más importante bajo este sol y esta brisa que el baile sinuoso de las palmeras.
Mientras imagino el estado ideal de una tarde de verano, hago recuento de lo acaecido en estos meses, casi un año ya. Fue una tarde de verano tardio. Se agotaba Agosto como los polos de hielo bajo el sol. Decidí volver a escribir sobre el blanco luminoso de la pantalla, mientras se balanceaban, rítmicas, las cortinas de lienzo de mi salón. Tenía la necesidad de escribir, de desgranar mi visión de la vida entre palabras que intentaban encadenar relatos coherentes. Y me perdí entre los colores luminosos y transparentes de las cucharillas del helado.
Han pasado tantas cosas y tan diversas durante estos 11 meses, que no creo recordar un espacio de tiempo tan convulso y corto en mi vida. Cuando comence a escribir este blog estaba perdido y ahogado, como en una piscina de chalet bien donde no me quería ahogar. Me recordaba al cadáver de Willian Holdden flotando en la casa decadente y casi en ruinas de esa excesiva Gloria Swanson. Mi mundo. envidiable y sólido para muchos, se derrumbaba por dentro y necesitaba gritarlo. Aunque fuera a través del fluir convulso del teclado de mi ordenador. Precisaba dejar de esconderme y decir no. Esto no me gusta, esto no lo quiero. Necesitaba hilvanar un discurso coherente con mis sentimientos, para que yo mismo me pudiera comprender y conocer mejor.
Muchos han sido los temas y los acontecimientos. A veces los segundos se han reflejado, evidentemente, en los primeros. A veces estos últimos, de un modo inquietante y sorprendente, han sido premonitorios de los segundos. Este desierto infinito de luz blanca que es la pantalla antes de albergar un nuevo post ha sido la mejor medicina, el más duro e inquietante abismo al que enfrentarse y mi fiel confesor y guardian de mis glorias y miserias.
Me conozco mejor. Me he dejado conocer, ni mejor ni peor, pero lo he permitido, incluso por primera vez para muchas personas. He enfrentado en muchas ocasiones a mi Yo privado con mi Yo público. Me he enfrentado, desde cada uno de ellos a mis cuentas pendientes con la Vida, mis guionistas y los Dioses griegos y egípcios. Me he enfrentado conmigo mismo como nunca antes había sido capaz de hacerlo.
Y creo que he salido victorioso. Aunque con heridas y cicatrices que aún duelen las noches de tormenta. Tengo la sensación de despertar de una noche de jarana memorable, con una resaca que deja entrever, entre los visillos nebulosos de la memoria confusa, una sucesión de acontecimientos. Unos banales, otros trascendentales para el resto de esta historia. Laberintos emocionales de los que uno mismo intenta escapar sin ningún interés por encontrar la salida. Caidas al vacio que no somos capaces de controlar hasta el momento en que gritamos, de un modo silencioso y rotundo, ¡¡Basta!! y el suelo de baldosas blancas y negras vuelve, de inmediato, bajo tus pies. Una travesia por un desierto personal rodeado de gente, a los que miras sin ver y que te observan sin mayor interés.
121 desnudos después. Alguno sin ningún artificio y untado de verdad. Otros desde la mirada más banal y desenfadada, pero cargados se ese sabor agridulce que tiene esta Vida en la distancia corta. Unos como grito silencioso para poder seguir respirando cuando el dolor o la perdida me asfixiaban contra mi propio pecho, ahogandome en mar de lágrimas que no han sido capaces de nacer para liberarme de mi propia tragedia. Todos yo, todos verdad.
Y hoy, 1 de agosto, derrumbado en la cadencia de mi pensamiento dormido al sol, intuyo que todo esto ha merecido la pena. Suspiro fuerte y lento, con cierto aire de satisfacción, y pienso "Así soy yo, que le voy a hacer, si me gusta o no sé ser de otra manera"
Dejas caer tu cuerpo sobre el sillón de mimbre, siguiendo la cabeza la caida unas décimas de segundo más, como reclamando sobre ella la lluvia sensual de una regadera. Envuelta en ropas de lino blanco, tu cuerpo se esparce generoso y tranquilo mientras el sudor se abre camino por la cara interior de tus muslos hacia esos tobillos curvilineos y escultóricos. Tu mano mece, cansina, un abanico de madera blanca con desdén. Sobre esa pequeña mesa moruna del jardín se derrite, sensual, un mojito generoso en azúcar y hierbabuena. Nada entra ni sale de tu mirada, que yace relajada bajo tus parpados adormecidos. Nada es más importante bajo este sol y esta brisa que el baile sinuoso de las palmeras.
