miércoles, 14 de septiembre de 2011

La mañana del funeral

Ella miraba ausente desde la ventana de la cocina. Sus piernas cansadas la mantenían firme en este momento en que todo parecía derrumbarse. Siempre habían sido unas buenas aliadas en el duro camino que recorrieron juntas. Carecían de edad y su presencia física era intemporal, casi impensable en una mujer de su edad. Descansaban en unos zapatos negros y prudentes de tacón ancho y bajo.

Sus ojos grises parecían esconder el relato de su historia. Fieles guardianes, discretos confesores. De repente, volvieron a la realidad gracias al tintineo de la cucharilla sobre la taza de café con leche. No podía llorar, no sabía hacerlo ya. Tantas lágrimas habían secado sus ganas y la habían endurecido. Sólo sus pupilas reflejadas sobre el cristal asemejaban contener esa dosis de tristeza líquida.

De repente se volvió sobre sus talones dirigiendose a la bancada de la cocina. Yo la miraba cariacontecido. Contemplaba absorto la decisión con que realizaba todos sus movimientos. Cogió el tazón y bebío despacio pero sin pausa un trago largo. No era el trago más amargo que tendría que padecer esa mañana.

Nunca le gustó el negro riguroso en el vestir. Siempre lo adornaba con un giño casi irónico. Estaba espectacularmente sobria. Discretamente triste. Su pelo gris, eternamente despeinado hacia detras, le confería personalidad propia. Toda ella la destilaba. Su manera de mirar, su manera de andar, su manera de reirse, su manera de entender la vida.


Mientras tanto mi respiración retumbaba en mi cuerpo hueco. Me siento vacio y me asusta. No siento absolutamente nada más allá de cierta sensación de alivio. He llegado a dudar si mis organos se disolvieron durante esta noche larga y extraña.

El cansancio me venció tras arroparla y darle una pastilla para dormir. Necesitaba descansar, ella más que yo. Nos costó convencerla para abandonar aquella sala angosta de aire viciado y tétrico ventanal a la muerte cercana. Nunca me gustaron los tanatorios. Nunca nos gustaron a ninguno. Ni a los de un lado del cristal ni al del otro.

Dejó el tazón sobre el granito frio como una lápida y me miró sin decir nada. No supe entender el lenguaje gris de sus ojos. No alcancé a leer ni comprender si su mensaje era de tristeza irreparable o de descanso bien ganado. Yo tenía claro lo que significaba para mí todo esto, pero mantenía la duda razonable sobre lo que acontecia en el interior de esa cabeza, de ajada y serena belleza. Sólo las cuencas de sus ojos gritaban pidiendo más atención y cariño del que nunca en la vida habían demandado.

La abrazé sin preguntar. Mis ojos verdes se quedaron colgados en la misma ventana de la cocina. Ví pasar toda mi infancia entre los visillos de vainica y lienzo tostado, mientras reconfortaba entre mis brazos a mi madre. Nunca pensé que alguien como ella necesitara, en algún momento, más fuerza que la que ella misma destilaba. Dudé si se sentía más sola ahora o antes de estos acontecimientos, que nos cogieron por sorpresa aún siendo predecibles.

Cogimos nuestros abrigos tras separarnos con cierto pudor. El silencio nos acompañaba en todos nuestros movimientos. Suspiramos hondo, los dos, en distintos puntos de la casa. Necesitariamos todo el aire que pudieramos acumular para superar este último trago. Nunca nos gustaron las despedidas. Cerramos la puerta de forma seca. Nuestro mundo ya no sería igual la próxima vez que se volviera a abrir. Ni el suyo ni el mio.


martes, 13 de septiembre de 2011

Buscando los zapatos rojos de Oz

Miro al suelo y veo mis pies descalzos. Tan descalzos que siento el tramado de la hierba en mis plantas. Húmeda, sencilla, verde. Mis pies desnudos tararean con sus dedos una vieja canción de Shakira. Mi nostalgia le hace los coros. Eso es la cavanga, que dicen en Nicaragua. Esa morriña de los buenos tiempos. Sobre esos pies desnudos se disuelve un arco iris que trepa por el azul impoluto del cielo. Se apoya en nubes de algodón cardado. Un camino de colores imposible de transitar y deseado como el que más.

Algo me impide subir por su líneas paralelas e infinitas. No solamente su ausencia de corporalidad no lo permite. Hay algo que no me deja emprender la marcha, como si de una estatua de arenisca se tratase. Mi medula espinal no transmite emociones ni ordenes de mi cerebro, tan pétreo como mis manos, mis ojos o mi alma. Cerebro, corazón y alma no se encuentran en la misma dimensión, ni siquiera en el mismo estado de voluntad.

¿Qué es aquello que no me permite articular movimiento, palabra o voluntad? ¿Qué es eso que ralentiza mi flujo sanguíneo y el anímico?¿Por qué soy incapaz de moverme de un sitio donde me siento cómodo pero del cual sé que no es mi destino, ni siquiera una estación importante en la línea de mi vida?

Hay algo sin duda. Algo que aprisiona mis tripas como la pata de un elefante aprieta la barriga del domador derrotado y abatido. Algo atenaza mi voz, ahoga el grito que se prevé tras un golpe sobre la mesa, cambiando la pendiente de esta historia. Quebrando el silencio de lo rutinario, ese golpe seco y hueco que provoca la palma de la mano sobre el tablero seco y cansado de esa mesa que sabe más de nosotros mismos que nuestra memoria, grita basta. Hasta aquí llegó la riada del 57.

Espero ansioso el desgarro de ese silencio. El grito firme y el empujón interior que separe mis pies de la cómoda y predecible hierba. El motivo último para cerrar los ojos, llenar lenta e intensamente los pulmones de aire, y dar el paso inicial sobre ese arco iris de minúsculas partículas de una lluvia finita y antigua. Anhelo el momento en que puedas más mis ganas por encontrar los chapinetes rojos que la comodidad y frescor de la hierba bajo mis pies desnudos.

Giro la cabeza sobre mi tronco acartonado y prieto de temor a lo desconocido. Busco con mayor velocidad de mi mirada que la de mis movimientos el responsable de ese golpe seco y ese empujón al vacío futuro. Nada veo más allá de mi propio cuerpo anclado frente al camino de los siete colores. Nadie me acompaña en esta escena congelada y naïf. El paisaje y yo. El camino y mi soledad. El pasado y las nubes de algodón cardado.


Nada ni nadie espera romper el silencio de mi indecisión. Nada ni nadie reivindicará mi libertad que no sea mi propia voz y mi decidida voluntad de cambio, si es que esta existe ciertamente. Mi voz y mi voluntad. Tengo la sensación de la presencia de un música, animal y sencilla, que envuelve por completo la escena, como el celofán de las cestas de Navidad. Es un estadio de tranquilidad impostada. De paz ficticia. Sólo yo y mis circunstancias. Solamente yo y mi encrucijada.

Quiebro la rigidez de mi cuerpo atemorizado. Froto mi frente en actitud de duda e indecisión. Comparte caricia con mi mandíbula. Miro de nuevo a mi alrededor y constato la soledad absoluta de este tipo de decisiones. Levanto las puntas de mis pies, equilibrando mi caos personal sobre mis talones, como si buscara distancia en la decisión. No queda otro remedio.

La senda que me trajo hasta aquí ha sido devorada por la maleza del camino. Ese que uno no quiere volver a recorrer, ni para tomar aliento ni fuerza. Cierro de nuevo los ojos en búsqueda de cierta paz interior, necesaria, extraviada. Sólo queda decidir cuando y como. No queda otra opción.

Descubro que esa fuerza interior que me detiene y me congela no es más que miedo escénico. Vértigo a lo nuevo sin vuelta atrás. De todos es sabido que el miedo es libre y cada uno coge el que quiere y yo en este viaje llevo las alforjas cargadas. Es licito el miedo a lo nuevo y a los cambios. La valentía no es una condición sinequanum para pertenecer a este mundo. Todo lo contrario, parece estar de moda su ausencia en la forma y en los modos.