Mientras imagino el estado ideal de una tarde de verano, hago recuento de lo acaecido en estos meses, casi un año ya. Fue una tarde de verano tardio. Se agotaba Agosto como los polos de hielo bajo el sol. Decidí volver a escribir sobre el blanco luminoso de la pantalla, mientras se balanceaban, rítmicas, las cortinas de lienzo de mi salón. Tenía la necesidad de escribir, de desgranar mi visión de la vida entre palabras que intentaban encadenar relatos coherentes. Y me perdí entre los colores luminosos y transparentes de las cucharillas del helado.
Han pasado tantas cosas y tan diversas durante estos 11 meses, que no creo recordar un espacio de tiempo tan convulso y corto en mi vida. Cuando comence a escribir este blog estaba perdido y ahogado, como en una piscina de chalet bien donde no me quería ahogar. Me recordaba al cadáver de Willian Holdden flotando en la casa decadente y casi en ruinas de esa excesiva Gloria Swanson. Mi mundo. envidiable y sólido para muchos, se derrumbaba por dentro y necesitaba gritarlo. Aunque fuera a través del fluir convulso del teclado de mi ordenador. Precisaba dejar de esconderme y decir no. Esto no me gusta, esto no lo quiero. Necesitaba hilvanar un discurso coherente con mis sentimientos, para que yo mismo me pudiera comprender y conocer mejor.
Muchos han sido los temas y los acontecimientos. A veces los segundos se han reflejado, evidentemente, en los primeros. A veces estos últimos, de un modo inquietante y sorprendente, han sido premonitorios de los segundos. Este desierto infinito de luz blanca que es la pantalla antes de albergar un nuevo post ha sido la mejor medicina, el más duro e inquietante abismo al que enfrentarse y mi fiel confesor y guardian de mis glorias y miserias.
Me conozco mejor. Me he dejado conocer, ni mejor ni peor, pero lo he permitido, incluso por primera vez para muchas personas. He enfrentado en muchas ocasiones a mi Yo privado con mi Yo público. Me he enfrentado, desde cada uno de ellos a mis cuentas pendientes con la Vida, mis guionistas y los Dioses griegos y egípcios. Me he enfrentado conmigo mismo como nunca antes había sido capaz de hacerlo.
Y creo que he salido victorioso. Aunque con heridas y cicatrices que aún duelen las noches de tormenta. Tengo la sensación de despertar de una noche de jarana memorable, con una resaca que deja entrever, entre los visillos nebulosos de la memoria confusa, una sucesión de acontecimientos. Unos banales, otros trascendentales para el resto de esta historia. Laberintos emocionales de los que uno mismo intenta escapar sin ningún interés por encontrar la salida. Caidas al vacio que no somos capaces de controlar hasta el momento en que gritamos, de un modo silencioso y rotundo, ¡¡Basta!! y el suelo de baldosas blancas y negras vuelve, de inmediato, bajo tus pies. Una travesia por un desierto personal rodeado de gente, a los que miras sin ver y que te observan sin mayor interés.
121 desnudos después. Alguno sin ningún artificio y untado de verdad. Otros desde la mirada más banal y desenfadada, pero cargados se ese sabor agridulce que tiene esta Vida en la distancia corta. Unos como grito silencioso para poder seguir respirando cuando el dolor o la perdida me asfixiaban contra mi propio pecho, ahogandome en mar de lágrimas que no han sido capaces de nacer para liberarme de mi propia tragedia. Todos yo, todos verdad.
Y hoy, 1 de agosto, derrumbado en la cadencia de mi pensamiento dormido al sol, intuyo que todo esto ha merecido la pena. Suspiro fuerte y lento, con cierto aire de satisfacción, y pienso "Así soy yo, que le voy a hacer, si me gusta o no sé ser de otra manera"
domingo, 31 de julio de 2011
En tránsito
El traqueteo del tren parece una letanía en un velatorio de pueblo, en una tarde calurosa de verano. Un número elevado de vagones lo convierte en un gran gusano mecánico que se desplaza sobre los railes relleno de miles de personas, relleno de miles de historias.
En las épocas estivales el exceso de equipaje desborda las estanterias habilitadas y los pasillos. Cientos de bultos se amontonan, de distinto volumen y color, con distinto destino y contenido, pero todos capaces de contar un parte de la historia que mueve en este tren a sus propietarios.