Por eso creo que realmente toca saltar. Quebrar el hielo que me atenaza y correr por la senda intangible de los sueños posibles en busca de unos zapatos nuevos, que me eleven sobre el suelo y me permitan crecer como persona y buscar nuevos horizontes. Más allá del arco iris que despierta tras la borrasca y la lluvia.

domingo, 11 de septiembre de 2011

La Biblia en Nueva York

Este ha sido un fin de semana raro, sin muchas ganas de hacer nada y con muchas ganas de que no pase el tiempo. Los últimos golpes de calor, de ferocidad controlada, pasean por la ciudad destilando la nostalgia de la despedida. Contemplo la vida desde el mirador, escaso de ropa y con exceso de equipaje. Un fin de semana raro para un tiempo raro. Primeros de septiembre con sabor a nueva era a la vuelta de la esquina.

Comida sana, muchas horas de sueño y televisión son el menú de estos días. Huyo de las relaciones sociales porque, en días como hoy, no me siento cómodo impostando una conversación que no me atañe o interesa. Mi lavadora interior no cesa de centrifugar a una velocidad de vértigo. No sé muy bien que me espera a la vuelta de la esquina, ni que esquina decidiré doblar. Estoy naufragando a bordo de mi sofá en mitad de ninguna parte.

Hoy es el día en que Nueva York es más centro del mundo que nunca. Objetivo de todos, memoria de un mundo que cambió tal día como hoy, hace diez años. Hay una especie de nudo que vuelve a la boca del estómago cada vez que volvemos a aquel momento o nos quedamos congelados contemplando aquellas imágenes que siguen pareciendo mentira y que devolvieron nuestros pies a la más cruda realidad, de la cual nunca volveremos a salir. Nada volverá a ser igual, ni este ni ningún 11 de septiembre. Ni ningún 11 de ningún mes.

Recuerdo mientras veo la cadena de reportajes y documentales el silencio que sentí mientras paseaba por la Zona 0, un sábado por la mañana. Casi me sentí incapaz de fotografiarla. Algo me recorrió la médula frente aquella diminuta capilla y aquellas vigas retorcidas en forma de cruz. No tenia nada que ver con la religión si no con el origen de las cosas. ¿Cómo hemos podido llegar hasta aquí? Una vez me alejé de aquellas calles la ciudad volvió a estar viva. Pero se notaba bajo su blusa nueva su cicatriz.


Al igual que me alejé por Broadway Av., cambié de canal para buscar la otra cara de la Gran Manzana. Hoy necesitaba sonreír lejos de humo, cenizas, radicalismos religiosos y políticos, ausencias y tristeza. Me refugié en la pantalla de ordenador de Carrie Bradshaw. Busque, atendiendo atentamente a esa Biblia televisiva en la que se han convertido sus temporadas, recuperar la sonrisa que me provoca un perrito caliente en las escaleras del Metropolitan, o ver leer, descalzo sobre un banco, a un joven en Central Park. Quiero recuperar mi reflejo sonriendo en un escaparate de la 5 avenida. Quiero ser libre y feliz volando entre los rascacielos de Manhattan.

Las historias de estas cuatro mujeres no dejan de ser un retrato, en clave de humor ácido y en ocasiones corrosivo, de la nueva sociedad en la que vivimos, de las relaciones personales, laborales y sexuales. Una Polaroid de nosotros mismos con tintes de caricatura con la que reirnos de nuestros propios fantasmas y miedos. En el fondo son un canto de supervivencia, de esperanza por una mañana mejor, por una agradable comida entre amigas y confesiones, por un abrazo que merezca la pena y no uno de saldo que aceptamos por no caer en el eterno y divino castigo de la soledad. Es una Biblia de querernos y querer a los nuestros. Unas tablas de la ley de amar nuestro entorno, nuestra ciudad, nuestra opción vital. Los mandamientos que nos enseñan que para querer a alguien o a algo nos tenemos que querer a nosotros mismos primero. A pesar de las adversidades y los días nublos.