Hay gentes de todo tipo. Extranjeros y españoles. Urbanitas y gente del campo, jóvenes y ancianos. Cada uno con su historia y su destino. Destino ferroviario y destino en la vida. Muchos de ellos tan solo se cruzaran en este tren, nunca más en la vida volverán a coincidir. Algunos, muy pocos posiblemente, coincidirán en el futuro de una manera más decisiva en su vidas. Otros recorren este viaje y el de la vida juntos, desde hace tiempo y con esperanzas de seguir haciéndolo en otro trenes que la Vida les ponga en el camino.
Mi vicio de observador innato me hace colgarme, durante ratos más largos de lo que la prudencia considera inadecuado, del la rutina del resto de pasajeros. Esa pareja joven de enfrente, supongo que con destino a Valencia. Ella lee ensimismada, mientras a ratos sale de su letargo par contemplar alguna escena de la película que ponen por las pantallas. Escucha a través de los cascos la historia desgarrada de un matrimonio francés en el día de su 15 aniversario, mientras se entremezcla con su lectura. Su cuerpo descansa, levemente seseante sobre la butaca, mientras su pareja, él, se encuentra reclinado sobre sus propias rodillas leyendo publicaciones profesionales. Llevan tiempo juntos y no es la primera vez que viajan juntos también, pienso para mí.
Me distraigo por los movimientos ampulosos y bruscos de un británico de porte hercúleo y entrado en años. Se encuentra incomodo en el vagón, incluso diría que en el país. Se ha descalzado y ocupa más espacio del que le otorga la educación y las buenas maneras. Observa a todo el mundo como un ave rapaz expectante. Sus giros de cabeza son contundentes y clava su mirada como buscando un presa. Mientras, ella, su acompañante, duerme enroscada sobre si misma, envuelta en su indumentaria deportiva, inadecuada para su edad. Su rubía melena lisa y uniformemente adiestrada se balance hacía la izquierda con el movimiento del tren, como intentando disuadir al acompañante de los constantes intentos de sacarla del sueño, con absurdos comentarios en un inglés bastante burdo. Casi como su físico, emborronado por antiguos tatuajes de carácter militar que se disuelven bajo las extremidades velludas.
Gente que duerme, que se resigna por la distancia y la incomodidad. Gente que actúa con un cierto gesto de desagrado en la mirada, propio del que se cree superior y fuera de su espacio merecido. Gente que mira el teléfono móvil con tristeza después de un conversación inesperada. Gente que cree que todo el monte es orégano y molesta, sin molestaras en reparar en lo desagradable de su actitud, a sus vecinos de tránsito. En fin, gentes. Dispares, diversas, con educaciones y principios distintos. Con objetivos en la vida distantes, como los puntos que une el tren. Con historias personales e intransferibles, como los billetes.
Mientras el movimiento constante se refleja sobre el calmo mar, con destellos provocados por la puesta de sol, la vida sigue constante. Dentro y fuera de este tren. Dentro y fuera de este mundo. Dentro y fuera de mi mismo. Todos vivimos en constante tránsito, acompañados de centenares de compañeros anónimos que se cruzan, comparten y varían nuestro camino.
En las épocas estivales el exceso de equipaje desborda las estanterias habilitadas y los pasillos. Cientos de bultos se amontonan, de distinto volumen y color, con distinto destino y contenido, pero todos capaces de contar un parte de la historia que mueve en este tren a sus propietarios.
Hay gentes de todo tipo. Extranjeros y españoles. Urbanitas y gente del campo, jóvenes y ancianos. Cada uno con su historia y su destino. Destino ferroviario y destino en la vida. Muchos de ellos tan solo se cruzaran en este tren, nunca más en la vida volverán a coincidir. Algunos, muy pocos posiblemente, coincidirán en el futuro de una manera más decisiva en su vidas. Otros recorren este viaje y el de la vida juntos, desde hace tiempo y con esperanzas de seguir haciéndolo en otro trenes que la Vida les ponga en el camino.
Mi vicio de observador innato me hace colgarme, durante ratos más largos de lo que la prudencia considera inadecuado, del la rutina del resto de pasajeros. Esa pareja joven de enfrente, supongo que con destino a Valencia. Ella lee ensimismada, mientras a ratos sale de su letargo par contemplar alguna escena de la película que ponen por las pantallas. Escucha a través de los cascos la historia desgarrada de un matrimonio francés en el día de su 15 aniversario, mientras se entremezcla con su lectura. Su cuerpo descansa, levemente seseante sobre la butaca, mientras su pareja, él, se encuentra reclinado sobre sus propias rodillas leyendo publicaciones profesionales. Llevan tiempo juntos y no es la primera vez que viajan juntos también, pienso para mí.