Sexo en Nueva York, magdalenas y coca cola light. Cae el sol y mi mirador pierde profundidad. Y la sonrisa se duerme en mis comisuras en un día sin ningún motivo para que exista. Sigo tirado en el sofá, escaso de ropa y de ilusiones.

Se acaba el domingo con sabor a memoria del pasado y necesidad de esperanza en el futuro. ¿Qué pasará el próximo 11 S? Sólo sé que seguiré recordando aquel silencio de mañana de sábado en NYC.

lunes, 5 de septiembre de 2011

El mero hecho de hacer lo justo

Nuestro idioma tiene esas paradojas semánticas que pueden cambiar el sentido de las cosas y los tiempos. Por ejemplo, no es lo mismo echar de menos que echar de menos. No es igual echar de menos a alguien, que es un sentimiento, casi poético, con cierta aura adornada de sensibilidad y pétalos dulces de rosas agonizantes, que echar de menos a algo, que denota una actitud cicatera, de recorte innecesario, de tacaño que priva de la especia a la receta sin otro objetivo que mermarla.

No es igual tampoco vaya pasada que vaya pasada. Se le puede aplicar distintos significados, desde el ámbito deportivo hasta el de reproche por una jugada de mal gusto que te puede llegar a realizar alguien. En muchos casos depende mucho del contexto, la entonación y la mala leche que transmita la mira del que esputa la frase.

Pero el que más me preocupa, o mejor, el que más me altera de estos casos es el de hacer lo justo. Una frase que esconde la esencia del hecho cierto, contundente, loable y que devuelve las cosas al correcto orden universal. La encarnación en acción de la justicia. La translación a hecho tangible del anhelo intangible. La Justicia.



Claro está que también cabe la interpretación de quien hace lo mínimo, lo imprescindible para no ser señalado o estigmatizado. De aquel que carece de sentido de responsabilidad. Aquel que solo se rige por reglas de economía vital y supervivencia sin tener en cuenta el estropicio que genera en su entorno, ni el desgaste físico y anímico de quien lo comparte, o mejor aún, lo sufre.

No es este personaje ni un vago redomado, lo cual le conferiría un status hasta gracioso y comprometido con la voluntad manifiesta de no hacer nada, asumiendo las postreras consecuencias. Por lo menos el que carece de voluntad para hacer nada, carece de la mala leche necesaria para ocultar su decisión detras de una actividad lo suficientemente visible, a la par que escasa, pare evitar el reproche y la afrenta. No hay nada más ruín y cicatero que aquel que cubre su fachada a sabiendas del perjuicio que genera en su alrededor, y se aleja silbando como si del Tonto Simón se tratase.

¿Qué diferencia el hecho de hacer lo justo de hacer lo justo?

Si se tratase de una persona manifiestamente normal, con su escala ética construida, con sus valores integros y se entendimiento al 100% y en plenas facultades, hecho improbable por inverosimil, posiblemente la diferencia sería tangible. Incluso afectaría a su conducta persona y al equilibrio de su conciencia.

Quien desempeña sus funciones o transita por la vida actuando según criterios de Justicia, y haciendo las cosas para que sean justas, disfruta de un estado de bienestar interior generado por la satisfacción del deber cumplido. Duerme por las noches sin ninguna perturbación motivada por conflictos de conciencia.

Cierto es que quien carece de esta última, desarrolla la capacidad de descansar a pierna suelta, pero corre el peligro de que sea su entorno, perjudicado por su actitud, el que se convierta en una pesadilla para su existencia.

Podriamos ahondar más en este tema, pero creo que esto es precisamente lo justo que quería expresar. Cada cual que lo interprete. Yo duermo tranquilo. No sé si por Justicia o ausencia de conciencia.








domingo, 4 de septiembre de 2011

Las tardes de domingo

Troceo despacio una cebolla tierna sobre la tabla blanca. Es un proceso mecánico, casi un ritual. La forma de realizarlo no es casual, forma parte de mi particular forma de actuar. Primero la limpio, le retiro la parte verde, las raíces y las dos primeras capas. Ni una ni tres, las dos primeras. La parto por la mitad, y la troceo en 5 trozos, con cortes paralelos. Otra vez cinco cortes perpendiculares a los anteriores. Junto y amontono sobre la tabla los trozos con la ayuda del cuchillo. Los vuelco sobre el bol de loza. He superado la prueba de no llorar con la cebolla otra es más. Supongo que he perdido la capacidad de hacerlo por culpa de la cebolla o de cualquier otra cosa.

Enciendo la vitro y pongo el mando al 6. Saco dos botes de tomate entero de la despensa. Los abro, escurro el caldo en el fregadero y los vierto en la fuente, después de haber puesto un cazo con agua al fuego. Saco dos huevos morenos del frigorífico. Los dejo sobre el paño de cocina para que no resbalen. Troceo los tomates sobre el lecho de cebolla cortada. Me encanta la sensación suave , casi acuosa, del cuchillo troceando el rojo intenso y húmedo de los tomates en conserva. El agua rompe a hervir e introduzco los dos huevos en ella. Los del paño. Siempre dudo la cantidad de tiempo que tienen que estar unos huevos hirviendo para estar duros. Hay quien dice que 3 Padrenuestros. No veo la relación entre el rezo y la dureza de los huevos, con lo cual prefiero el reloj. 10 minutos me parece una buena opción.

Unas aceitunas negras y una lata de atún. Cuantas latas. Mezclo los ingredientes en la fuente mientras se terminan los huevos de enfriar. Los pelo y troceo para añadir a la fuente. Sal generosa, un buen chorro de aceite de oliva y un último golpe de muñeca para ligar los ingredientes. Abro la nevera y siento su aliento helado sobre mi pecho, que brilla de repente. Introduzco la ensalada y cojo uno de esos botes plateados que forman parte de mis vicios y filias.

Cierro la puerta de la nevera con el codo, mientras me cuelgo de una noticia en el televisor. Mundo convulso en una tarde de domingo soleada y no excesivamente generosa en grados. Escucho el sonido de mis pies descalzos sobre el cemento mientras me concentro con cierta desidia en algún conflicto islámico.

Me dejo caer en el sofá mientras dejo la Coca Cola en la mesa de centro. El algodón indio de la cubierta se adhiere a mi cuerpo como una segunda piel. Las cortinas corretean por el mirador, jugando con la luz de una tarde recién nacida. Mientras termino de rebañar el plato con un pequeño pedazo de pan, sigo pendiente de mi ventana catódica al mundo.

Cada vez me gusta menos ver las noticias. No me reconozco en este mundo crispado y que rueda sin control por una cuesta de guijarros. No me gustan las explicaciones de los que mandan ni los reproches de los que esperan como buitres su caída. No me gusta que se pongan de acuerdo solamente para negarnos la posibilidad de opinar cuando nos toca, en las cosas importantes de verdad. Me gusta aún menos que lo hagan a trompicones, con prisas y a escondidas. Me da igual quien lo justifique. No me gusta. Me da pánico estar en manos de esos seres inhóspitos y sin escrúpulos, carentes de rostro reconocible, que se hacen llamar los mercados.

Engullo el último trozo de pan, con ayuda de un trago tenso de refresco, sin quitar la mirada del televisor. Escupiría a la pantalla si no tuviera que limpiarlo luego. Cambio el canal para no terminar con la soleada tranquilidad de esta tarde. Busco algo banal, sin pretensiones. Una serie antigua, un clásico de cine de tarde familiar, una reposición con la que poder superponer los diálogos en un juego estúpido y superficial. No es tiempo de cosas serias, menos mientras recorro lento el perímetro de un sandwich de nata con mi lengua, como si de una travesura infantil se tratara.