Me distraigo por los movimientos ampulosos y bruscos de un británico de porte hercúleo y entrado en años. Se encuentra incomodo en el vagón, incluso diría que en el país. Se ha descalzado y ocupa más espacio del que le otorga la educación y las buenas maneras. Observa a todo el mundo como un ave rapaz expectante. Sus giros de cabeza son contundentes y clava su mirada como buscando un presa. Mientras, ella, su acompañante, duerme enroscada sobre si misma, envuelta en su indumentaria deportiva, inadecuada para su edad. Su rubía melena lisa y uniformemente adiestrada se balance hacía la izquierda con el movimiento del tren, como intentando disuadir al acompañante de los constantes intentos de sacarla del sueño, con absurdos comentarios en un inglés bastante burdo. Casi como su físico, emborronado por antiguos tatuajes de carácter militar que se disuelven bajo las extremidades velludas.
Gente que duerme, que se resigna por la distancia y la incomodidad. Gente que actúa con un cierto gesto de desagrado en la mirada, propio del que se cree superior y fuera de su espacio merecido. Gente que mira el teléfono móvil con tristeza después de un conversación inesperada. Gente que cree que todo el monte es orégano y molesta, sin molestaras en reparar en lo desagradable de su actitud, a sus vecinos de tránsito. En fin, gentes. Dispares, diversas, con educaciones y principios distintos. Con objetivos en la vida distantes, como los puntos que une el tren. Con historias personales e intransferibles, como los billetes.
Mientras el movimiento constante se refleja sobre el calmo mar, con destellos provocados por la puesta de sol, la vida sigue constante. Dentro y fuera de este tren. Dentro y fuera de este mundo. Dentro y fuera de mi mismo. Todos vivimos en constante tránsito, acompañados de centenares de compañeros anónimos que se cruzan, comparten y varían nuestro camino.
jueves, 28 de julio de 2011
La vuelta de la tortilla
Hay veces que la vida da giros insospechados y, de la mano de extrañas piruetas del destino, te sienta con antiguos enemigos, a compartir mesa y mantel. En los momentos previos a esa cumbre gastronómica, tu pasado se proyecta sobre las paredes amarilleadas de tu memoria como si de una película muda se tratase.
De pequeño nunca fuí el Capitán Trueno. Solamente me refugiaba en él las tardes de verano, sentado en el suelo de cemento de la segunda planta de la casa de Polop, releyendo sus viñetas, una y otra vez, que Mila almacenaba cuidadosamente en el viejo aparador de distribuidor. Entre el suave mecer de las hojas de los almendros y las higueras, me imaginaba aventuras lejanas con los protagonistas de este cómic.
Siempre fuí un niño canijo y enfermizo. Mi piel blanquecina estaba salpicada de una cantidad considerable de pecas, que yo detestaba. Nunca tuve facilidad para los deportes y me costaba relacionarme en igualdad de condiciones con mis compañeros de generación. Siempre me movía entre mayores, me resultaban más interesantes. Era un buen observador, con espíritu de esponja. Esta inferioridad de edad me privaba de la personalidad propia, Siempre era el hermano de, el vecino de, el hijo de. Yo no existía como ente autónomo. Era un niño frágil y dependiente.
Esta condición me hacía totalmente vulnerable. Diana fácil para la crueldad infantil y motivo de mofa simplona para aquellos que ya se creían adultos. Nunca me gustó ser juguete de ninguna feria y, mucho menos, bote a derribar de un pelotazo en una caseta cutre y oportunista. No recuerdo mi infancia como una etapa feliz, ni especialmente productiva para mi persona.
Solamente me sentía cómodo, a salvo, entre los mios. Quizás debería decir entre las mías. Eran ellas quien me daban calor, me trataban con cariño y me modelaron mis gustos y habilidades y me enseñaron todo lo que sé.