Rasco, inconsciente, mi gemelo izquierdo con mi pie descalzo. La tarde se descuelga menos agria por los absurdos personajes de El coche fantástico. Ordeno los últimos días en mi memoria, como si tratase de archivarlos por expedientes. Reconozco que llevo una temporada contemplando mi vida desde un punto de vista externo, y me cuesta acostumbrarme a esta nueva situación. Como bien dice una buena amiga, gurú y confesora, desde un tiempo a esta parte ya no soy el mismo. Nada me afecta de la misma forma que lo hacia antes. Las cicatrices de mis últimos golpes me han hecho fuerte pero también mucho menos permeable. No bajo la guardia con facilidad, quizás ni con dificultad.

Cada vez son más escasas las oportunidades para creer en nada o en nadie que no haya demostrado previamente creer en mí sin reticencias. Aún en este último supuesto, conservo la duda, saltando las alarmas al primer síntoma de decepción y haciendo caer compuertas que me preserven del daño futuro.

Suena el teléfono con un previsible decepción, que ni altera mi rutina en el sofá ni mi ritmo cardiaco. Cuelgo pensando en arrancar otra página del cuaderno de las oportunidades mal dadas. Sigo rascando mi gemelo de forma inconsciente mientras observo la televisión con un ánimo férreo y gélido que me asusta hasta a mí mismo. El sueño lucha por vencer mis párpados frente a unos ojos curiosos de una banalidad que no permita espacio para que crezca la decepción en mi interior.

La tarde se hace adulta al compás de las cortinas. Yo me he hecho adulto al compás de un tango roto. No queda espacio para más letras de bolero de insomnio infinito en pos de esa pasión rasgada y de eterna herida abierta.

Echo de menos a ese yo que se ha perdido en mil batallas. Echo de menos su sonrisa, que cada vez se hace más cara de ver. Su inocencia y su generosidad, que se conformaba con el gesto más absurdo para sentirse infinitamente afortunado. Echo en falta las mariposas, los nervios o la ilusión, quizás alguien se las llevo a escondidas y las soltó en la bahía de Estambul, un atardecer frío de invierno. Me gustaría recuperar la confianza ciega que destrozaron a jirones en tantas mentiras y traiciones, hace tantos septiembres que no los sabría contar. Echo de menos pensar que todo esto pasará y volverán la ilusión, las mariposas y las sonrisas. Me echo de menos y cada vez tengo más dudas de si algún día volveré una tarde de domingo cualquiera.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Los botes de cristal de caramelos de Harrods

Siempre he sentido especial atracción por los los dulces chic. Especialmente por esos botes de cristal, rellenos de caramelos de vistosos colores y sofisticados sabores, que venden en Harrods. Esas bolas inperfectas de azúcar, dibujadas en varios tonos  a gajos como los balones de playa, con el brillo nacarado que da el caramelo y el color intenso y bien combinado que da ser londinense. Las hay de multitud de sabores, con multitud de etiquetas. Más serias, más clásicas, más funnies... Todas en esos maravillosos botes  cúbicos de cristal transparente, de tapa metálica y dorada, que dan aspecto de rebotica del Sr. Wonka al rincón donde se encuentran en los almacenes de Knightsbridge.

Cada uno de los botes contiene más de un centenar de esas maravillas diminutas que se deshacen en el paladar, inundando de sabores sugerentes las papilas gustativas y transportando nuestra mente a salones de té y delicados espacios de look British donde sumergirse en el placer de perder el tiempo en la contemplación de lo exquisito. Decenas de sabores, decenas de universos, decenas de combinaciones de colores. Unas al tono, otras de atrevido complemento, todas elegantemente divertidas. Un capricho deseable sin connotación pecaminosa, como la vida misma.

Cada uno de estos universos es singular, con una personalidad propia. Unos son más frutales, ingenuos, luminosos. Nos retrotraen a escenas de campo y estío. Otros son sofisticadamente intensos, casi nocturnos. Parecen escondidos en nacaradas perlas que se disuelven, sinuosas, en nuestro paladar, como si de una inmersión en un océano de caramelo y canela se tratase. Frutas, especias, esencias para que cada uno encuentre su bote de cristal favorito, relleno de sus pecados personales favoritos, bajo su tapa dorada.



Al igual que los sabores de este universo dulce, cada uno de nosotros tenemos una composición de esencias, especias y matices de hebras de caramelo. aunque nuestra apariencia externa de humanos sea similar, como pasa con los botes de Harrods, el interior, el contenido nos diferencia. Primero por la apariencia externa, la combinación de color, el etiquetado, el sugerente nombre. Despues se retira el precinto trasparente y ese sonido seco y rotundo que quiebra el momento anuncia que tenemos acceso al contenido, tras abrir la dorada tapadera.



En ese instante comienza un relación especial entre el interior de nuestro bote y quien accede a él. Una comunión irrepetible que será la que defina la relación entre ambos. El conocido y el conocedor. Nunca jamas volverá a ser igual. Si es satisfactoria la misma habrá, posiblemente, oportunidad de repetirla y seguir desarrollando el vinculo entre caramelo y paladar. Si desagrada la textura y el sabor, el conocedor, elegirá otro bote, incluso otra marca. Este será el peor de los casos, cuando nuestro bote quede abierto, la expectación creada no satisfecha y el precinto y la integridad del envase imposible de componer.

El peligro de estos desencuentros está en la perdida de contenido que se sufre en cada decepción, y que hace que el bote sea cada vez más receloso de ser abierto por el primer desconocido que se encapricha de nuestra composición o colorido sin conocer nuestra esencia, la intensidad de nuestro sabor o la duración en la memoria del conocedor del aroma y textura nacarada de nuestra corporalidad. Cuanto menos caramelos quedan en el interior de nuestro bote, menos posibilidades damos a que sea abierto. Nuestro bote se vuelve receloso y custodio de nuestra cada vez más mermada integridad.

Ya no estamos en la primera línea de la estantería, no somos un brillante y precintado bote a estrenar. Alguien nos cerró sin querer seguir ahondando en nuestro sabor, antes de convertirnos imprescindible para su paladar o en su sabor favorito, al que jurarle fidelidad eterna. Estamos, ahora, encima de la encimare de la cocina, o en la mesa de una oficina de diseño esperando que alguien con más curiosidad por el sabor que por el brillo de nuestro cobertura inmaculada que nos daba ser un objeto a estrenar. Mermados en nuestro contenido pero no en la necesidad de cumplir nuestro fin último. Satisfacer un paladar que se rinda a nuestros pies y se convierta en adicto a nuestra corporalidad. Lo importante es poder mantener la integridad de nuestro sabor y esencia, aunque el número de nuestras grageas disminuya. Esta define nuestra personalidad y es una hoja de ruta para nuestra coherencia vital.

El único peligro es que en el camino nos encontremos con algún desaprensivo que empeñe en rellenar nuestro bote de otros sabores, otros aromas o, incluso, convertirse en un coleccionista de botes a medio consumir y que abre caprichosamente, alternando caprichosamente el contenido de varios, hasta agotarnos y lanzarlos al cubo de la basura, o aun peor, rellenarlos de los restos de un bote de tomate frito barato y olvidaron en una leja del frigorífico.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Nadie ha estado una o ninguna vez en New York

Me desespera la indecisión humana, me pone muy nervioso. Me hace estar indeciso entre matar a la persona o solamente dejarla lisiada. Y no me gusta esta sensación. Me hierve la sangre cuando veo a alguien que carece de este preciado líquido denso y rubí discurriendo por sus venas, a una velocidad que le garantice oxigenar el cerebro lo suficiente para no babear, coordinar movimientos y tomar decisiones.

Cada vez que tropiezo en la senda de la vida con alguno de estos superformados, con 3 MBA, 4 idiomas, 2 carreras, un cursillo de la CAM de diseño gráfico y tres colecciones de cromos de Panini de la Liga española, y que son incapaces de decidir frente a la estantería de la oficina si quiere usar los Post-it rectangulares o cuadrados, pierdo mi fe en el género humano, la política educativa y en las garantías constitucionales. Todos somos iguales. Y una mierda.