La casa de Polop era mi castillo, para mis aventuras de cómic y para mi seguridad emocional. Mila y su madre, la Señora Milagros, me dieron junto a mi madre todo lo que yo podía necesitar. Tardes de una vida irreal que el resto no sabía ni que existía ni que hubiera la posibilidad de ser una realidad tangible. Tarde de horno amasando pan y rollitos de anís. Aprendiendo a administrar la paciencia viendo crecer los tomates entre las cañas cruzadas del bancal. Los tiempos distintos del campo me enseñaron a reconocer la diferencia, la diversidad y a ser tolerante. Los largos paseos entre las fuentes me desarrollaron el respeto al medioambiente y a nuestro patrimonio natural. De un modo natural, trenzaron los mimbres de mi personalidad, desde la intergeneracionalidad. Mujeres de distintas épocas y vivencias que se daban con la generosidad con la que se abren los higos de verano en la higuera.
Y llegaba septiembre. Mi infierno personal. Nunca me considere un niño integrado en el grupo. Más bien fuí la diana de todas las burlas. No pertenecía a su mundo, como sin duda, sigo sin pertenecer. Odiaba mi diferencia. No soportaba destacar. Ni para bien ni para mal. Nunca fuí un buen estudiante. Era vago y desastrado. Solo mi inteligencia jugaba a mi favor. Salvaba con facilidad los escollos que no tenían que ver con demostraciones de fortaleza física. Estas me convertian en presa fácil para la mofa y el escarnio de una futura generación de gallitos de corral. Sólo me sentía cómodo refugiado cerca de ellas. Las de verano y las de invierno. ¿Verdad, Marijose?
El tiempo pasó y crecí. Mis pecas se quedaron por el camino al igual que mis complejos. Los vencí el día que aprendí a quererme a mi mismo más de lo que esperaba que los demás hicieran. Me enfrenté a mis demonios, externos e internos, asumiendo mi verdadera realidad. Me hice fuerte para ser yo, sin renunciar en ningún momento a mí mismo y a mis orígenes.
Decidí, no sé si para bien o para mal, partirme en dos. Mi Yo público y mi Yo privado.
Mi Yo público crecía de una manera desbordante. Era extrovertido, con don de gentes, con ciertas habilidades sociales que le permitian moverse con soltura. Desarrolló un ingenio del que carecía en sus orígenes, o que al menos yo desconocía poseer. Ere ágil, incisivo, educado, cariñoso y lo suficientemente distante para que no se le descubriera el dobladillo.
Mientras tanto mi Yo privado seguía combatiendo en su soledad interior con sus demonios e inseguridades. Poca gente conocía de su existencia y, probablemente, no había percibido la dualidad. Quien lo conoce realmente, dice que el privado es mejor persona por que es verdad. No seré yo quien lo discuta. Lo que es cierto es que es realmente como se ve. Desnudo y sin artificios. Inmensamente más frágil y vulnerable.
El tiempo me ha llevado a mantener mis dos caras, como buen Géminis. A veces se distancian tanto que me cuesta reconciliarlas, incluso compaginarlas. Algunos han sido capaces de reconocerlas, llegando a reprocharme su existencia. Estos toques de atención los he de agradecer. Me anclan los pies en la tierra. Me devuelven a la realidad de mi única personalidad. La cierta, con sus luces y sus sombras.
Hoy, treinta años despues de las tardes de patio de colegio que tanto detestaba, tengo que volver a sentarme con algunos de ellos. Realmente no sé si me apetece. Yo no tengo nada que ver con aquel niño huidizo y pecoso. No sé si tengo nada que ver con ellos. En todo caso, a esta cena, iría mi Yo público. El privado se quedará en el sofá, protegido entre sus piernas recogidas, leyendo un viejo cómic del Capitán Trueno que compró en algún rastro.
De pequeño nunca fuí el Capitán Trueno. Solamente me refugiaba en él las tardes de verano, sentado en el suelo de cemento de la segunda planta de la casa de Polop, releyendo sus viñetas, una y otra vez, que Mila almacenaba cuidadosamente en el viejo aparador de distribuidor. Entre el suave mecer de las hojas de los almendros y las higueras, me imaginaba aventuras lejanas con los protagonistas de este cómic.
Siempre fuí un niño canijo y enfermizo. Mi piel blanquecina estaba salpicada de una cantidad considerable de pecas, que yo detestaba. Nunca tuve facilidad para los deportes y me costaba relacionarme en igualdad de condiciones con mis compañeros de generación. Siempre me movía entre mayores, me resultaban más interesantes. Era un buen observador, con espíritu de esponja. Esta inferioridad de edad me privaba de la personalidad propia, Siempre era el hermano de, el vecino de, el hijo de. Yo no existía como ente autónomo. Era un niño frágil y dependiente.
Esta condición me hacía totalmente vulnerable. Diana fácil para la crueldad infantil y motivo de mofa simplona para aquellos que ya se creían adultos. Nunca me gustó ser juguete de ninguna feria y, mucho menos, bote a derribar de un pelotazo en una caseta cutre y oportunista. No recuerdo mi infancia como una etapa feliz, ni especialmente productiva para mi persona.
Solamente me sentía cómodo, a salvo, entre los mios. Quizás debería decir entre las mías. Eran ellas quien me daban calor, me trataban con cariño y me modelaron mis gustos y habilidades y me enseñaron todo lo que sé.
La casa de Polop era mi castillo, para mis aventuras de cómic y para mi seguridad emocional. Mila y su madre, la Señora Milagros, me dieron junto a mi madre todo lo que yo podía necesitar. Tardes de una vida irreal que el resto no sabía ni que existía ni que hubiera la posibilidad de ser una realidad tangible. Tarde de horno amasando pan y rollitos de anís. Aprendiendo a administrar la paciencia viendo crecer los tomates entre las cañas cruzadas del bancal. Los tiempos distintos del campo me enseñaron a reconocer la diferencia, la diversidad y a ser tolerante. Los largos paseos entre las fuentes me desarrollaron el respeto al medioambiente y a nuestro patrimonio natural. De un modo natural, trenzaron los mimbres de mi personalidad, desde la intergeneracionalidad. Mujeres de distintas épocas y vivencias que se daban con la generosidad con la que se abren los higos de verano en la higuera.
Y llegaba septiembre. Mi infierno personal. Nunca me considere un niño integrado en el grupo. Más bien fuí la diana de todas las burlas. No pertenecía a su mundo, como sin duda, sigo sin pertenecer. Odiaba mi diferencia. No soportaba destacar. Ni para bien ni para mal. Nunca fuí un buen estudiante. Era vago y desastrado. Solo mi inteligencia jugaba a mi favor. Salvaba con facilidad los escollos que no tenían que ver con demostraciones de fortaleza física. Estas me convertian en presa fácil para la mofa y el escarnio de una futura generación de gallitos de corral. Sólo me sentía cómodo refugiado cerca de ellas. Las de verano y las de invierno. ¿Verdad, Marijose?
El tiempo pasó y crecí. Mis pecas se quedaron por el camino al igual que mis complejos. Los vencí el día que aprendí a quererme a mi mismo más de lo que esperaba que los demás hicieran. Me enfrenté a mis demonios, externos e internos, asumiendo mi verdadera realidad. Me hice fuerte para ser yo, sin renunciar en ningún momento a mí mismo y a mis orígenes.
Decidí, no sé si para bien o para mal, partirme en dos. Mi Yo público y mi Yo privado.
Mi Yo público crecía de una manera desbordante. Era extrovertido, con don de gentes, con ciertas habilidades sociales que le permitian moverse con soltura. Desarrolló un ingenio del que carecía en sus orígenes, o que al menos yo desconocía poseer. Ere ágil, incisivo, educado, cariñoso y lo suficientemente distante para que no se le descubriera el dobladillo.
Mientras tanto mi Yo privado seguía combatiendo en su soledad interior con sus demonios e inseguridades. Poca gente conocía de su existencia y, probablemente, no había percibido la dualidad. Quien lo conoce realmente, dice que el privado es mejor persona por que es verdad. No seré yo quien lo discuta. Lo que es cierto es que es realmente como se ve. Desnudo y sin artificios. Inmensamente más frágil y vulnerable.
El tiempo me ha llevado a mantener mis dos caras, como buen Géminis. A veces se distancian tanto que me cuesta reconciliarlas, incluso compaginarlas. Algunos han sido capaces de reconocerlas, llegando a reprocharme su existencia. Estos toques de atención los he de agradecer. Me anclan los pies en la tierra. Me devuelven a la realidad de mi única personalidad. La cierta, con sus luces y sus sombras.
Hoy, treinta años despues de las tardes de patio de colegio que tanto detestaba, tengo que volver a sentarme con algunos de ellos. Realmente no sé si me apetece. Yo no tengo nada que ver con aquel niño huidizo y pecoso. No sé si tengo nada que ver con ellos. En todo caso, a esta cena, iría mi Yo público. El privado se quedará en el sofá, protegido entre sus piernas recogidas, leyendo un viejo cómic del Capitán Trueno que compró en algún rastro.
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