Hay gente que está en el mundo porque tiene que haber de todo. Gente que ocupa un espacio físico en el orden global para que salgan bien las fotos de los satélites americanos. Se dejan llevar por la inercia de la Vida, hacen todo aquello que se espera de ellos, son políticamente correctos pero incapaces de tener un atisbo de genialidad o capacidad de decisión para cambiar el rumbo de las cosas, dejando su huella y sello personal. Son los tibios.

Son aquellos que le provoca la misma emoción un atardecer en los Andes que la valla de las ofertas escolares de Carrefour. Aquellos que podrían permanecer frente al televisor, sin cambiar el gesto ni la presión sanguínea, si les cambiamos la cadena o le apagamos el plasma de sopetón. Este tipo de personas que cuando camina por una calle no sabe si va o si viene, ni creo que tenga capacidad para comprender la diferencia entre una y otra cosa, aunque se lo explique Super Coco.

A mí me atrae en la vida la gente que toma partido, que asume riesgos, que lidera decisiones aunque sea  qué sabor quieres el polo de hielo en el kiosco de la playa. Quien apuesta por el blanco o por el negro, aún a riesgo de perder y que no se refugia eternamente en el gris como actitud de vida y tono vital continuo. Me gusta la gente a la que sus vivencias le dejan huella, le agradan o desagradan, las asume y las transmite con emoción. La gente que es del Barça o del Madrid. De izquierdas o de derechas. Que le gusta la carne o el pescado. De Londres o de París. Dulce o salado. Bisbal o Chenoa. Beatles o Rolling.

El tomar partido y defender tus preferencias no incluye, por supuesto, el afán desmedido por la destrucción del contrario. El respecto a la otra forma de ver las cosas, a la diferencia, es un ejercicio de inteligencia emocional y de tolerancia. Aprender a compartir y convivir con el diferente nos hace más iguales y más abiertos en la visión de los escenarios en los que transcurren nuestro viaje vital.


Por todo esto respeto más a mi rival, que defiende con ardor guerrero sus principios, que al pusilánime que se refugia en el acomodo del "no sé, lo que tu quieras". Ese ser gris, casi transparente, como si de un envoltorio de film de cocina para cuarto y mitad de mortadela y vísceras se tratase. Que ni siente ni padece. Que no respira por no molestarse a si mismo. Que es incapaz de trasmitir emoción en un gesto en una sonrisa o en una decisión, por equivocada que esta sea.

No creo en las hojas que arrastra el río, si no en las ramas que luchan, varadas entres las rocas, contra la corriente. Aunque yo sea el barquero y las tenga que esquivar para llegar a buen puerto. Prefiero ser rama que cambia el curso que hoja que flota insulsa a merced de las corrientes ajenas para acabar los días, húmeda y podrida, en un margen olvidado de esta historia.

Dejo de mirar al espejo, después de este discurso que me autopronuncio. Cierro despacio la puerta del armario de la sombría habitación, observando mis movimientos como si lo hiciera desde un punto de vista externo y elevado. Giro sobre mis pies sin prisa pero sin pausa, intentando reconocer cada centímetro cuadrado de la estancia y fijarlo en mi memoria. La penumbra es atravesada por unos rayos de luz fragmentados en cientos de puntos ovalados por las ranuras de la persiana, vieja y polvorienta. Mi respiración digiere, agitada, el contenido de mi alegato. Dejo caer el peso de mi cuerpo sobre la pared de gotelé blanco, sintiendo como mi piel reconoce el mapa táctil de su dibujo. Y pienso "La libertad es aliada de la coherencia y de la memoria"

Siento que las paredes se reducen conforme crece mi necesidad de respirar aire limpio y luminoso. Mi ritmo cardiaco se agita levemente como si corriera sin rumbo ni razón. Apoyo las palmas de mis manos sobre la pared rugosa y antiguamente blanca. Quiero no perder el contacto con ella segundos antes de emprender el salto. La indiferencia y el abandono no forman parte del camino. Me da vértigo reconocerme en algún momento en una frase similar. Pues yo he estado en New York una o ninguna vez.